George Bush, el arquitecto del (des)orden internacional actual
George Bush padre fue el presidente que a principios de los 90 anunció el nacimiento de un “Nuevo Orden” mundial con la idea principal de que, tras la caída del muro de Berlín, el colapso de la Unión Soviética y el agotamiento del comunismo había dado lugar a un reequilibrio de fuerzas donde EE.UU. se postulaba como única superpotencia y donde China se vislumbraba como un lejano competidor de la hegemonía estadounidense tras la caída en desgracia de Japón.
Sin embargo, convendría plantearse dos interrogantes del legado de Bush
que enlazan con nuestros problemas actuales. ¿Verdaderamente Bush (padre) terminó la Guerra Fría? Y, ¿hasta qué punto su administración fue responsable de parte de nuestros problemas actuales? Para ser claros, Bush no terminó la Guerra Fría. Ninguna persona lo hizo, si bien podría haber arruinado su desenlace. Bush fue el arquitecto del mundo que emergió tras el colapso de la Guerra Fría y que hemos heredado la generación actual.
Existe la creencia generalizada en Occidente de que los Estados Unidos y sus aliados ganaron la Guerra Fría, en gran medida por la demostración de su superioridad económica y militar, frente a una Unión Soviética incapaz de competir. Una versión más extrema cree que Ronald Reagan se declaró vencedor de la Guerra Fría a través de un ascendente gasto militar y la correspondiente retórica que acompañó. Una vez vista su incapacidad para corresponder, Gorbachov terminó por claudicar.
Esta lectura americano-céntrica de la historia es igual de equivocada que peligrosa, dejando entrever que la acción de Estados Unidos por sí sola determina los asuntos internacionales y que cualquier adversario puede ser
arrollado por la voluntad de Estados Unidos. Pero nada de ello es cierto. Estados Unidos no ganó la Guerra Fría, ni la Unión Soviética se rindió. Los líderes soviéticos podrían haber continuado indefinidamente, a costa de reducir todavía más el nivel de vida de sus conciudadanos, pero manteniéndose en el poder indefinidamente.
La verdadera defunción de la Unión Soviética fue resultado de la propia enfermedad misma. Los fallos del comunismo aseguraron su muerte con unos políticos que administraron la dosis letal a finales de los 80. Nadie en Occidente fue capaz de prever la muerte del comunismo. Tan solo en los años 40, el diplomático George Kennan, artífice de la doctrina de la contención” aseguró que los soviéticos serían víctimas de sus propias contradicciones políticas y económicas. De hecho, hay cada vez más historiadores que coinciden en señalar que Gorbachov verdaderamente quería salvar el socialismo, no reemplazarlo.
Cuando Gorbachov anunció una reducción del gasto militar no hizo otra cosa que aumentar la ansiedad en la administración Bush, que no contemplaba ningún escenario que supusiera la reducción de tensiones en Europa, que solo traería consigo el debilitamiento de la alianza atlántica y del liderazgo de Estados Unidos.
Los asesores de Bush temían que, si los ciudadanos europeos dejaban de ver a la Unión Soviética como un peligro, automáticamente dejarían de mirar al otro lado del Atlántico. Nadie concebía una Unión Soviética más próxima al diálogo que a veleidades belicistas. Las consecuencias para Washington eran claras: las promesas de paz de Gorbachov amenazaban los lazos trasatlánticos y el final de la influencia de los Estados Unidos en Europa. Bush reaccionó diciendo: “si no recuperamos el liderazgo, estamos perdidos”.
La estrategia pasó por atraerse a los países que habían estado en la órbita
soviética bajo el paraguas de la OTAN, los mismos que diez años después se
arremolinaron para apoyar la invasión de Irak. La pregunta que pocos en Europa se formularon fue para qué una OTAN si no había ya amenaza soviética que había justificado su nacimiento. Ese es el gran mérito que se le puede atribuir a Bush, no haber puesto el broche final a la guerra fría, pero haber mantenido la influencia en Europa, y sembrar las semillas de los desencuentros con Rusia que reaparecieron 25 años después.
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