No hace falta la IA para autodestruirnos
El curso político empezó hace ya unos días y se ha ido acelerando a la velocidad de los monoplazas de F1, que han dado color y calor al ya de por sí ardiente final del verano madrileño, y del deterioro de la crisis en Ceuta, que ha mostrado la desidia, la mentira y la incapacidad del Gobierno. Pero faltaban por incorporarse de las vacaciones las polémicas sobre la Inteligencia Artificial, que seguro que ha venido a cambiarnos la vida pero también a sobresaltarnos a diario con unas amenazas que empiezan en el desorden, siguen en la paralización y acaban en el caos.
A los españoles estos peligros no nos debieran pillar de nuevas, porque ya llevamos un tiempo, y el episodio de Ceuta lo certifica, viviendo en la incertidumbre de un país que se desmorona en manos de un Ejecutivo sumido en una parálisis multifuncional. Para el Gobierno recién regresado de vacaciones, las actividades dirigidas propiamente a gobernar empiezan y terminan en el primer día de vuelta al trabajo; y ante esa incapacidad, que no es que no dé para aprobar presupuestos, sino que ya no da ni para evacuar las leyes ideológicas y las normas en beneficio de los socios independentistas, el objetivo vuelve a ser la preparación y administración de un relato orientado a su propio salvamento y a completar la faena de acoso y derribo.
Porque, no nos engañemos, el presidente Sánchez, aunque tiene bien acreditada su vocación de resistir, sabe que del infierno al que ha caído el sanchismo no se regresa. Esa apelación a la resistencia y la esforzada dedicación personal que le supone ejercerla, aunque sea con los masajes en sus televisiones, tienen otros motivos, y ninguno de ellos es continuar con las políticas progresistas en beneficio de la gente (no puede ni ratificar los decretos) o la obligación ética de frenar la llegada de la derecha (que es una vergonzante excusa de mal demócrata).
Se trata, en primer lugar, de mantenerse en el poder el mayor tiempo posible; y no sólo para disfrutar de unos beneficios y prebendas que en ningún otro caso podría alcanzar (los innumerables vuelos en Falcon y el disfrute, en régimen de exclusividad y pensión completa, de los palacios de Patrimonio), sino para enfrentar desde su privilegiada posición de mando o influencia los casos y causas que el sanchismo, tanto en sus vertientes institucionales como personales, tiene abiertos ante jueces y tribunales.
Pero el otro motivo, que se manifiesta más evidente cada día y con cada catástrofe que nos acontece, es su intención de conducir a España hasta el abismo de la despersonalización, la desintegración y la desdemocratización. Y la verdad es que ya ni se molesta en intentar ocultar que ese es el objetivo y que el Poder Judicial como expresión de la separación de poderes, la integridad territorial, el régimen de libertades y la monarquía parlamentaria son las víctimas propiciatorias.
El problema que enfrenta nuestra nación es que el sanchismo, como ocurre con los riesgos de la IA que denunciaba este fin de semana el ex-investigador de Anthropic, Jacob Coxon, está desarrollando la capacidad de autoalimentarse y de autoprotegerse de sus creadores, de sus gestores y de sus teóricos dueños, que, en este caso, serían los propios electores, y por eso, aunque ese sanchismo está en su fase de descomposición, puede impedir que lo desconectemos. Por ahí se pueden explicar los procesos de usurpación de funciones, de ocupación de las instituciones, de la desactivación de los controles democráticos y de la desnaturalización de normas como la Ley de Nietos que, si ya era discutible en su motivación y en su texto, es, en la tendenciosa interpretación del Gobierno, un flagrante ataque a la soberanía nacional a través del cuerpo electoral que debe ejercerla.
Grandes imperios tardaron en caer, como el Romano que extendió su agonía desde la crisis del siglo III hasta la caída de Roma en el 476, o como la del Español que comenzó en Rocroi y llegó hasta Santiago de Cuba en 1898; pero los regímenes que se basan en la superchería, la impostura y la deslealtad, y que no dejan más que odio, enfrentamiento, desigualdades e injusticias, deben ser desmantelados urgente y completamente. Otra cosa sería llegar para, como dijo Feijóo el domingo, «gestionar una decadencia» que no ha sido la IA quien nos la ha traído.
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