Contaminación por ozono

Las olas de calor del verano disparan la contaminación por ozono en España a su nivel más alto desde 2010

El 98,6% de la población respiró aire con más ozono del que recomienda la OMS durante este año

El verano más cálido en siglo y medio deja a casi toda España respirando ozono dañino para la salud

Cuatro olas de calor, con un récord de 61 días, y una primavera muy cálida activaron el contaminante

El informe constata que el ozono durante las olas de calor agrava ingresos y mortalidad, en ocasiones más que la propia temperatura

Reducir emisiones no basta: el sector inmobiliario debe preparar los edificios para el clima extremo

  • Antonio Quilis
  • Periodista especializado en información medioambiental desde hace más de 20 años y ahora director de OKGREEN en OKDIARIO. Anteriormente director de El Mundo Ecológico. Colaborador en temas de medioambiente, ecología y sostenibilidad en Cadena Ser.

El verano más caluroso en al menos un siglo y medio no sólo ha dejado noches tropicales y récords en los termómetros. También ha cargado el aire de ozono troposférico, el llamado ozono «malo», un gas invisible que irrita los pulmones y que en 2026 ha marcado en España sus niveles más altos desde 2010.

Así lo recoge el informe anual sobre la contaminación por ozono que Ecologistas en Acción ha hecho público este 19 de octubre, elaborado con los datos de 490 estaciones de medición repartidas por 131 zonas de todo el país entre el 1 de enero y el 30 de septiembre.

La conclusión es contundente: la práctica totalidad de la población española ha respirado este año concentraciones de ozono peligrosas para la salud. Y el gran detonante, según el documento, han sido las cuatro intensas y prolongadas olas de calor encadenadas entre junio y septiembre.

El ozono que protege y el que daña

Conviene distinguir entre dos ozonos. El de la estratosfera forma la capa que nos protege de la radiación ultravioleta del Sol. El «malo», en cambio, se genera a ras de suelo, justo en el aire que respiramos, y por eso recibe el nombre de ozono troposférico.

A diferencia de otros contaminantes, no sale directamente de ningún tubo de escape ni de ninguna chimenea. Es un contaminante secundario: se forma en la atmósfera cuando la luz solar actúa sobre otros gases, los llamados precursores, emitidos por la actividad humana y también por la propia naturaleza.

Esos precursores son sobre todo los óxidos de nitrógeno (NOx) y los compuestos orgánicos volátiles (COV), que proceden de la quema de carbón, petróleo o gas en centrales eléctricas, vehículos y calderas urbanas e industriales, además de la ganadería intensiva y algunas actividades fabriles.

Por qué el calor lo dispara

El informe explica que el primer paso de la química del ozono, la ruptura de la molécula de dióxido de nitrógeno (NO2), necesita la energía de una radiación solar intensa. Por eso sus picos se registran en las tardes de primavera y verano, con cielos despejados, altas temperaturas y viento en calma.

Las olas de calor reúnen todos esos ingredientes a la vez. Suelen ir asociadas a situaciones anticiclónicas de estancamiento, en las que el aire apenas se renueva durante días. El ozono que se forma una tarde no se dispersa y se suma al del día siguiente, acumulándose episodio tras episodio.

Hay un tercer factor menos conocido: la vegetación. Pinos, encinas, robles o jaras emiten isopreno y otros COV naturales, cuyas emisiones aumentan con la insolación y la temperatura. Cuando una masa de aire cargada de NOx urbano pasa sobre estos bosques en pleno calor, la formación de ozono se acelera.

Una primavera que preparó el terreno

En 2026 la meteorología jugó en contra desde muy pronto. Las cuantiosas lluvias de enero y febrero dispararon la actividad vegetal y, con ella, las emisiones de estos compuestos. Después llegó la segunda primavera más cálida desde 1961, con un episodio de altas temperaturas iniciado el 19 de mayo.

Los incendios forestales de julio y agosto echaron más leña al fuego. El informe recuerda, citando a la Organización Meteorológica Mundial, que el humo de los grandes incendios contiene precursores que activan la formación de ozono, a veces a mucha distancia del frente de llamas.

El documento detecta además una buena correlación temporal y geográfica entre las olas de calor y los principales episodios de ozono del verano. El más intenso y prolongado coincidió precisamente con la ola de calor de las tres primeras semanas de julio.

