Hodiar para seguir odiando
El Gobierno ha creado el chiringuito que le faltaba para seguir en el poder a costa de dividir, más, a los españoles. Lanza Hodio, una aplicación para denunciar supuestos delitos de ídem contra personas físicas. La idea se presentó en un foro organizado para la ocasión por activistas victimizadas, que no víctimas, de aquello que dicen denunciar y que resultan ser sus principales impulsoras. Allí se encontraba la embajadora por excelencia del cuento y el montaje, la Juana de Arco del pesebre ignorante, embajadora del bulo y la farsa y princesa del argumentario público pagado por todos, que pontifica cada día sobre lo que no sabe y que vive de ser lo que otros le piden que sea.
Hay juguetes rotos que nacen quebrados antes de ver la luz, que en televisión significa antes de que te hagan famosa por hacer todo lo que te dicen que está bien. Cuando la catedrática en Silicon Valley ya no les sirva para sus propósitos, la dejarán tirada con la misma celeridad con que la han aupado a los altares del mal gusto, y actuarán con la misma indiferencia y odio (sí) con la que maltratan la verdad y la libertad. Y entonces, ni las chicas del coro mitú le harán caso.
Pero más allá de la performance con la que intentan crear la enésima cortina de humo para que no se hable de los movimientos antidemocráticos del Gobierno (de los que ya hablaremos en otro artículo), lo importante es el orwelliano instrumento con el que pretenden conculcar libertades individuales, controlar el pensamiento y la expresión ajena y determinar, bajo sus patrones morales, o sea, totalitarios, qué es odio y qué no. Hodio no ha sido creado para perseguir odio, sino para censurar opiniones contrarias, a las que se les acusará de odiosas siempre y cuando incomoden o no convengan a los intereses del Gobierno. Es la progresista dictadura perfecta.
Tal vez hayan visto en Hodio una herramienta para autolegislarse. Nadie como un tipo, tipa o típex de izquierdas sabe lo que es el odio. Lo maman desde que nacen y desde entonces, por ejemplo, odian todo lo que significa vida: desde la concepción, cuyo derecho prohíben, confundiendo libertad individual y propiedad corporal, hasta la defensa del exterminio de grupos humanos enteros, como ya hicieron antaño en los gulags, en La Vandée y en otros campos de concentración. Odiar es uno de los peores verbos que existen, da igual cómo se conjugue, pero en el universo de izquierdas representa una forma de entender y estar en el mundo: ya sea por diferencia de clase, económica, social o sólo por herencia revolucionaria. Si la izquierda odia es por una buena razón, sea la que fuere, porque lo hace por el bien común, la masa, la tribu, el colectivo de bienaventurados esclavos del socialismo.
Odian los progres, cuando la realidad les golpea con fuerza en sus estabuladas ideas sobre el bien y el mal. Odian los zurdos, en su versión totalitaria y siniestra. Odia incluso el que va de buenista moderado, porque aborrece la razón en cuando ésta supera los mantras que edificaron su erróneo edificio de creencias establecidas. Odian porque es rentable. Porque conocen a sus clientes, y saben qué les mueve cuando se trata de ideas e ideología. Han cultivado durante decenios el rencor de generaciones hacia principios básicos de una democracia liberal: la defensa de la vida, la libertad, la ley y la propiedad privada. Para el gobierno de izquierdas, el odio es todo aquello que no obedece los postulados enmarcados en su idea de la sociedad.
Son tantos los nombres deshumanizados por los defensores de Hodio que no habría espacio para almacenarlos. Acosaron y derribaron a políticos de signo contrario, a periodistas y artistas que no se plegaban al discurso único que desde la izquierda se lanzaba. Pero en esta distopía permanente en la que sobrevive el sanchismo, faltaba por instaurar el neolenguaje en forma de herramienta tecnológica, la modernidad aplicada a 1984. Al hodio se le llamará amor y al odio, ultraderecha. Y el dictador seguirá desnudo mientras bufones y plebe mantenida ensalzarán lo bien que va vestido.
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