Opinión

Están quemando España

Los montes arden, el relato no. Si acaso enciende a quienes lo escuchan, sobre todo cuando proviene de pirómanos consumados y consentidos que fabrican dolor cada vez que su mano tonta publica o su boca sucia esputa. Sucede cuando una parte de la sociedad prefiere el veneno al vino, y elige derramar toxinas de rencor y odio antes que brindar por una unidad que en España sólo consigue el Mundial cada cuatro años, y a medias. La salud de una nación acaba por quebrarse cuando la calmamos de lustro a lustro. En la enésima tragedia que nos trae la presidencia de Sánchez -en su gafe va nuestra ceniza- comprobamos que no hay solución a ese medio país insertado en la trinchera, la falsedad narrativa y la venda ciega que tapa cualquier juicio y razón. El Estado se cae a pedazos, pero ellos siguen riendo al Nerón que, desde Moncloa, toca su lira con el humo de la maldad asomando cada cuerda. Han destrozado la casa común, que saquean cada día de recursos y medios, robando todo lo que pueden, les dejamos, y más. No estamos preparados cuando las desgracias llegan y el dolor se advierte ante cada alerta inicial.

Hay un detector infalible de zurdos sectarios, militantes de un pesebre tan infinito como rentable, que pasean su ignorancia diabólica con cada emergencia nacional, en un oportunismo tan chusco como abyecto. Hijos de una coyuntura que los lleva a defender hasta el infinito, y seguramente más allá, a quien amamanta sus bolsillos, iniciaron con la pandemia una espiral de sujeción del cubata difícilmente igualable. Su objetivo, una vez las elecciones les van consumiendo en la indiferencia social, es polarizar hasta el conflicto, haciendo del drama su minuto de gloria digital y televisiva. Donde la mayoría decente y pensante vemos víctimas, ellos ven números que hay que manipular, controlar y adoctrinar. Sucedió también con la DANA en Valencia, con el homicidio negligente de Adamuz y ahora repiten, en esa continuidad de marmota subsidiada, con los incendios que asolan España.

Están quemando la nación y a los inquilinos del pesebre sólo se les ocurre montar una campaña absurda e inhumana contra Ayuso, la presidenta madrileña, a ver si esta vez es la definitiva. De Page, Mañueco, Illa y demás gobernantes autonómicos no dicen nada. Sólo arde Madrid, porque, para ellos, lo relevante es que se queme Madrid. Por votar mal. No les importa los incendios, sino incendiar. De las cenizas que queden de España sólo esperan seguir trincando su alfalfa oficial, consumida de manera infinita, proporcional a su maldad intrínseca, moral y física.

Un incendio no repara en ideologías cuando de aniquilar recuerdos se trata, pero la izquierda, dirigida por el sanchismo militante, se dedica a la innoble y fracasada tarea de intentar derrocar a quien retrata su cochambre moral cada día. Esas miles de personas (y animales) víctimas de la acción humana, intencionada y negligente, les importa una higa. Para ellos, tras los montes, lo que debe arder es el relato. Es preciso imponer en la opinión pública una nueva dosis de droga adulterada, y repitan como ovejas dóciles que el tipo que lleva prometiendo aviones que no llegan y que ha reducido el presupuesto en prevención de incendios en trescientos millones en ocho años mientras aumenta cada día el de propaganda y publicidad institucional, es inocente. La culpa de que España arda es del cambio climático. Y de Ayuso. Ni siquiera cuando apelan a la sacrosanta Ley de Montes (2003) reparan en que fue una ley de Aznar, otro de sus demonios habituales.

Durante décadas se ha impedido a quienes viven en el campo y del campo recoger los incentivos de tener unos montes y bosques limpios, de extraer la leña que les calienta en invierno y de invitar a su ganado a comerse esa maleza y vegetación seca que hoy bloquea los caminos con su altura y descuido. Las normas políticas y burocracia ecológica facilitan el abandono de quien conoce el ecosistema y al que ahora le obligan a rellenar formularios sin fin, pagar tasas antes de respirar y esperar sentado a que el silencio administrativo actúe antes de la primera llama oteada. La regulación de los boletines oficiales, la intervención de los moquetas de despacho y su perversa agenda verde, y el relato de los que santifican la industria del drama ecológico, representan el verdadero peligro para la naturaleza, no el cambio climático, que sólo acelera y acentúa la velocidad de lo inevitable, pero no conforma su causa.

El clima cambia como migran las personas, ambos fenómenos coetáneos en el devenir de la historia. Aquí no se discute la obvia evidencia científica. Se discute, critica y refuta la industria de la calamidad medioambiental, del catastrofismo, y la turra ecolojeta consiguiente que lleva al campo a ser dirigido y determinado por burócratas apegados al boletín oficial normativo.

El campo no necesita feligreses climáticos, sino defensores de su modo de vida tradicional. Los montes no arden por la acción de la totalitaria agenda verde impulsada por la inane Unión Europea, sino como consecuencia de ella.
Sánchez nos repite su homilía en cada comparecencia trágica, por lo vivido y por su presencia. Apela a que la ciudadanía no se deje engañar -y lo dice él-. Y que sea responsable a la hora de informarse, lo que equivale a decir que hagan caso a la línea oficial que marca el régimen y que tiene en RTVE su altavoz soviético y manipulador de referencia. Actúa como un señor de la guerra con los recursos del Estado, que decide otorgar bajo su gracia a quien mejor se humille ante su paso. En esa actuación, la izquierda caca-culo-pedo-pis se inclina gozosa, pues en la existencia de un Estado intervencionista y totalizador encuentra su sentido de vida y pertenencia. De esta forma, han convertido el cambio climático en una religión innegociable basada en el negocio. De ella no se puede disentir y ante cualquier crítica a la gestión política o la corrupción de partido y gobierno, apelan a la feligresía. Cuando todo es cambio climático, nada lo es.

Por eso es importante atacar y desmontar a quienes vienen en la desgracia a señalar a los que llevan años avisando de su falsedad millonaria. Nos debe ir la vida en desmontar su arquitectura económica, mediática, asociativa, social y, sobre todo, política. La España zurda del PSOE y asociados, de socios cloaca y golpistas vendidos, de chantajistas recogenueces y etarras recolocados, de corruptos sine die, a tiempo completo en Ferraz, y de activistas millonarios situados como portavoces del bulo en la caja tonta, debe acabar antes de que la próxima tragedia no tenga con qué firmar nuestra defunción como nación.