No es Barcelona, no es España, es el mundo libre
Cuando aún no nos hemos recuperado de los atentados yihadistas de Barcelona y Cambrils, un terrorista somalí ha atacado con un machete a dos soldados en Bruselas al grito de «Alá es grande». Pocos minutos después, otra persona ha intentado acuchillar a dos agentes cerca de Buckingham Palace, en Londres. Las principales potencias deben acabar con esta lacra sobre el terreno y seguir los pasos de Estados Unidos, Rusia y Reino Unido, que han incrementado sus efectivos para tratar de derrotar al enemigo global. Adaptando el famoso poema del sacerdote antinazi Martin Niemöller, hay que actuar antes de que no haya nadie que pueda parar esta espiral. No se trata de nosotros o de nuestros vecinos, ni siquiera de nuestros compatriotas, la amenaza del integrismo islámico recorre el mundo libre y trata de convertir el modus vivendi occidental en una constante pesadilla.
Desde Bélgica a Alemania, pasando por Reino Unido y Francia, este contexto de alarma constante en toda Europa no se padecía con tanta intensidad desde los albores de la Segunda Guerra Mundial. Un ambiente bélico que sólo se solucionará con acciones concretas. La retórica es un recurso inane con estos salvajes. No se puede negociar con acémilas que sólo entienden de muerte y destrucción, imposición y violencia terminal. Lamentablemente, la solución, al igual que el origen, es compleja. El problema se ha atajado tarde. Desde que los integrantes del Estado Islámico se dieran a conocer mundialmente tras emitir la decapitación del periodista americano James Foley en 2014, el monstruo no ha parado de crecer hasta ocupar más de 69.000 kilómetros cuadrados en Irak, Siria y algunos países de África, donde cuentan con prosélitos tan sanguinarios como los terroristas de Boko Haram.
Por otra parte, además del enfrentamiento físico, cuerpo a cuerpo, palmo a palmo, la actividad cibernética es un punto crucial en el desarrollo y la pervivencia del Estado Islámico. A pesar de que día a día pierden terreno en los territorios donde se ubican sus principales bastiones, las labores de propaganda y captación recorren Internet a la velocidad de la luz. El ejemplo está en el perfil de muchos terroristas europeos, jóvenes integrados en nuestra sociedad que, sin embargo, han sido abducidos a través de la Red. De ahí que, aunque cayera el llamado «Califato», seguirían teniendo a miles de sicarios radicalizados y listos para atentar. Por ello, resulta muy interesante y conveniente que grandes plataformas como Google o Youtube se unan para dificultar al máximo las actividades del yihadismo cibernético. Hay que ser expeditivos en todos los frentes. Por desgracia, ganar esta guerra costará sangre, sudor y, seguramente, muchas más lágrimas. A este punto hemos llegado. Debemos actuar antes de que sea demasiado tarde.
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