Opinión

La España de 2030, según la agenda de Sánchez

El Comité Federal que el PSOE -actualmente convertido en un virtual «PS» (Partido Sanchista)- celebró el sábado en su sede central de la calle Ferraz de Madrid no fue uno más en la larga lista de los efectuados en su centenaria historia. No lo fue por las circunstancias políticas del momento, ni por ser el último antes de las vacaciones, sino por lo sucedido en él.

Ciertamente el contexto político podía inducir a pensar que alguna reacción debía producirse ante la situación de un gobierno y un PS rodeado de los conocidos casos de presunta (o acreditada) corrupción en los que se encuentra. Y de una manifiesta incapacidad para poder gobernar en una democracia parlamentaria que requiere poseer una mayoría en el Parlamento para poderlo hacer. Y que el Congreso de manera expresa y rotunda lo había puesto de manifiesto precisamente dos días antes en el último pleno del actual periodo de sesiones.

Sin olvidar que en la actual legislatura comenzada en 2023 no se ha presentado ni un solo proyecto de Ley de Presupuestos en el Congreso, violando lo dispuesto en el artículo 134 de la Constitución. Situación insólita en una democracia parlamentaria occidental digna de tal consideración. Ese contexto, como decimos, inducía a pensar en la posibilidad de que afloraran voces críticas ante la carencia absoluta de respuesta a esa situación que ya denunció el Congreso de los Diputados -además del Senado-  y que exige la dimisión del Gobierno y la convocatoria de elecciones.

De hecho, las previsiones se cumplieron en cuanto a la limitada crítica hacia él. Que sólo se concretó en la consabida de García-Page y su entorno, a la que se unió la alcaldesa de Palencia. Fue patético comprobar que Sánchez copió en gran medida lo que ya dijo en su comparecencia del jueves, no asumiendo ninguna responsabilidad política y limitándose a repetir el mantra de que ante ese escenario la única pregunta es que «¿cómo no vamos a continuar?».

Ante sus conmilitones, en el Comité «Central» de anteayer sábado afirmó que hay que «mirar hacia adelante con ambición para culminar esta década de transformaciones históricas». Se supone que poniendo la mirada en su acceso al Gobierno con 84 diputados en 2018 y en el horizonte inmediato en 2030.

Fue su intervención una virtual apología de la Agenda 2030, a la que sólo le faltó enumerar explícitamente sus 17 objetivos de desarrollo sostenible. Por ello argumentó que no se trata de contentarse con lo conseguido en esta década hasta 2027, sino «ir mucho más allá, hasta 2030» con una economía que esté al servicio de las personas. Una España donde «se trabaje para vivir y no se viva para trabajar».

Una España que en esa fecha, según Sánchez -y su agenda-, será una práctica reedición del paraíso terrenal con unos servicios públicos, una economía, una educación y una sanidad maravillosas, que erradicará las listas de espera en dependencia, también la brecha de género entre trabajadores y trabajadoras, etc, etc. Por supuesto, también en el ámbito internacional, donde apostará por la paz en Oriente Medio promoviendo los «dos Estados» de Israel y Palestina, y así sucesivamente.

La única pregunta que faltó del silencioso y expectante auditorio es cómo va a conseguir eso en 2030 si actualmente en 2026, tras ocho años en el Gobierno, no lo ha conseguido. Y ¿con quién espera conseguirlo?, dado que su actual frente popular no parece tener un gran apoyo electoral según todas las encuestas. Y que, por cierto, si tan convencido está de su éxito ¿por qué no convoca ya -como debe hacerlo- las elecciones que se le están pidiendo? ¿Quizás esperando a la regularización masiva?

Pero el momento estelar de su intervención, y que transformó el expectante silencio en una selva de aplausos, fue nada menos que cuando anunció su decisión de «abolir esa gran infamia que es la prostitución». Sólo le faltó a ese solemne compromiso concretar quién era el elegido para hacerlo efectivo, dada la acreditada experiencia en la materia por parte de su entorno. Si no fuera porque es demasiado seria la situación que está viviendo la democracia en España, sería para hacer de ese Comité el guion de una película humorística de éxito.