Opinión

Los europeos no se pueden someter al planeta ni a los bárbaros

  • Pedro Fernández Barbadillo
  • Columnista de Internacional. En la editorial Homo Legens ha publicado 'Eternamente Franco' y 'Los césares del imperio americano'. Su último libro es 'Eso no estaba en mi libro de historia del Imperio español' (Almuzara).

La soberbia de muchos europeos les lleva a adoptar creencias absurdas, propias de una sociedad descreída y con colesterol alto. En los últimos días, la realidad ha demostrado que esas supercherías no sólo son falsas, sino que, además, destruyen vidas humanas.

La severísima ola de calor que sufre Centroeuropa está derritiendo el dogma del cambio climático, como uno de esos palacios tallados en un bloque de hielo. Tras décadas de exclusión del coche de las ciudades, supresión de las calefacciones de carbón, desmantelamiento de las industrias para importarlo todo de China o de África, de cuotas de carbono, de cierre de centrales nucleares… los sacrificios que han hecho los europeos no les han servido de nada. La insolente naturaleza se atreve a desobedecer las órdenes de los europeos progresistas.

Ahora descubrimos que los franceses y alemanes, de los que nuestros europapanatas nos decían que aprendiéramos administración, ingeniería, política y hasta modales, tienen sus autobuses, metros, colegios, oficinas y hospitales sin aire acondicionado. En algunos hospitales alemanes han recurrido al método cubano de pedir a los pacientes y sus familiares que se presenten con suministros, no comida, jabón o sábanas, sino bloques de hielo. Algo tan habitual en España o Italia como el aire acondicionado escasea en el norte de Europa, en parte porque no es necesario y en parte porque lo ha condenado la religión climática. Un informe oficial elaborado en 2020, calculó que sólo una cuarta parte de los hogares franceses tienen instalado aire acondicionado. En la vecina Gran Bretaña la proporción baja a un 14%. En cambio, en España esa proporción puede subir a un 50%.

Según la Agencia Nacional de Salud Pública francesa, en el país se han registrado en unos pocos días más de 1.000 muertes por encima de lo habitual. En el verano de 2003, Francia padeció las temperaturas más altas desde 1950. Murieron miles de personas, en una cantidad nunca calculada (las empresas funerarias dijeron en torno a 10.000), debido al calor y sus consecuencias. ¿Qué hizo la V República? En 2022, la entonces ministra de la transición ecológica, la verde Barbara Pompili, impuso una normativa para todos los edificios de nueva construcción a fin de reducir la generación de carbono. En vez de climatizadores, ventiladores de palas y zonas sombreadas.
La persecución al aire acondicionado la denunciaron muchos atletas participantes en los Juegos Olímpicos de París de 2024. Algunas delegaciones se presentaron con sus propios aparatos climatizadores. Mientras tanto, en Estados Unidos se están enfriando los estadios de fútbol del Mundial a 21º. ¿De quién es el mundo?

Los mismos expertos y políticos que aterrorizan a la población anunciándole una subida imparable de la temperatura se oponen a medidas fundamentales para salvar vidas, porque la Tierra demanda sacrificios humanos. La preocupación del Gobierno alemán de populares y socialistas y de su prensa es que la ola de calor beneficie al partido «negacionista» AfD. Por eso, otra ola, ésta de propaganda, se abate sobre los alemanes. La televisión Westdeutsche Rundfunk ha lanzado una campaña en la que advierte que los sistemas de aire acondicionado agravan la emergencia climática: para 2050, la Tierra podría calentarse 0,05 grados.

Al sufrimiento de millones de personas se ha unido el insulto. La revista Político publicó que en el edifico de la Comisión Europea se había dado la orden de cortar el aire acondicionado en las plantas donde trabajan los funcionarios de menor nivel, mientras se mantiene a una temperatura cómoda. ¿Es el calentamiento global intermitente? No, más bien vivimos bajo un neofeudalismo y, de vez en cuando, los nuevos aristócratas muestran su sonrisa de desprecio al populacho.

El progresismo considera que el aire acondicionado, una de las obras del ingenio humano que hace más cómoda y amable la vida de las personas y, también de muchos animales, es un enemigo. Hay dos objetivos en los que la oligarquía europea no está dispuesta a ceder: el decrecimiento económico y la preparación de la guerra contra Rusia.

El periódico El País (26-6-2026) publicó un reportaje en el que señalaba que otra la temperatura de las oficinas fijada por medios técnicos es sexista, porque se emplean como baremo «las necesidades de un hombre en traje, atuendo que cada vez se usa menos, obligando a pasar frío a las mujeres, más frioleras por biología».

La otra superstición refutada estos días es la de los inmensos beneficios que aporta la inmigración, para mantener los estados de bienestar y aprovechar el talento del mundo entero.

El partido Restore Britain, escindido de Reform, el vencedor de las elecciones locales de mayo pasado en el Reino Unido, difundió el 16 de junio un informe estremecedor, financiado con donativos de 20.000 ciudadanos, sobre las violaciones de niñas y adolescentes cometidas, desde hace casi 30 años, por bandas de inmigrantes pakistaníes en su mayoría.

En el informe se recogen testimonios de las víctimas, que tienen en común ser blancas, de clase trabajadora y desvalidas. El número de las jóvenes humilladas y explotadas se ha estimado en unas 250.000. Aunque sean la mitad o la tercera parte, se trata de unos actos horribles, cuyos perpetradores, encima, se beneficiaron del encubrimiento por parte de la policía, los fiscales y los servicios sociales. A las víctimas, a los padres y a los escasos trabajadores sociales que protestaron en su momento, la Policía no sólo no les hizo caso, sino que les amenazó para callarlos. El motivo de semejante conducta, que supone una traición a los más desfavorecidos y un premio a los delincuentes, era el de no despertar el fantasma de la «islamofobia».

Aunque el informe no apareció en las portadas de ninguno de los periódicos británicos, incluso los supuestamente conservadores, los verificadores se lanzaron sobre él para poner en duda su metodología y sus conclusiones. De ninguna manera, el régimen británico puede admitir unos hechos que desmontan el mantra de «la diversidad es nuestra fuerza».

Ni se puede modificar el clima ni se puede convertir a un pakistaní musulmán que obedece a su clan en un ciudadano demócrata de un país de herencia cristiana. Dos lecciones que los políticos europeos se resisten a aprender.