Los investigadores no dan crédito: hallan en orinales del Imperio romano parásitos que se creía que eran de América
Un equipo internacional de arqueólogos y biólogos ha descubierto restos de Cryptosporidium en orinales romanos de la provincia de Moesia Inferior. Este hallazgo en la actual Bulgaria rompe la creencia científica de que el parásito nació en América Central.
El estudio, publicado en la revista científica Heritage Science, desvela las duras condiciones sanitarias y las infecciones que sufriría la élite del Imperio romano.
El hallazgo del parásito Cryptosporidium en el bajo Danubio modifica el origen de las enfermedades antiguas
Hasta hace poco, la comunidad científica situaba el origen del Cryptosporidium en humanos en México, concretamente entre los años 600 y 800 d.C., una estimación calculada a partir del análisis de coprolitos del pueblo Loma San Gabriel.
Sin embargo, la investigación liderada por Elena Klenina y Andrzej B. Biernacki, de la Universidad Adam Mickiewicz de Poznan, ha dado un vuelco a esta cronología. Los expertos identifican este microorganismo unicelular en sedimentos de orinales del siglo II d.C. hallados en el yacimiento de Novae.
Este descubrimiento representa la evidencia confiable más antigua de este patógeno en todo el Mediterráneo. El hallazgo confirma que el parásito ya circulaba por el Viejo Mundo mucho antes de lo previsto, cambiando las teorías migratorias previas.
Los científicos utilizaron técnicas de inmunoensayo (ELISA) para detectar estos rastros, ya que los quistes de estos protozoos se degradan con extrema facilidad en el registro arqueológico.
Cómo se contagiaban de parásitos los habitantes de Moesia Inferior
La reconstrucción epidemiológica sugiere que el agua potable era el principal vector de infección en la zona. La villa extra muros de Novae (cerca de Svishtov), donde aparecieron los restos, recibiendo agua a través de un acueducto conectado a un depósito en la orilla del Danubio.
No obstante, los canales de alcantarillado vertían los residuos en el mismo río, lo que provocaba que las fuertes lluvias o inundaciones contaminaran el suministro limpio.
Además del agua, las prácticas agrícolas romanas perpetuaban el ciclo de enfermedad. Tratados de autores como Varrón o Columela recomendaban el uso de excrementos humanos como fertilizante para los campos.
Al abonar los huertos con estas heces, los huevos de parásitos como la solitaria (Taenia) terminaban en el ganado o en las verduras mal lavadas, llegando finalmente al organismo humano.
Los orinales de Novae revelan una triple infección por parásitos y bacterias
El análisis de la muestra denominada P03/22p, extraída de una vasija de barro del siglo II, arrojó resultados impactantes: una coinfección por tres especies distintas. El usuario de aquel orinal sufría simultáneamente de Taenia (solitaria), Cryptosporidium y Entamoeba histolytica, la ameba causante de la disentería amebiana.
Esta última enfermedad provoca úlceras intestinales graves y diarreas sanguinolentas, una dolencia que el propio médico Galeno de Pérgamo ya describió en sus tratados de la época.
Aunque los investigadores también analizaron orinales en la cercana ciudad de Marciánopolis (actual Devnya) allí no encontraron rastros de parásitos. Los expertos barajan que esta ciudad contaba con manantiales naturales de mayor calidad o transmiten sus habitantes consumían principalmente carne de ave, que no estos gusanos.
El estudio concluye que el uso de orinales privados por parte de la élite militar permitió una conservación excepcional de estos microorganismos.