Los bosques españoles son los que menos biomasa pierden de toda Europa pese a los incendios
El análisis, basado en imágenes de satélite de la ESA, coloca a los bosques españoles en la cola europea
El centro de Europa pierde hasta 117 toneladas por hectárea; España se queda por debajo de las 40
El CO2 de la biomasa ya se puede convertir en productos químicos de alto valor
Los bosques españoles pierden menos biomasa que los de cualquier otro país europeo cuando sufren un incendio, una tala o una plaga. Es la conclusión que se desprende de un nuevo estudio que ha medido por satélite, y por primera vez en todo el continente, cuánta materia vegetal desaparece realmente tras cada perturbación forestal.
El trabajo, publicado en Nature Geoscience y respaldado por la Agencia Espacial Europea (ESA), rompe con la forma habitual de evaluar el daño: hasta ahora se medía la superficie afectada, pero no la cantidad de biomasa perdida. Y esa diferencia lo cambia todo a la hora de situar a España en el mapa.
Los bosques mediterráneos de la península pierden menos de 40 toneladas de biomasa por hectárea perturbada, la cifra más baja de Europa. La media continental se dispara hasta las 73,5 toneladas, casi el doble, y en el centro del continente se alcanzan las 117 toneladas por hectárea. Un dato que sorprende en un momento en el que estamos viendo cifras nunca vistas en
Un mapa que cambia las reglas
Durante décadas, los científicos han valorado el impacto de las perturbaciones midiendo las hectáreas quemadas o taladas. Pero la superficie por sí sola engaña: un incendio puede arrasar una gran extensión de monte bajo mediterráneo y llevarse muy poca biomasa, mientras que una perturbación similar en un bosque denso y maduro provoca pérdidas mucho mayores.
El equipo, liderado por la Universidad Técnica de Múnich, combinó dos registros de satélite: los mapas anuales de pérdida de cubierta arbórea del archivo Landsat, disponible desde los años ochenta, y un mapa de alta resolución de la biomasa europea de 2019. Superponiendo ambos, reconstruyeron, año a año, cuánta materia vegetal han perdido de verdad los bosques del continente.
El resultado revela que los bosques europeos almacenan unos 10.600 millones de toneladas de carbono en su biomasa aérea, uno de los mayores sumideros terrestres del continente. Sin embargo, entre 1985 y 2023 las perturbaciones se llevaron por delante un total estimado de 6.500 millones de toneladas de biomasa.
España, a la cola europea
Aquí es donde el enfoque nacional cobra fuerza. El estudio ordena los países según la severidad de la pérdida y coloca a España, Grecia y Portugal en el último lugar: sus bosques ceden menos de 40 toneladas por hectárea y conservan más del 40% de la biomasa previa a la perturbación.
En el extremo opuesto se sitúan los países de Europa central y oriental, como Alemania, Chequia, Polonia y Eslovaquia, donde la severidad absoluta llega hasta las 117 toneladas por hectárea. Sus bosques, más densos y ricos en madera, tienen mucho más que perder cuando el fuego, el viento o los insectos entran en escena.
La razón de que España encabece la clasificación por abajo no es un mérito, sino una característica de sus montes. Los bosques mediterráneos guardan de partida mucha menos biomasa que los templados o los boreales, de modo que, aunque ardan grandes superficies, la cantidad de materia vegetal que se pierde es proporcionalmente menor.
El fuego, más allá de la biomasa
Los autores advierten de que esa aparente ventaja tiene letra pequeña. Los incendios mediterráneos poseen una enorme relevancia socioecológica que va mucho más allá de las toneladas de carbono: destruyen hábitats, degradan el suelo y ponen en riesgo vidas y bienes, un impacto que no se refleja en las cifras de biomasa.
Además, el riesgo de incendio aumenta en toda Europa, también en los bosques templados y boreales del norte, y la aridez creciente apunta a fuegos más grandes y severos en el sur. La posición cómoda de España en la clasificación de biomasa no equivale, por tanto, a estar a salvo del cambio climático.
El propio análisis subraya que la sensibilidad de los bosques mediterráneos a las perturbaciones ha aumentado ligeramente desde 2013. La foto favorable del presente no garantiza que se mantenga en un escenario de sequías cada vez más frecuentes e intensas.
El punto de inflexión de 2018
Si hay un año que marca un antes y un después en el conjunto europeo, ese es 2018. A partir de esa fecha, la pérdida de biomasa se disparó un 46% por cada hectárea perturbada y alcanzó valores anuales sin comparación en las cuatro décadas anteriores.
El desencadenante fueron las severas sequías que golpearon el centro de Europa, en especial Alemania, Chequia y Polonia. Los árboles, debilitados y con menos capacidad para defenderse, quedaron a merced del escarabajo de la corteza de la pícea, capaz de matar a un ejemplar maduro en cuestión de semanas.
Aunque la tala concentra el 82% de la biomasa perdida entre 1985 y 2023, es el 18% restante, el causado por las perturbaciones naturales, el que impulsa la aceleración desde 2018. Ese componente natural creció un 47,6% respecto al periodo 1985-2017.
Cuando el daño se dispara
Uno de los hallazgos más inquietantes es lo que los investigadores llaman el desacoplamiento entre superficie y biomasa. En los bosques templados ricos en materia vegetal, pequeños aumentos de la superficie perturbada se traducen en pérdidas de biomasa desproporcionadamente grandes.
Dicho de otro modo: en las masas más densas ya no hace falta que ardan o se sequen grandes extensiones para que el balance de carbono se resienta con fuerza. Basta un empujón para que la pérdida se dispare, algo que apenas ocurre en los montes mediterráneos de menor biomasa.
Esta dinámica se ve amplificada por los extremos climáticos, como las sequías de 2018 a 2022, que permiten a los escarabajos vencer las defensas de los árboles. Y con más sequías previstas en Europa, se espera que estos brotes se multipliquen en el futuro.
Un sumidero en retroceso
Un segundo estudio, también apoyado por la ESA y publicado en National Science Review, aporta una conclusión complementaria y preocupante. La capacidad de los bosques europeos para absorber y almacenar carbono habría caído un 39% en el periodo comprendido entre 2010 y 2030.
El motivo es que las perturbaciones superan con creces el ritmo al que los bosques son capaces de regenerarse. Europa puede aumentar su superficie forestal y, aun así, perder capacidad como sumidero de carbono.
La cuestión de fondo, señalan los autores, es si el crecimiento y la recuperación pueden seguir el ritmo de las perturbaciones y las talas. Ahora mismo no pueden, y cerrar esa brecha pasa por gestionar los bosques de otro modo, empezando por talar menos.
Un reto para las metas de 2030
El diagnóstico choca de frente con los objetivos climáticos europeos. La Unión Europea ha fijado por ley elevar su sumidero forestal hasta los 310 millones de toneladas de CO₂ equivalente en 2030, una meta que estos trabajos ponen seriamente en duda.
Los bosques son el principal sumidero natural de la UE y su biomasa compensó en torno al 10% de las emisiones de gases de efecto invernadero europeas entre 1990 y 2022. Que ese colchón se debilite justo cuando más se necesita complica el cumplimiento de los compromisos de París.
«Europa puede aumentar su superficie forestal y aun así perder capacidad de sumidero. La verdadera pregunta es si el crecimiento y la recuperación pueden seguir el ritmo de las perturbaciones y la tala. Ahora mismo no pueden», resume Philippe Ciais, coautor del trabajo y responsable científico del proyecto RECCAP-2 de la ESA.
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