COP31

COP31: guía práctica para entender lo que se juega el planeta en la cumbre del clima de Turquía

Turquía acoge la cumbre del 9 al 20 de noviembre, pero las negociaciones las dirige Australia

La electrificación, el dinero para el clima y el futuro del petróleo y el carbón, sobre la mesa

El Súper Niño seca el canal de Panamá: 743 buques menos y pujas de 4,5 millones por cruzarlo

  • Antonio Quilis
  • Periodista especializado en información medioambiental desde hace más de 20 años y ahora director de OKGREEN en OKDIARIO. Anteriormente director de El Mundo Ecológico. Colaborador en temas de medioambiente, ecología y sostenibilidad en Cadena Ser.

Vuelve un año más la COP. No sabemos si con la misma ilusión de otras citas o con las dudas que suscitó la última reunión global por el medioambiente. La gran cumbre anual del clima de Naciones Unidas celebra su edición número 31 y no es un asunto sólo para diplomáticos: lo que se acuerde, o se deje de acordar, en la COP31 acabará en la factura de la luz, en la deuda pública o en las cosechas.

La COP31 se celebra en Antalya (Turquía) entre el 9 y el 20 de noviembre y será una edición atípica. Turquía la acoge y la preside, pero las negociaciones las dirige Australia, con su ministro Chris Bowen al frente, tras un reparto de papeles pactado entre ambos países en noviembre de 2025.

Para entender qué está en juego conviene empezar por lo básico. COP son las siglas en inglés de Conferencia de las Partes, la reunión anual de los casi 200 países que firmaron la Convención de la ONU sobre el Cambio Climático. Sus decisiones se adoptan por consenso, lo que explica por qué avanzan tan despacio.

Un año de crisis

La cita llega en un año marcado por la crisis energética provocada por la guerra en Irán. Los ataques a buques en el estrecho de Ormuz, paso clave del crudo de Oriente Medio, llevaron en septiembre el barril de Brent a superar los 100 dólares, y el bloqueo de esa ruta mantiene los precios disparados.

A ello se suma la amenaza del Súper El Niño, el calentamiento periódico de las aguas del Pacífico que altera el clima de medio mundo. La agencia estadounidense NOAA elevó en septiembre al 75% la probabilidad de que este episodio supere a final de año todos los registros desde 1950.

Con este panorama, nadie espera un gran acuerdo. Todo apunta a que la COP31 estará más centrada en que los países cumplan lo que ya han prometido que en dar nuevos pasos, y eso no es poco: según la ONU, las políticas actuales llevarían el planeta a unos 2,8 °C de calentamiento este siglo.

El objetivo 35 por 35

La factura de la luz y el precio del combustible también pasan por Antalya. La gran apuesta de la presidencia turca es la electrificación: que en 2035 la electricidad cubra el 35% del consumo final de energía, frente al 23% actual. Es la meta bautizada como «35 por 35».

El ministro turco de Medio Ambiente y presidente designado de la COP31, Murat Kurum, presentó el objetivo en junio en Bonn (Alemania). La duda es si esa electricidad será limpia o fósil. Con el petróleo disparado, depender menos de los combustibles fósiles ya no es sólo una cuestión de clima, sino también de bolsillo.

Y de dónde venga la electricidad importa, sobre todo con El Niño batiendo récords. En las zonas castigadas por la sequía surge una pregunta incómoda: ¿qué pasa con los embalses que abastecen de electricidad a buena parte de Latinoamérica cuando el agua escasea?

El gran ausente

Resulta irónico que en una cumbre sobre cambio climático apenas se nombre su principal causa: la quema de combustibles fósiles. La COP28 de Dubái (2023) pidió por primera vez una transición para dejarlos atrás, pero desde entonces no han vuelto a aparecer en el texto final de ninguna cumbre.

Hay pocas esperanzas de que eso cambie este año: Australia es un gran exportador de carbón y gas, y la economía turca está muy ligada al carbón. En la COP30 de Belém (Brasil), más de 80 países, entre ellos España, pidieron una hoja de ruta para abandonarlos, pero los exportadores la frenaron.

