Lo que Sánchez ha separado, ya lo une Luis de la Fuente
Como quiera que no soy el genial Rappel ni la inigualable Bruja Lola, desconozco lo que acontecerá en el MetLife Stadium, sede de la finalísima de la Copa del Mundo de fútbol. Si es por nivel de juego, venceremos seguro; si depende de los designios de la FIFA lo normal es que el árbitro eche un cable al combinado argentino, favorcete que esta vez no será la «mano de Dios» de Maradona sino la zarpa de Gianni Infantino.
El Vaticano del balompié quiere que Leo Messi levante al cielo de Nueva Jersey el trofeo más preciado del deporte. Por varias razones: FIFA es Adidas, Adidas es Messi y esto al fin y al cabo es un gran negocio. Y si el rosarino conquista su segundo Mundial se generará un mito cuasicomparable al de Pelé, el superlativo brasileño que se marcó un triplete en tres décadas diferentes del siglo pasado, la de los 50, la de los 60 y en el primer año de la de los 70. Y las leyendas son máquinas portentosas de fabricar billetes.
Pero, más allá del resultado deportivo que todos los españoles de bien esperamos —es decir, todos menos etarras e independentistas—, se está registrando el fenómeno que vivimos en la primera década de este siglo. Como les suelo insistir, la historia se repite de tanto en cuando. José Luis Rodríguez Zapatero había resucitado el guerracivilismo mientras daba alas al secesionismo pactando con ERC, aprobando un Estatut que luego declaró ilegal el Constitucional y llegando a acuerdos bajo manga con los terroristas de ETA que llevaron a su legalización bajo la marca blanca actual, Bildu. Consecuencia: España había vuelto al 36. Resumiendo que es gerundio: se estaba cargando España.
Lo molón era ser independentista. Fueron aquellos tiempos en los que el heptaimputado joyero declaró desde la Presidencia del Gobierno que España es «una nación de naciones». Con dos cojones. Una etapa ignominiosa en la que el Ministerio del Interior dio el chivatazo a la banda terrorista de una operación policial —el Faisán— contra el aparato de extorsión financiera de esta gentuza. El gansterismo socialista, como ven, no empezó con Pedro Sánchez. Viene de lejos. Por no hablar de esa República en la que asesinaban a sus rivales políticos.
Fueron aquellos tiempos en los que el heptaimputado joyero declaró desde la Presidencia que España es «una nación de naciones», con dos cojones.
Pero hete aquí que unos chicos maravillosos, conducidos por ese hombre sabio que era Luis Aragonés, ganaron la Eurocopa en 2008 por segunda vez en 44 años. Los españoles salieron a las calles para mostrar su orgullo nacional tras décadas sin exhibir la bandera por temor a que los tildasen de «fachas». Con todo, el no va más se desencadenó dos años después con nuestro primer campeonato del mundo en Sudáfrica, conseguido bajo la batuta de esa buena persona que es Vicente del Bosque. Íker Casillas, Xavi, Iniesta, Villa, Cesc, Sergio Ramos y un largo y no menos brillante etcétera provocaron que se perdiera para siempre el miedo a jactarse de ser español. Fue una revolución rojigualda en toda regla.
A mí no me van a decir, glosar, cantar o contar lo que representó aquello porque era director de Marca en 2010. La marea patriótica se extendió de norte a sur y de este a oeste. Malnacidos nivel dios como Arnaldo Otegi, corruptos como Artur Mas y golpistas frustrados como Juan José Ibarretxe no daban crédito. La enseña nacional circulaba masivamente por el centro de La Concha, por la margen izquierda y derecha del Nervión bilbaíno y, por supuesto, por esa Vitoria que secularmente se mantuvo alejada de la demencia abertzale.
La Selección se estampó su primera estrella encima del escudo y 20 millones de españoles salieron a la calle con la cara pintada de rojo y gualda o con la bandera a modo de cinturón. Tres cuartos de lo mismo sucedió tras la consecución de la Eurocopa de 2012, nuevamente para desesperación de Otegi y sus pistoleros, los delincuentes de los Pujol y ese curilla que es Oriol Junqueras.
El españolismo, instalado hasta 2008 en las catacumbas para eludir los estúpidos sambenitos, «facha», «franquista» o «fascista», se extendió durante todo el marianismo, la hégira protagonizada por el metepatas pontevedrés que opina que Francia es «un gran equipo en el que no juegan franceses». En ésas estábamos hasta que llegó al poder Pedro Sánchez de la mano de una morcilla prevaricadora en la sentencia de Gürtel, de la misma manera que Zapatero fue investido gracias a la cadena de atentados islamistas del 11-M.
