Opinión

El asesinato de Louis y el desmadre inmigratorio de Sánchez

  • Teresa Giménez Barbat
  • Escritora y política. Miembro fundador de Ciutadans de Catalunya, asociación cívica que dio origen al partido político Ciudadanos. Ex eurodiputada por UPyD. Escribo sobre política nacional e internacional.

¿Cómo sobreviven las sociedades WEIRD (Western, Educated, Industrialized, Rich, and Democratic)? Se lo explico en unas líneas, pero les cuento antes que, en los últimos días, Francia ha vivido una oleada de indignación tras el brutal asesinato de Louis, un joven de 17 años con discapacidad, linchado a golpes por un grupo de inmigrantes en Narbona. El ataque, grabado y difundido por los agresores, parece responder a una venganza tras una denuncia previa de la víctima. Son casos que alimentan una percepción creciente: hay sectores de la inmigración que, no sólo carecen de empatía y mucho menos de gratitud por las sociedades que les ofrecen seguridad, sanidad, oportunidades y Estado de derecho, sino que desarrollan resentimiento u hostilidad hacia ellas.

Hay estudios psicológicos y antropológicos que ofrecen algunas claves. Goei y Booster (2005) mostraron en Communication Monographs que los favores pueden generar obligación más que gratitud genuina, y esta obligación, cuando se percibe como imposición, se vuelve en contra del benefactor. La solidaridad unilateral no siempre une; a veces erosiona la confianza mutua. Ciertas investigaciones sobre la teoría del intercambio de afecto (Horan y Booth-Butterfield, 2010) revelan un resultado contraintuitivo: quien da —el individuo o la sociedad generosa— desarrolla mayor vinculación afectiva que quien recibe. Prestar dinero o abrir oportunidades no garantiza reciprocidad emocional. En esas sociedades WEIRD que mencionamos al principio, descritas por el antropólogo evolutivo Joseph Henrich en The WEIRDest People in the World, esta tendencia se amplifica. Estas culturas, moldeadas históricamente por el cristianismo, han obstaculizado el matrimonio entre parientes y han fomentado la cooperación impersonal entre extraños, priorizando la confianza en las instituciones, la prosociabilidad con desconocidos, el individualismo y la movilidad. Son sociedades menos clánicas (poca endogamia, con familias nucleares) que generan innovación, confianza generalizada y Estado de derecho. En contraste, muchas de las culturas de origen de la inmigración masiva reciente operan con códigos opuestos: lealtad tribal intensa, honor familiar, reciprocidad restringida al grupo cercano y menor énfasis en la neutralidad institucional. Henrich y sus colaboradores muestran que estas diferencias psicológicas persisten en la segunda generación y, a veces, más allá. La integración no es automática; los patrones culturales se transmiten y se diluyen lentamente. La diversidad puede impulsar la innovación (como parecen señalar los históricos de patentes en EE.UU.), pero sólo bajo condiciones de asimilación cultural y de selección previa. Sin ellas, lo que genera es fragmentación, menor confianza social, más conflicto y erosión de las normas que sostienen la prosperidad.

¿Cómo sobreviven entonces las sociedades WEIRD? La historia y la evidencia nos dan varias lecciones incómodas pero necesarias. Primero, la asimilación debe ser exigente. Las sociedades WEIRD prosperaron rompiendo los clanes y promoviendo la ciudadanía universal. Exigir que los recién llegados adopten estos códigos —lengua, valores democráticos o respeto a la ley por encima de sus lealtades étnicas— no es xenofobia: es un requisito de supervivencia cultural. Los modelos exitosos (como la inmigración histórica en EE.UU. con fuerte presión asimiladora) contrastan con el multiculturalismo paralizante europeo actual, que a menudo preserva enclaves donde el inmigrante vive en un mundo paralelo. Segundo, una selección que valore la inteligencia. No toda inmigración es igual. La cualificada y culturalmente compatible genera beneficios netos; la masiva, no selectiva y de entornos con alta intensidad étnica correlaciona, en varios países europeos, con mayores tasas de delincuencia, dependencia social y tensiones identitarias. Ignorar los datos criminológicos o de integración por pura corrección política acelera el problema. Tercero, poner límites a la generosidad unilateral. La psicología muestra que la gratitud no puede darse por sentada. Cuando la hospitalidad se percibe como debilidad o derecho, acaba generando resentimiento.

Las sociedades WEIRD deben recuperar la reciprocidad: derechos vinculados a deberes, integración cultural como condición para la obtención de beneficios, etc. La solidaridad evolucionó como un mecanismo adaptativo dentro de grupos con normas compartidas. Sin ellas se degrada. Cuarto, la cohesión cultural como bien público. Henrich enfatiza que las instituciones WEIRD dependen psicológicamente de un modo específico de confianza impersonal. Importar masivamente poblaciones con psicologías colectivistas tribales diluye ese capital social. El resultado está a la vista de todos: barrios que son mundos paralelos, aumento de los delitos motivados por el odio antioccidental, la polarización política y la aparición de partidos identitarios. Las sociedades WEIRD no son eternas por decreto. Surgieron de evoluciones culturales específicas y pueden erosionarse. Que sobrevivan requiere abandonar el dogma sin matices de que «la diversidad es siempre fuerza». La evidencia antropológica, psicológica e histórica apunta a que la sostenibilidad requiere del control de los flujos migratorios, la promoción activa de la asimilación y la defensa de los valores universales (individuales y democráticos) que hicieron exitosas a nuestras sociedades. Ignorar la fricción cultural no es compasión; es una ingenuidad que pone en riesgo el experimento WEIRD de sociedades abiertas, prósperas y pacíficas que han beneficiado a millones, incluidos muchos inmigrantes. La pregunta no es si debemos cerrarnos, sino cómo integrar al extraño sin autodestruirnos. El caso de Louis no es aislado, sino un síntoma.