Rufián, de 18 meses a 18 años
Gabriel Rufián, que ya de por sí es un personaje mediático, ha tenido su semana de gloria tras su ‘bailecito’ nocturno con la actriz Ester Expósito y tras revelar en La Revuelta que Ábalos aceptó incluir un referéndum de secesión en el acuerdo de investidura de 2019 entre Pedro Sánchez y ERC. Se está convirtiendo en el personaje más conocido de la izquierda a la izquierda del PSOE. Y, comparado con Yolanda Díaz, Pablo Iglesias, Ada Colau, Irene Montero o Ione Belarra, en el menos desagradable. Rufián juega a ser un ‘canallita’ que cae bien, frente al rechazo que despierta escuchar el discurso cargado de mala leche de sus compañeros de ámbito ideológico. No se engañen, sus ideas son las mismas, solo que al menos las dice sonriendo.
Rufián tiene la cintura que le falta ahora a Pablo Iglesias y que tuvo hace una década, cuando el ex líder de Podemos iba a todas las televisiones conservadoras a debatir, mientras ahora se ofrece para cerrarlas y ‘castigar’ a sus oponentes. Por eso Rufián tiene mucho futuro en la política española, porque consigue que hasta los ciudadanos que no piensan como él le dediquen unos minutos con el «a ver qué dice». Muchos, entre ellos un servidor, ya no perdemos ni un segundo cuando aparece en algunas de nuestras pantallas personajes como la marquesa de Galapagar o el ministro de Incultura. Pero Rufián despierta nuestra curiosidad.
No se trata de negar que es un jeta de manual, que prometió estar en el Congreso solo 18 meses, que era el tiempo que calculaba que llevaría proclamar la República Catalana, y ya va camino de los 18 años – ya superó el ecuador –. Es un personaje que ha intentado engañar a centenares de miles de catalanes de izquierdas que no son separatistas para que piquen en el proyecto excluyente y supremacista de ERC. Pero es que el nivel de odio, mala leche y rencor que supuran los líderes de nuestras izquierdas es tan elevado, que Rufián es un pequeño oasis. Entre tomar una caña en la reencarnación de la Taberna Garibaldi con Iglesias y Belarra y recibir una lavativa no habría mucha diferencia. Con Rufián seguro que te echarías unas risas. Te tomaría el pelo, porque para eso milita en la sectorial charnega de ERC, pero el buen rato te lo llevas.
Dentro del frentepopulismo que está creando Pedro Sánchez hace falta algún líder de la izquierda radical que no dé grima, que pueda sacar de sus sofás a aquellos votantes hartos de la corrupción del PSOE, de la inanidad de Sumar y del fanatismo de los separatismos tribales. Y Rufián cada vez habla menos de secesión y más de promover medidas sociales como escudo contra la victoria de la derecha. Suena raro en un líder de un partido separatista en pensar en clave nacional, pero es lógico para quién sabe que su recorrido en ERC está llegando hasta el final y toca reconvertirse en el nuevo faro de la izquierda radical desde Badajoz hasta Vic. Rufián tiene más futuro que Yolanda Díaz, porque habrá más gente dispuesta a escuchar al de Santa Coloma que a la perteneciente al «gobierno de corrupción». Ya solo falta que le monten la candidatura y a vivir, que dieciocho años en el Congreso no son nada.
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