La gravedad de la situación exige elecciones, ya
Sánchez deja a Yolanda Díaz encabezar el equipo de Moncloa que negociará con la Generalitat
Lo de Podemos es chavismo puro
Lo primero y fundamental que hace una solvente ama (o) de casa es procurar que las cuentas cuadren en la economía familiar. De lo contrario, todo se viene abajo. Este es el escenario que ofrece la casa común (y su caja) de todos los españoles. Una deuda pública que supera ya el billón y medio de euros. Que se incrementa cada mes en 6.500 millones (cifras oficiales). Un déficit estimado oficialmente en un 9 por ciento. El crecimiento de la economía anda muy lejos de las previsiones gubernamentales que, en su optimismo, llegaron a cifrar para el presente ejercicio en un 7 por ciento. El nivel de empleo ni mucho menos es el que nos quiere vender la jacarandosa ministra Díaz, que como le parecen pocos los problemas que tienen encima de la mesa se ha ido hasta a Estados Unidos –por cuenta del contribuyente, naturalmente- para verse con el fracasado y estrafalario Sanders.
Lo peor, sin embargo, no es que el “manirrotismo sanchista”, carro al que se han subido con fruición sus cuates de Podemos, y que dejarán a las generaciones futuras una carga imposible de soportar, sino que millones de familias españolas cuatro años después de que Sánchez llegara al poder tienen problemas de subsistencia real, tras tener que soportar el mayor dígito de inflación de toda Europa. Desaparecen miles de empresas y las que permanecen a duras penas soportan la inquina de un Gobierno que lejos de reconocer su labor esencial en el progreso del país, la social incluida, se dedica a despreciarlos, ningunearlos y en determinados casos al saqueo.
El nivel impositivo y sus amenazadas constantes –pese a las salidas de tono de una escasamente inexportable ministra de Hacienda- liquida las clases medias (las que dicen defender) en un claro ejercicio de reparto de miseria, una vez que han concluido que no son capaces, ni saben, crear riqueza. El desbarajuste gubernamental con un presidente al frente sin auctoritas ni credibilidad alguna (ahora ya ni siquiera entre sus fusilados al amanecer que le llevaron en volandas hasta el poder) está siendo aprovechado oportunamente por los independentistas de siempre y cuanto arribista tiene algo de pegamento que ofrecer a Sánchez para que se amarre a la silla. Ellos, ganan. El Estado está en almoneda. Con las instituciones básicas permanentemente amenazadas por la bota del Leviatán y con el único poder del Estado que no controlan –judicial- en estado de acecho.
En política internacional nadie sabe quién está al timón realmente. Un ministro de Asuntos Exteriores sin fuerza política alguna que acata sin rechistar las órdenes que le llegan desde Moncloa. Un lunes se abrazan entusiásticamente a la civilización occidental (OTAN) y el martes cuando los mandatarios democráticos han abandonado Madrid, despliegan una batería de medidas económicos, sociales, institucionales y de proceder democrático más acordes con las prácticas de neocomunistas bolivarianos que del entorno natural donde España lleva muchos lustros instalada. Eso sin contar con el todavía inexplicado giro personal de un jefe de Gobierno en asunto capital para la nación como es el Magreb.
Con este panorama, someramente descrito aquí, la pregunta del millón. Un Gobierno dividido, técnicamente malo, donde cada uno anda preocupado por gastar más que el otro, ¿puede ofrecer alguna esperanza a una mayoría de españoles? ¿Alguien en su sano juicio puede pensar que en cualquier país europeo medianamente serio se puede dar una situación como la española?.
Todo ello agravado con el hecho de que Sánchez ni ha querido, ni quiere, ni querrá acuerdos con el principal partido de la oposición más allá de que el PP le abra las puertas de cara al control y sometimiento del Poder Judicial. Lo justo, lo razonable, lo decente, lo patriótico, pasa por convocar elecciones generales limpias cuanto antes y dejar que el pueblo decida. Al fin y al cabo, el futuro de ese pueblo lo lleva dictaminando de una forma autoritaria (todo sea dicho) durante cuatro años un paisano llamado Pedro Sánchez.
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