Este nuevo Valdeón también tiene que dimitir
La mezcla de políticos y alcohol suele dejar resacas muy duraderas. En el caso de Óscar Fernández, además, un espectáculo de supina ridiculez. Cuando aún está sobre la mesa la dimisión de la vicepresidenta de Castilla y León, Rosa Valdeón, quien tras un accidente de tráfico triplicó la tasa de alcohol y se dio a la fuga, irrumpe en la escena etílica este concejal de Bilbao. El grupo Popular de su ciudad, de tan definitivo, resulta hilarante: “Óscar no puede hablar, está indispuesto y no volverá hasta el lunes”. Algo normal si tenemos en cuenta el estado de total embriaguez en el que trató de irse sin pagar de una taberna. Tras años de barra libre al respecto del comportamiento de muchos representantes públicos, la clase política debería interiorizar que España vive actualmente un punto de inflexión donde la tan cacareada “ejemplaridad” no es un mero eslogan o la virtud de unos pocos, sino que ha de establecerse como la obligación de todos.
Resulta patético, rancio, casi cateto, intentar escamotearle tres cañas a un camarero con el pretexto de “usted no sabe quién soy yo”. Algo más propio de aquella España decimonónica tan bien descrita por el periodista Mariano José de Larra en su ‘Vuelva usted mañana’ que de un país que encabeza el crecimiento económico de la Unión Europea. Flaco favor le hacen estos individuos a sus respectivas formaciones. Todas las Cámaras de representación, nacionales y autonómicas, viven una atomización sin precedente donde ya no existen fuerzas de gran preponderancia ni electores asegurados. Ahora, cada error de imagen y reputación computa en contra en el resultado de los siguientes comicios. Un lujo que no se puede permitir ninguna formación, tenga las siglas que tenga. Ni que decir tiene que Óscar Fernández debe dimitir. Una persona digna de atesorar la confianza de los ciudadanos no puede montar semejante ópera bufa de garrafón. Tras sufrir casi 10 años de crisis, la gente ya cuenta con bastantes preocupaciones como para que encima tengan que padecer en sus casas estos súbitos episodios de vergüenza ajena.
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