Opinión

Los diamantes de Zapatero y los de Trujillo

  • Teresa Giménez Barbat
  • Escritora y política. Miembro fundador de Ciutadans de Catalunya, asociación cívica que dio origen al partido político Ciudadanos. Ex eurodiputada por UPyD. Escribo sobre política nacional e internacional.

Lo que viene es una lección de progresismo que fulgura. El gran santón de la izquierda socialista, José Luis Rodríguez Zapatero —ese hombre que «nada tenía y daba mucho»—, sigue debiendo explicaciones por el botín de joyas encontrado en una caja fuerte de su despacho. Más de un centenar de piezas, valoradas en más de 1,3 millones de euros por la joyería Ansorena y otros expertos gemólogos, con collares cuajados de diamantes y esmeraldas de Zambia (sólo uno de ellos tasado en 278.000 euros), zafiros de Tailandia, rubíes… Todo guardado con discreción, sin documentación clara de origen, abriendo nuevas piezas judiciales por posible delito fiscal y, vete a saber en realidad, contrabando.

Qué ironía. Los que se autoproclaman «progresistas» (como quien se autodenomina «guapo» sin necesitar de un espejo) parecen tener debilidad por los brillantes tradicionales: esos que lucen los jeques o que acaban en cajas fuertes europeas. El «progresismo» de postureo se sustenta en rentas, influencias y, a veces, cajas fuertes opacas. El progreso real, sin embargo, es otro: el que nace del trabajo, la ciencia y el espíritu emprendedor. Y ese sí brilla con fuerza en Trujillo, Extremadura. Allí, la empresa Diamond Foundry (con inversores como Leonardo DiCaprio entre sus accionistas) está impulsando, con un fuerte apoyo público-privado, lo que aspira a ser la primera fábrica a escala industrial del mundo de obleas de diamante sintético para semiconductores. No joyas para lucir, sino «joyones» tecnológicos. El proyecto, que ya produce diamantes en fase piloto desde 2025, fabrica obleas de diamante monocristalino (SCD) mediante deposición química de vapor (CVD) y otras técnicas avanzadas.

¿Por qué el diamante? Porque es el mejor conductor térmico conocido: disipa el calor hasta diez veces mejor que el silicio. Los transistores pueden trabajar a mayor potencia, en frecuencias más altas y sin derretirse. Los chips del futuro —para la inteligencia artificial, los centros de datos, los vehículos eléctricos o las comunicaciones de nueva generación— necesitan precisamente esto. Los prototipos de los años ochenta ya lo dejaban entrever, pero el precio y el tamaño eran barreras infranqueables. Hoy, con la tecnología madura, Trujillo podría convertirse en el epicentro mundial de este cambio de paradigma. Su alcaldesa, del PP, podría acabar rivalizando en «joyones» con cualquier santón socialista, pero de los productivos: se esperan unos 500 empleos directos altamente cualificados y más de 1.600 indirectos, con un impacto estimado en el PIB de más de 2.000 millones de euros en la primera década. Extremadura, tierra de sol y dehesas, acoge una industria limpia y de vanguardia. No son los únicos. La competencia internacional crece: Element Six en Reino Unido, Diamfab en Grenoble (Francia), Ookuma Diamond Device en Japón (que inauguró en 2026 su fábrica de semiconductores de diamante) o las fuertes inversiones chinas en Henan van en esta línea. Pero el proyecto de Trujillo, por su escala y ambición, se posiciona para liderar la producción de obleas destinadas a chips de alto rendimiento.

El contraste resulta delicioso. Mientras unos guardan bajo llave diamantes para lucir (o defraudar, mejor), otros fabrican diamantes para enfriar y potenciar el futuro digital.

Uno es el progresismo de postureo, basado en trapicheos e influencias. El otro es el progreso tangible: innovación que reduce el consumo energético, aumenta el rendimiento y genera riqueza desde cero (o casi: carbono domesticado). Zapatero, el gurú que predicaba humildad, acumuló un tesoro de vendedor de camellos. Trujillo, con capital internacional y mano de obra extremeña, construye el tesoro que beneficiará a generaciones enteras. Unos guardan pedruscos; otros los convierten en obleas que moverán el mundo sin sobrecalentarse. Eso sí es progresismo real. El que no necesita autoproclamarse guapo: simplemente lo demuestra creando, produciendo y avanzando.