La guerra de los millones
Hay guerras que se libran con misiles y otras con calculadora. Y luego está esta, que se pelea a base de titulares inflados, ruedas de prensa con gesto grave y una competición bastante poco disimulada por ver quién da la cifra más escandalosa antes del café de media mañana. Porque aquí, más que pólvora, lo que vuela son miles de millones. Nos cuentan —con ese tono de contable patriótico— que la aventura le ha costado a Estados Unidos unos 25.000 millones de dólares. Así, con una ligereza que ya quisiera uno para pagar la hipoteca. Veinticinco mil millones que suenan a propina de casino en Las Vegas si uno los escucha desde el Despacho Oval. Mientras tanto, a Irán se le coloca el sambenito del sufrimiento económico diario: 500 millones de euros evaporándose cada jornada por el bloqueo de puertos, materias primas varadas y ese pequeño detalle de no poder vender lo que tiene. Total, unos 6.000 millones ya en la hucha del desastre.
Y entonces llega la gran pregunta, la que no se responde con gráficos ni con generales señalando mapas: ¿quién aguanta más? ¿Quién tiene el estómago —político, social y económico— para tragarse este menú sin atragantarse?
Porque aquí está la trampa. Nos han vendido durante décadas que las guerras modernas se ganan con superioridad tecnológica, con presupuestos de defensa que parecen el PIB de un país mediano y con portaaviones que son ciudades flotantes. Y sí, todo eso impresiona mucho. Pero luego está el otro frente, el que no sale en las películas: la cocina de casa.
El americano medio —ese contribuyente disciplinado que paga impuestos y se indigna en horario laboral— empieza a notar que la guerra no se queda en Oriente Medio. Se le cuela en la cesta de la compra, en la gasolina, en la factura de la luz. Y ahí ya no hay bandera que valga. Porque cuando la inflación interanual en marzo de 2026 se planta en un 3,3 % con un repunte del 0,9 % en un solo mes, la épica se convierte en irritación. Y la irritación, en votos. Aquí entra en escena el gran equilibrista del momento: Donald Trump. Un hombre que no cree en las guerras largas porque, entre otras cosas, no caben bien en un eslogan. Trump necesita resultados inmediatos, titulares con sabor a victoria rápida y, sobre todo, llegar con algo que vender a las temidas Midterm Elections. Porque en política, como en la vida, uno puede perder dinero… pero no puede perder el relato.
Y mientras tanto, Irán juega otra partida. Una más vieja, más áspera y, si me apuran, más honesta en su crudeza: la de quien lleva décadas acostumbrado a vivir al límite. Porque el error de manual, ese que se repite con la insistencia de un cuñado en Navidad, es pensar que gana quien más músculo tiene. Y no. A veces gana quien menos tiene que perder.
Irán no compite en cifras absolutas. Compite en resistencia. En aguantar el golpe, en estirar el dolor, en convertir cada sanción en un argumento interno. Porque cuando tu economía ya vive tensionada, el margen de sorpresa es mínimo. En cambio, cuando vienes de la abundancia, cualquier grieta se convierte en escándalo. Así que no, esto no va de quién gasta más ni de quién pierde más millones al día. Va de quién puede permitirse que su ciudadano medio siga creyendo en la guerra. Y ahí, querido lector, la batalla no se libra en el Golfo Pérsico, sino en el supermercado de Ohio y en la gasolinera de Texas.
Porque al final, como siempre, la factura no la pagan los estados. La pagan las personas. Y cuando eso ocurre, la guerra deja de ser una estrategia para convertirse en un problema doméstico. Y en ese terreno, ya les adelanto algo: el coste, por mucho que se maquille en ruedas de prensa, será americano.
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