El enigma tras la visita de la CIA al Kremlin: ¿negociación de paz en Ucrania o advertencia a Rusia?
John Ratcliffe viaja a Moscú y se convierte en el cargo estadounidense de mayor rango en pisar el Kremlin desde la invasión
“El director de la CIA llega al Kremlin…” Parece el comienzo de uno de los chistes que contaba Ronald Reagan, pero ha sido un suceso real. Se trata del más alto cargo del gobierno de Estados Unidos que visita Moscú desde el comienzo de la invasión de Ucrania y, encima, sin ocultamientos ni disimulos.
Nada más empezar su segundo mandato, Donald Trump nombró John Ratcliffe, abogado y ex miembro de la Cámara de Representantes, director de la CIA. Aunque al final del primer mandato de Trump dirigió durante más de medio año la Agencia Nacional de Inteligencia, que coordina a las demás agencias, su experiencia en este mundo es escasa, carencia que bien puede ser una ventaja. Sin embargo, está claro que es un hombre de la confianza del presidente, adecuado para transmitir y recibir mensajes confidenciales.
El martes 25 de agosto, se trasladó en un avión militar desde Riga, capital de Letonia, a Moscú, y allí se reunió con los directores de otros departamentos rusos del mismo nivel, como el SVR (dedicado exclusivamente al espionaje exterior) y el FSB (la principal agencia del Estado). Los portavoces del Kremlin admitieron que el presidente Putin no le recibió, pero se le informó de sus palabras. Este viaje se ha realizado un año después de la cumbre entre Trump y Putin en Alaska, que no sirvió de nada.
Las conjeturas llenan la prensa norteamericana. Unos insinúan que Ratcliffe animó a los rusos a negociar un armisticio en serio con el gobierno ucraniano. Kíev sigue dispuesto a resistir, aunque disminuya la ayuda de EEUU, ya que cuenta con una excelente armada de drones y, además, el nuevo primer ministro británico, Andy Burnham, entregó a Volodímir Zelenski los planos y datos de diseño para que Ucrania pueda fabricar misiles de crucero de largo alcance (más de 500 kilómetros) Storm Shadow, con los que podrá bombardear instalaciones militares y poblaciones rusas.
Y otros suponen que se trató de una advertencia a Rusia para que no ataque a ningún país miembro de la OTAN, porque ésta le defendería. Precisamente, la última visita de un director de la CIA a Moscú ocurrió en noviembre de 2021, cuando William Burns, nombrado por Joe Biden, reveló a los rusos que estaban al tanto de su plan de invasión de Ucrania, ejecutado en febrero. Esta amenaza se ondea desde entonces, pero por ahora Rusia se limita a revolotear algún que otro dron en el espacio aéreo de los países bálticos o balcánicos.
Sería una estupidez por parte de Rusia atacar a miembros de la OTAN y arriesgarse a abrir un segundo frente. Pero esta guerra está probando que Moscú ha aprendido poco de sus experiencias en las dos guerras mundiales, Afganistán y Chechenia, así como su deficiente análisis de inteligencia sobre el derrumbe del gobierno de Zelenski. Incluso se rumorea que Ratcliffe quería, de alguna manera, comprobar si el Kremlin tiene los mismos datos que la CIA, o, enunciado de manera nada diplomática, si a Putin le engañan sus ministros.
Una tercera explicación consiste en una petición a Putin para que deje de apoyar a Irán, que es la más absurda de todas, pues, ¿qué le daría a cambio Trump?, ¿Ucrania?
En la cúpula de la OTAN preocupa que, ante el estancamiento de la “operación militar especial” y el deterioro económico causado por los ataques de drones a las refinerías y a los puertos de carga de hidrocarburos y cereales, Moscú recurra a alguna medida insospechada, como una ofensiva a gran escala (aunque por ahora no dispone de tropas), ataques híbridos en Europa a infraestructuras o, incluso, el empleo de armamento nuclear táctico en Ucrania.
Todo esto se ha anunciado desde hace, al menos dos años, aunque desde entonces han surgido dos factores nuevos en Rusia: las bajas humanas y materiales de sus fuerzas armadas y los daños a su economía, basada en la exportación de materias primas.
En el lado occidental, Estados Unidos está vaciando sus arsenales, desgastando su armada y agotando a sus militares con la campaña contra Irán, por lo que se piensa que no podría responder a un ataque chino a Taiwán, el cual, la verdad, no es muy probable. Pekín disfruta con una Rusia cada vez más dependiente y unos EEUU agotados por su carga de imperio global.
De nuevo, el ciclo electoral de una democracia se inmiscuye en su estrategia. El presidente Trump busca una victoria en Irán o en Ucrania para presentarla en las elecciones de noviembre. Y se le acaba el tiempo. Aunque en julio la inflación bajó ligeramente sigue alta, en el 3,4%; en el mismo mes, el desempleo, en cambio, aumentó un poco y se mantiene en un 4,1%.
De todos modos, Trump demuestra iniciativa y desmiente a los figurones de la pomposa comunidad de inteligencia (algunos de los cuales calificaban el contenido del portátil de Hunter Biden, en 2020, de “desinformación rusa”) que aseguraban el año pasado que el presidente iba a abandonar a Ucrania.
Otro punto destacable es que Trump prescindió de su yerno, Jared Kushner, quizás debido a su asociación con la ruptura de las negociaciones con Irán, y recurrió a un cargo de su gobierno. Es un alivio que la Casa Blanca no haya regresado a la diplomacia secreta, como la que realizaron los Kennedy durante la crisis de los misiles (1962) con Aleksandr Feklisov, el delegado del KGB en Washington, al margen del embajador Dobrynin.
Mientras tanto, la guerra prosigue. Después de la visita de Ratcliffe, como para avisar de que no se deja amedrentar ni convencer, el Kremlin lanzó varios ataques mediante drones y misiles contra Kíev, que han matado a casi cuarenta personas.
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