El error absurdo de Napoleón que cambió el curso de una guerra
Hasta los grandes líderes de la historia han cometido algunos fallos. Este es el caso de Napoleón y el error absurdo que cambió una guerra.
Napoleón, quién fue y qué hizo
El golpe de estado de Napoleón
5 curiosidades sobre Napoleón Bonaparte
Napoleón Bonaparte es uno de los nombres más grandes de la historia militar. Fue un genio táctico que conquistó gran parte de Europa y cambió el continente para siempre. Sin embargo, incluso los más brillantes pueden cometer errores y el de Napoleón en 1812 fue tan grande, que destruyó su poderoso ejército y marcó el principio del fin de su imperio.
Batallas diseñadas
Las batallas de Napoleón Bonaparte no eran caóticas ni improvisadas, aunque a veces lo pareciera. En realidad, todo tenía bastante sentido. Su idea básica era clara: moverse rápido, golpear fuerte y no dar tiempo al enemigo a reaccionar.
Una de sus grandes obsesiones era la velocidad. Mientras otros ejércitos se movían lento, cargados de suministros, Napoleón hacía marchar a sus tropas más ligeras. Vivían del terreno muchas veces. ¿Resultado? Llegaba antes, aparecía donde no lo esperaban y pillaba al rival a contrapié.
Otra cosa clave: el famoso sistema de cuerpos de ejército. En vez de tener todo el ejército junto y rígido, lo dividía en grandes grupos. Cada uno tenía de todo: infantería, caballería y artillería. Podían pelear solos durante un tiempo si hacía falta. Marchaban separados, confundiendo al enemigo, y luego se juntaban rápido justo donde interesaba. Bastante inteligente.
Las tropas y la artillería
Napoleón no repartía fuerzas “porque sí”. Al contrario. Le encantaba concentrar tropas en el punto clave. Si tenía que dejar un sitio más flojo para reforzar otro, lo hacía sin dudar. Su objetivo no era ganar por poco, era destrozar el ejército enemigo, romperlo del todo y que no pudiera seguir luchando.
Aquí entra en juego la artillería, que para Napoleón era casi la estrella del show. No es casualidad: él venía de ahí. Sabía colocar los cañones en los mejores puntos, machacar las líneas enemigas y abrir huecos. Primero los cañones, luego el resto. Nada al azar.
Un plan débil
A mediados de 1812, Napoleón se decidió por la colosal aventura de pasar la frontera rusa con el “Gran ejército”, con unos 600.000 hombres. El ejército era un popurrí de soldados, entre ellos italianos, alemanes y polacos.
Napoleón creyó que la solución era simple: invadir Rusia, dar una batalla decisiva, tomar su capital y forzar al Zar Alejandro I a someterse. Esperaba una campaña rápida, como las que había ganado antes en Austria o Italia. Ese fue su primer gran error de cálculo.
Una decisión “absurda”
Se puede catalogar de absurda a esta invasión por varias razones. Rusia no era como los países de Europa central que Napoleón ya había vencido. Era, y es, un territorio inmenso, con distancias agotadoras, caminos terribles y pocas ciudades grandes. Avanzar allí era un reto logístico monstruoso.
Cien años antes, el rey sueco Carlos XII había intentado invadir Rusia. Su ejército fue aniquilado por el brutal invierno ruso. Napoleón, que conocía esta historia, creyó que a él no le pasaría lo mismo. Su exceso de confianza fue letal.
Los generales rusos, en lugar de dar una batalla frontal, optaron por una estrategia inteligente: retirarse y aplicar la “tierra quemada”. Esto significaba que, al retirarse, destruían todo a su paso. El objetivo era dejar al enorme ejército de Napoleón sin suministros, hambriento y perdido en un territorio hostil.
El punto de inflexión
Las cosas parecieron ir bien al principio. El ejército de Napoleón avanzó en Rusia. En septiembre, libró la sangrienta Batalla de Borodino, con grandes pérdidas para ambos bandos. Después de esto, Napoleón logró su objetivo de entrar en Moscú.
Sin embargo, Moscú estaba casi vacía. Poco después, comenzaron los incendios, iniciados por los mismos rusos, y Napoleón se vio dueño de una capital en llamas. Esto lo llevó a su segundo gran error.
Se quedó en Moscú durante cinco semanas, esperando a que el Zar le enviara una carta pidiendo la paz. La carta nunca llegó. Mientras Napoleón esperaba, se acercaba el invierno ruso.
La retirada
En octubre, sin comida y con el frío en aumento, Napoleón no tuvo más remedio que ordenar la retirada. Lo que siguió fue una de las mayores catástrofes militares de la historia.
El invierno ruso de 1812 fue particularmente cruel. Las temperaturas cayeron a -30 °C. Los soldados terminaron vestidos con harapos y muertos de hambre. Se congelaban en el camino. No había comida que robar porque los rusos lo habían destruido todo. Los grupos de cosacos hostigaban constantemente a la columna y mataban a los rezagados.
La retirada fue una pesadilla. Los hombres morían por miles, no en combate, sino de muchas enfermedades y del frío intenso. De los 600.000 hombres que cruzaron la frontera en junio, menos de 100.000 regresaron con vida.
Las consecuencias
El desastre ruso le quitó la venda a los ojos de Europa. El gran emperador sería derrotado en ultima instancia en la Batalla de las Naciones (Leipzig) en 1813. Abdicó en 1814 y su regreso final terminó en Waterloo en 1815.
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