Lo primero que hizo el hermano del delincuente David Sánchez y de la biprocesada Begoña Gómez fue pactar con los terroristas de ETA, que ahora se hacen llamar Bildu y que no asesinan pero sí pegan palizas a todos los que no comulgan con su nazismo. También se alió con un PNV que busca la independencia pero a plazos, con los tejeritos de ERC y con las huestes de Puigdemont. Y con ese cóctel de partidos y pederastas que es Sumar y con el Podemos del delincuente de Pablo Iglesias.
El objetivo del caudillo de Ferraz es idéntico al de sus antepasados en el 36: instaurar el odio a toto aquél que se jacte de ser español
Están descojonando el Estado a velocidades supersónicas. El día que no deciden ceder el 100% de los impuestos o cargarse definitivamente a la Policía y la Guardia Civil en Cataluña, ponen en libertad a sicarios etarras —van ya 235–, y el que no ejecutan una u otra maldad, le regalan al PNV o al PSC el dinero que han robado a andaluces y extremeños, que obviamente son muy malos por votar masivamente al PP.
El objetivo del caudillo de Ferraz es idéntico al de sus antepasados en el 36: instaurar el odio a todo aquél que se jacte de pertenecer a la nación que echó al invasor árabe, descubrió América, protagonizó la primera victoria sobre Napoleón y parió a Cervantes, Velázquez, Goya, Picasso, Juan de la Cierva, García Lorca, Machado, Julio Iglesias, Rafa Nadal o Amancio Ortega.
Toda acción tiene su reacción. Y más si esa acción constituye una flagrante salvajada ética y legal como es el caso de la involución territorial apadrinada por Pedro Sánchez. Involución que, dicho sea de paso, se compadece muy mal con la historia, con el sentido común y con la decisión mayoritaria de los españoles de continuar caminando juntos.
Al autócrata le ha salido un grano en el lugar donde la espalda pierde su casto nombre llamado Luis de la Fuente. El tipo al que todos despreciaban o ninguneaban, excepción hecha de Luis Rubiales, nos ha regalado nuestra segunda final mundialista. Llevamos ya un mes inundados de banderas para lamento del filoetarra y protogolpista Pedro Sánchez. Cada día hay más y cada vez la portan más jóvenes, gente que vino al mundo 20 y 30 años después del óbito de ese Franco cuyo nombre repite cual cacatúa nuestro todavía presidente.
Llevamos ya un mes inundados de banderas, cada día hay más y cada vez la portan más jóvenes que vineron al mundo 20 y 30 años después del óbito de Franco
Ciudadanos que no entienden cómo un autócrata con ínfulas de dictador puede continuar en Moncloa si perdió las elecciones, no ha aprobado un Presupuesto en cuatro años, tiene de principales aliados a quienes asesinaron a 856 españoles y amnistió a quienes declararon la independencia de Cataluña. A este ser diabólico le ha surgido un exorcista riojano que habla de la unidad de España, que se hincha cada vez que habla de nuestro país y que, encima, se declara católico practicante. Y no motu proprio sino porque el rojerío periodístico se lo pregunta en cada rueda de prensa invadiendo, por cierto, algo tan íntimo como es la fe o la no fe.
Si no quería taza el obseso del Falcon, nuestros internacionales le sirvieron 26 tazas juntas, una por cada jugador, en la celebración de la Eurocopa 2024. Esos gritos de «¡Gibraltar español!» liderados por Carvajal y el mejor pelotero del planeta, Rodrigo Hernández, seguro que revolvieron el estómago al pájaro. Y no digamos ya a sus compañeros de fechorías que debieron de responder con bramidos similares a los que vomitaba Hitler en el búnker cuando le comunicaron que los aliados estaban entrando en Berlín.
Gane o pierda España, que estoy seguro ganará, una cosa está clara: nada será igual. Nuestro país ha dicho «¡basta ya!» a esos matones del Frente Popular que se tomaron a broma algo tan serio como es la nación más antigua de Europa. Y lo ha proclamado solemne y unánimemente. El boom de la españolidad no ha surgido en las escuelas, entre otras cosas porque en los libros de texto se enseña todo lo contrario cuando no directamente a odiar a España, tampoco de la mano de un Gobierno que si pudiera trocearía nuestra nación en 17 taifas. La bendita culpa es de Luis de la Fuente. Perdón. Don Luis de la Fuente y quién sabe si el próximo marqués De la Fuente. Y, por supuesto, de sus 26 jabatos. Nunca tantos debimos tanto a tan pocos.