Es el fiscal, no el relaciones públicas de la infanta
Pedro Horrach ha olvidado las obligaciones inherentes a la toga en algún rincón de la Audiencia Provincial de Palma. En su nueva etapa de omnipresencia mediática —algo inconcebible en una persona con su cargo— el fiscal parece obsesionado con potenciar su imagen pública de cara a futuros proyectos profesionales. De otra manera no se explica su tendencia incontrolable a verter opiniones públicas sobre el ‘Caso Urdangarin’. Algo totalmente incompatible desde el punto de vista ético con su desempeño como representante de la Fiscalía y que genera un lógico malestar dentro del propio Ministerio Público. Si Horrach decidió no acusar a la infanta Cristina durante el proceso, ahí debe acabar su intervención en los hechos. Cualquier consideración más allá de contexto judicial resulta inadecuada, casi grosera debido a su insistencia.
Al final, y de tanto defender a la hermana del Rey ante cualquier micrófono con el que tropieza, parece su relaciones públicas más que un alto profesional de la justicia. De hecho, y a pesar de que ha sido exonerada, Horrach insiste en enarbolar la inocencia de Cristina de Borbón y Grecia: “Se le ha tratado de manera diferente e injusta”. Incluso se atreve a criticar el hecho de que estuviera sentada en el banquillo de los acusados. Horrach prolonga así la tendencia mostrada durante el ‘Caso Urdangarin’. Si algo había claro en todo este caso es que, de cara a la infanta, todo quedaría en un mínimo percance.
La multa de 265.000 euros se antoja un castigo exiguo si consideramos que la hija de Juan Carlos I era copropietaria de Aizoon S.L y miembro del patronato del Instituto Nóos. No obstante, Horrach se lo puso muy fácil a la intocable. Según el principio acusatorio vigente en España es prácticamente imposible que una sentencia castigue al acusado con una pena mayor de la que solicite el fiscal. Una vez que aquella labor milimétrica dio sus frutos, lo único que se podría esperar de un hombre como Horrach es un poco de discreción por mera decencia profesional y sensibilidad pública. Todo lo demás es un innecesario show, además de una provocación a los hastiados ciudadanos.
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