Opinión
OPINIÓN

Ha muerto el Alcalde de Murcia

Ha muerto el Alcalde de Murcia. Entiendo que para los españoles que no hayan tenido la suerte de nacer en la ciudad más feliz de España este dato sea casi intrascendente en el contexto actual: no es el hantavirus, no son los juicios por la corrupción de los sucesivos miembros del Gobierno, no son regularizaciones de inmigrantes ni la pelea del vestuario del Real Madrid. Pero aunque no sea ninguna de esas noticias, la más importante del día es que ayer murió el Alcalde.

Normalmente escribo, o hablo, sobre cuestiones de índole nacional porque este periódico tiene el honor de servir a España. Pero, precisamente por eso, me vas a permitir que le pida al resto del país que sólo por hoy su corazón se concentre unos minutos en acompañar a los que acompañamos siempre.

No quiero hacer un obituario al uso porque su biografía formal es irrelevante, y no es de lo que te quería hablar: aún así, José Ballesta es (me niego a escribir “era”) un Señor, con mayúsculas, de 67 años que llevaba toda su vida sirviendo a su ciudad, primero como Rector de la Universidad, después como Consejero del Gobierno regional y por último como Alcalde. Catedrático de Medicina, extremadamente culto, tanto que la broma habitual cuando alguien iba a un acto suyo era preguntar si esta vez las aguas por fin se habían abierto a su paso, como si fuera algo así como nuestro Moisés huertano.

En una ciudad como Murcia un perfil así tenía todas las papeletas para ser un engreído insoportable, y sin embargo se convirtió en una figura de tanto consenso que al leer las condolencias del líder del PSOE en la ciudad cualquiera puede comprobar que las ha escrito llorando tanto como si se hubiera muerto el líder de su propio partido y no su imbatible rival.

Esto tiene una explicación. Todos los murcianos nos encontramos en Madrid con el estereotipo de ser una especie de ciudad diminuta en el córner de España, pero somos la séptima ciudad del país (por detrás de Málaga y por delante de Palma) con una extensión y una población que son, sin ir mas lejos, prácticamente el doble que Bilbao. Nadie espera que el Alcalde de una ciudad de semejante tamaño conozca por nombres y apellidos a sus vecinos, pero eso es porque no le conocían a él.

De su casa al Ayuntamiento hay unos 25 minutos andando, que cada día se convertían en 55 porque cada metro se paraba a preguntar qué tal la operación de rodilla de la suegra del quiosquero o por qué el repartidor del camión de Mercadona de los jueves estaba descargando hoy si es martes y los martes viene siempre otro que hoy no está.

Cuántas veces terminaba de hablar con alguien por el centro y al irse el señor decía “¡pero cómo se podía acordar de mí, si había hablado sólo una vez con él y fue hace dos años!”. Y se acordaba porque era el Alcalde. Uno que creía que Murcia debía tener la ambición de traer a Richard Gere a encender el árbol de Navidad de la ciudad (este año, ocurrió), que no tener mar no nos convertía en una ciudad de segunda, sino en una capital turística y universitaria con un visitante de primera, o que ser la ciudad más feliz de España no obsta para que aspiráramos a que también fuera bonica.

Le imagino viendo desde el cielo cómo todos los periódicos, radios y televisiones regionales escriben sobre él con una devoción casi norcoreana sin que nadie de la oposición se escandalice porque saben que todo lo que se diga es verdad. Y sonriendo con ese puntito de moral de saber que, por qué no, se lo merece después de tanto pelear.

El Alcalde Ballesta probablemente fuera un desconocido a nivel nacional, pero es (me sigo negando a escribir “era”) exactamente todo lo que ahora añora España: un servidor público populista en el sentido literal del término. Es decir, del pueblo. El espejo en el que debería mirarse todo aquel que crea que tiene vocación de servir y la mente que pensó una ciudad que nunca más se va a resignar a ser de segunda en una España de primera.

Podría seguir con muchos más detalles, pero dan igual. Porque hoy ha muerto el Alcalde eterno de mi ciudad. Alguien a quien admiraba y quería mucho. Y Murcia, que es la más feliz de las Españas, hoy está triste de verdad.