La política y la playa
España en la playa, aunque la política no hace vacaciones. Esto nos condena a orillar sueños y lirismos. Nada de escribir sobre atardeceres frente al homérico azul, las casas blancas y las coloridas buganvillas. Obviemos la sensualidad de cenar bajo una pérgola, el vino blanco, la camisa de lino y los dulces frutos marinos. Los políticos nos animan a seguir abrochando detalles de la vida nacional. No sabemos de cierto dónde están ellos en agosto, pero su presencia virtual no cesa. Mientras, las medias clases se entregan a todos los tics veraniegos: el baño de sol, la cervecita antes de comer, el arroz, la siesta patriótica.
Las vagas fantasías de riqueza, erotismo de una existencia imposible. Por ejemplo, la de aquel afortunado grueso, reloj de oro, que baja del yate junto a una señorita rubia. Viéndolo soñar, cabe suponer que al español, en realidad, se la trae al pairo si hay o no Gobierno. O si en Navarra se ensaya una oscura coalición. Las luchas por el poder, sus obscenidades, pertenecen a esa lejana vida aplastada por la jornada laboral, aunque noticieros y columnas impresas sigan sus detalles. Y sus gruesas exigencias.
La última es que enterremos el recuerdo de ETA, mas no el de Franco, estrella mediática desde la tumba. La cargante memoria histórica es ideológicamente selectiva. Sin embargo, el español estival tiene otros asuntos: ahora su dilema no es ETA o Franco, sino pedir paella o decantarse por la fideuá. Surgen suaves problemáticas de ese tipo, comer hoy o mejor mañana con los Gutiérrez, que veranean en el mismo pueblo. O si cambiar el ajo por la sandía en el atávico gazpacho. Es un ser que disimula muy bien en agosto, cuando percibe que la vida, gozosa, le pertenece un poco. Atrás quedan los imponderables de este mundo. Se le ha visto partir en multitud, calor y huelgas. Incluso llevando consigo a la suegra, que sería la más poderosa prueba de continuidad del contrato familiar. Y también del estoicismo que regula los matrimonios.
Para conjugar el veraneo, el héroe recorre distancias extraordinarias y salva muchas dificultades. Luego, se agolpa en un conjunto cultural sobre la arena, armado del más complejo aparataje: cremas, toallas, nevera, flotadores y todo aquel cementerio de sueños en la cabeza. Quizás no apreciamos lo suficiente el alto precio de tales fruslerías, de la vida articulada. De esa felicidad de clase estaban hechas las quimeras del welfare, sus guerras fratricidas, el fantasmagórico rastro en la playa de Omaha. También las del Tercer Reich, todo hay que decirlo: vacaciones en familia a bordo de un Volkswagen modelo Kraft durch Freude, traducido “fuerza a través de la alegría”. La política es un largo y delirante veraneo.
- Carlos García-Mateo es escritor y autor del blog Barcelonerías.
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