En el siglo XIX se plantaba en los parques por su porte ornamental: hoy es uno de los peores árboles invasores de toda España
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El ailanto (Ailanthus altissima) llegó a España en el siglo XIX desde China con una reputación envidiable: crecimiento rápido, porte elegante y resistencia a casi cualquier condición. Los ayuntamientos y propietarios privados lo plantaron en paseos, jardines y márgenes de carretera sin imaginar que estaban introduciendo uno de los árboles invasores más agresivos que existen.
Hoy figura en el Catálogo Español de Especies Exóticas Invasoras, regulado por el Real Decreto 630/2013, y está prohibida su comercialización, plantación y transporte en todo el territorio nacional.
Su expansión no se ha detenido. Es especialmente abundante en Cataluña y la Comunidad Valenciana, pero está presente en casi toda la península: cunetas, taludes, escombreras, riberas degradadas, jardines abandonados y márgenes de vía férrea.
Por qué el ailanto es uno de los árboles invasores más difíciles de erradicar en España
El ailanto no es invasor por accidente sino por biología. Un ejemplar adulto produce hasta 350.000 semillas al año, dispuestas en sámaras aladas que el viento dispersa con facilidad por carreteras, riberas y cunetas. Sus raíces se extienden de forma horizontal hasta 15 metros del tronco y pueden rebrotar desde cualquier punto de esa red, incluso tras un incendio. Si se corta el árbol, el tocón genera decenas de nuevos brotes que pueden alcanzar tres metros de altura en un año.
A esto se suma su estrategia química. Las hojas, la corteza y las raíces del ailanto liberan sustancias alelopáticas, compuestos bioquímicos que inhiben el crecimiento de las plantas que lo rodean, actuando como un herbicida natural. El suelo bajo un ailanto adulto es hostil para la vegetación autóctona. Las vacas y otros animales domésticos evitan pastar cerca de él, y la miel producida en zonas invadidas adquiere un sabor desagradable.
En entornos urbanos el problema es doble. Las raíces horizontales levantan el asfalto, rompen aceras, agrietan tuberías de alcantarillado y colapsan desagües al buscar humedad. En edificios históricos, murallas y monumentos, el árbol aprovecha cualquier grieta para introducirse y fracturar la piedra con la presión mecánica de su crecimiento.
Erradicarlo una vez establecido requiere extracción de raíces, tratamientos químicos controlados y vigilancia posterior para eliminar los rebrotes, un proceso costoso y largo.
Qué implica tener ailanto en una propiedad privada en España y cuáles son las sanciones
Desde 2013, el Real Decreto 630/2013 prohíbe en España la comercialización, cultivo, posesión, transporte y introducción en el medio natural del ailanto. La norma se ampara en la Ley 42/2007 del Patrimonio Natural y de la Biodiversidad, que define como especie exótica invasora cualquier especie introducida que amenace la biodiversidad nativa.
El régimen sancionador establece tres niveles. Las infracciones leves, por posesión no autorizada o falta de mantenimiento preventivo en una finca privada, se sancionan con multas de entre 100 y 3.000 euros. Las graves, que incluyen la venta en viveros, el transporte de restos viables o el cultivo explícito, conllevan multas de entre 3.001 y 200.000 euros.
Las muy graves, cuando se produce una liberación masiva o introducción intencionada en espacios naturales protegidos, pueden alcanzar los 2.000.000 de euros.
Además de la multa, el infractor o propietario del terreno está obligado a financiar la erradicación de los ejemplares y la restauración del suelo o la infraestructura dañada. Si el ailanto crece de forma espontánea en una finca privada, las normativas municipales de medio ambiente exigen al propietario retirarlo para evitar que colonice parcelas colindantes o dañe canalizaciones públicas. En los casos más graves, el Código Penal contempla penas de prisión de seis meses a dos años por introducción de especies de flora exótica perjudicial.
Los investigadores trabajan en alternativas al control químico. La revista Phytoma ha publicado estudios sobre el potencial del ácaro Aceria fraxinivaga, que se alimenta de las hojas del ailanto, como agente de control biológico específico que podría frenar su expansión sin afectar a las especies autóctonas.
De momento, la línea de defensa más eficaz sigue siendo la detección temprana y la eliminación manual antes de que el árbol alcance la fase de infestación.
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