Latinoamérica tampoco da una señal clara. Brasil, Argentina o México siguen planeando ampliar su producción de petróleo y gas, pese a ser una región muy expuesta a los fenómenos extremos, de las sequías que vacían los embalses a las inundaciones, y que reclama más ayuda para hacerles frente.

Giro en Colombia

Los partidarios de abandonar los fósiles no se rindieron tras Belém. En abril, 56 países se reunieron en Santa Marta (Colombia) en la primera conferencia para la transición más allá de los combustibles fósiles, una «coalición de los dispuestos» en la que participó España junto a otros 13 Estados de la UE.

Pero el viento ha cambiado. El nuevo presidente de Colombia, Abelardo de la Espriella, que juró el cargo en agosto, ha anunciado la reapertura total de la exploración de hidrocarburos y promete más fracking y más carbón, lo contrario de lo que defendía su antecesor, Gustavo Petro.

Es muy probable, por tanto, que Colombia deje de apoyar la coalición nacida en Santa Marta. Aun así, el grupo tratará de poner su propuesta sobre la mesa en Antalya. Su próxima conferencia se celebrará en Tuvalu, uno de los países insulares del Pacífico más amenazados por la subida del mar.

La batalla del dinero

El dinero sigue siendo la gran batalla de cada COP. Los fondos climáticos pagan cosas muy concretas: un sistema de alerta temprana ante tormentas, un programa para reciclar a los trabajadores de las zonas petroleras o la reconstrucción de un pueblo tras una inundación. Y en Latinoamérica escasean.

Según la Asociación Independiente de América Latina y el Caribe (AILAC), uno de los bloques negociadores de la región, el porcentaje de financiación climática que recibe Latinoamérica es bajo y está estancado. Es una queja que se repite cumbre tras cumbre.

En 2024, en Bakú, los países desarrollados se comprometieron a movilizar 300.000 millones de dólares al año para 2035. Azerbaiyán y Brasil propusieron una hoja de ruta para llegar a 1,3 billones, y en la COP30 se acordó además triplicar la financiación para la adaptación al cambio climático.

Lula llega a Antalya

Lula da Silva llega a Antalya con un mandato renovado. El presidente brasileño ganó el domingo 25 de octubre las elecciones a Flávio Bolsonaro, hijo del expresidente Jair Bolsonaro, con el 51,7% de los votos frente al 48,2%, y gobernará hasta 2030.

Brasil entregará la presidencia de la COP a Turquía con la deforestación de la Amazonía en su nivel más bajo desde 1988: 3.335 kilómetros cuadrados en el último año, un 42% menos. Y con dos hojas de ruta, sobre fósiles y deforestación, que deben estar listas en breve.

La victoria de Lula es una buena noticia para la Amazonía, pero el presidente también defiende la expansión petrolera del país. Además, gobernará con un Congreso más conservador, y el bolsonarismo controlará siete de los nueve estados amazónicos de Brasil.

Por qué te afecta

No hace falta viajar a Turquía ni dominar la jerga climática para seguir la COP31. Lo que se negocia en Antalya se cuela en asuntos cotidianos: la respuesta a las danas y las olas de calor, la factura de la luz, la minería de litio para las baterías o el relevo de los fósiles por las renovables.

Hay cuatro señales que conviene vigilar: si el texto final vuelve a mencionar los combustibles fósiles, si los países ricos concretan el dinero prometido, si el «35 por 35» suma apoyos y si los planes climáticos nacionales, conocidos como NDC, son creíbles.

Y una pregunta que cualquiera puede hacerse: qué defenderá la delegación española en Antalya y si encaja con lo que se hace en casa. «Habrá nuevas crisis energéticas, pero estaremos mejor preparados», aseguró en Santa Marta la vicepresidenta tercera y ministra para la Transición Ecológica, Sara Aagesen.