Evolución de la extensión diaria del agujero de ozono antártico entre el 1 de julio y el 8 de diciembre para el período 1979-2024. (Foto: CAMS / ECMWF).

Un récord de 61 días

La Agencia Estatal de Meteorología (AEMET) ha identificado provisionalmente cuatro olas de calor en la Península y Baleares: del 20 al 27 de junio, del 2 al 24 de julio, del 28 de julio al 20 de agosto y del 2 al 7 de septiembre. En total, un récord absoluto de 61 días.

Las de julio y agosto se han convertido en la tercera y la segunda más largas desde al menos 1975, sólo superadas por la de julio de 2015. El verano de 2026 ha sido, además, el más cálido en al menos siglo y medio y cierra junto a 2024 y 2025 el trienio más tórrido del que hay registros.

Los veranos de 2003 y 2015, que hasta ahora acumulaban las superaciones de ozono más intensas y numerosas, han quedado atrás. Para los autores del informe, el cambio climático se confirma como un factor de primer orden en el agravamiento de los episodios de mala calidad del aire.

Más ozono en el campo

Una de las paradojas del ozono es que castiga más a las zonas rurales y periurbanas que a los centros urbanos. En las ciudades, el abundante monóxido de nitrógeno (NO) del tráfico lo destruye con rapidez, mientras el viento arrastra los precursores hacia las afueras, donde el contaminante se acumula.

En el centro peninsular, los vientos del sur empujan la nube de contaminación de Madrid hacia la sierra de Guadarrama, con medias diarias de 150 microgramos por metro cúbico en el pico Peñalara. Tras cruzar la sierra, el ozono llega al piedemonte segoviano e incluso a Soria, a más de 100 kilómetros.

Ni siquiera los centros de las ciudades están ya a salvo. El cambio reciente en la proporción entre NO y NO2, a favor de este último, eleva los niveles de ozono en áreas antes «libres» de este contaminante, como los cascos urbanos peatonalizados.

Una de cada tres personas

Con el nuevo valor objetivo aprobado por la Unión Europea para 2030, 16,9 millones de personas, el 34,3% de la población, habrían respirado aire contaminado por ozono en 2026. Con la normativa todavía vigente, la cifra baja a 8,6 millones, es decir, una de cada seis personas.

Si se toma como referencia la recomendación de la Organización Mundial de la Salud (OMS), más estricta, el porcentaje se dispara hasta el 98,6%, es decir, 48,4 millones de habitantes. Las zonas más castigadas han sido la Comunidad de Madrid y su entorno castellano, el interior de Cataluña, Andalucía, Extremadura y el área de Valencia.

Coincidiendo con las olas de calor se han producido 288 superaciones del umbral de información a la población, sobre todo en Cataluña, y el umbral de alerta se ha rebasado 7 veces en el área de Barcelona y la comarca de Puertollano (Ciudad Real). La ciudad de Madrid ha marcado sus niveles más altos desde que hay registros.

Estación de medición de calidad del aire.

Riesgo para la salud

Según la Agencia Europea de Medio Ambiente (AEMA), el ozono causa en España entre 2.500 y 10.000 muertes al año. Los episodios de contaminación provocan además unos 23.000 ingresos hospitalarios anuales, de acuerdo con el Instituto de Salud Carlos III.

Este mismo organismo ha atribuido 5.808 muertes entre mayo y septiembre de 2026 a las elevadas temperaturas, la cifra más alta desde 2015. Un estudio realizado en Madrid y citado en el informe constata que el ozono durante las olas de calor agrava ingresos y mortalidad, en ocasiones más que la propia temperatura.

Por ello, durante estos episodios se recomienda evitar el ejercicio físico intenso al aire libre en las horas centrales del día y a última hora de la tarde, sobre todo a niños, mayores, embarazadas y personas con enfermedades respiratorias o cardiovasculares.

Menos emisiones, menos ozono

La pandemia de la COVID-19 ya demostró que hay salida: la caída del tráfico y de la actividad económica en 2020 y 2021 también redujo los niveles de ozono, lo que prueba que recortar las emisiones de precursores funciona.

Por eso el informe reclama al Gobierno y a las comunidades autónomas que aprueben de una vez planes de mejora de la calidad del aire que reduzcan las emisiones del transporte, la industria y la agricultura, y que informen a tiempo a la población cada vez que se superen los umbrales legales.