Pedro y Begoña, presuntos implicados
Las campañas electorales son un campo abonado a la creatividad, donde el ingenio y el sentido del humor se abren camino a la conquista del votante adormecido o con ganas de nuevas ilusiones. También sirven para todo lo contrario, para la chabacanería más ruidosa y la tontuna más original, según las mentes pensantes a quienes los líderes del partido y candidatos confían su éxito. Cuando la comunicación política cogió las riendas de las campañas electorales, en los años cincuenta del pasado siglo, la batalla se dirimía en la sala de máquinas del equipo de discursos. Ahora, todo es meme, zascas y retratos tuiteros, que entretienen al personal y rellenan escaletas mediáticas. Y en este contexto, todo es permisible.
Sin embargo, pocas veces hemos asistido, en la historia electoral, a un arranque de campaña tan ñoño, cursi, bobalicón y fraudulento como el que han protagonizado esta semana Pedro y Begoña. Los Kirchner de la Moncloa fueron bautizados así por este articulista no por casualidad. Sus formas y ademanes autócratas, sus corruptelas -de momento impunes- en el poder, su cursilería retórica y buenismo discursivo imitaban los del matrimonio peronista, ese que llevó a la pobreza durante años a millones de argentinos mientras su fortuna familiar y patrimonial no dejaba de aumentar. Les faltaba para ser una réplica exacta de aquellos el bailoteo prefabricado y el eslogan mentiroso con el que seguir conquistando mentes adulteradas de fentanilo socialista: La fuerza del amor, un claim sonoro que ni tiene fuerza ni se basa en el amor, como bien saben en el entorno del presidente.
Ahora quieren apelar al estado de ánimo de la esperanza cuando han basado su ominoso mandato en el miedo y el delito. Se dan cuenta de que el muro ya no funciona, ni las causitas Maricarmen, y creen que fabulando sobre un hombre enamorado y una mujer tetraimputada, la mayoría social está más cerca. Ni el Centro de Invenciones Sanchistas (CIS) ni los vendedores de crecepelo con manual de trilerismo incorporado podrán torcer de manera legal la voluntad popular que el 29-N dictará la primera sentencia contra el sanchismo. La segunda vendrá en los tribunales.
Como saben que por lo civil no pueden ganar, activan la versión criminal: sacan a las calles a su ejército de paniaguados, mantenidos y subvencionados de mentalidad orinada a quemar la vía pública y provocar el conflicto civil que llevan deseando desde que Zapatero elevó a su abuelo a categoría legal. Y si esto no resulta suficiente, pulsan el botón golpista de la ley de nietos con la que justificar el mayor pucherazo de la historia de España. A falta de los votantes de siempre, se importan nuevos, se inventan o se fabrican, retorciendo la democracia y el Estado de derecho a voluntad del usurpador.
De ahí que el baile del perro en estos momentos tenga mucho que ver con la tranquilidad con la que Zapatero circulaba por los platós de televisión en junio de 2023. Entonces, ya sabía lo que iba a pasar; lo tenían atado y bien atado. Por eso, hay que impugnar cada voto por correo, denunciar cada nacionalización fraudulenta, frenar cada intento de pucherazo y, después de todo eso, meterlos en la cárcel uno a uno. Sólo así restituiremos una década de delitos continuados.
La fuerza del amor no pasará a la historia más que por una copia vulgar y cutre de un eslogan usado ad nauseam por los caudillos caribeños del Grupo de Puebla, empezando por los Kirchner y terminando por el hoy enchironado Maduro. Ya pueden bailar los presuntos implicados al son de la música que mejor les define como pareja, con aquella letra de Kiko Veneno: «Me junto con toda clase de delincuentes… Roban todos los días dos coches, uno por la mañana y otro por la noche». Al menos, el tiempo que les quede de libertad política y civil antes de acompañar a Ábalos en sus sueños nocturnos.
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