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Mitología

Ares, el temido dios griego de la guerra al que sus propios compatriotas no admiraban tanto como a otras divinidades del Olimpo

Ares era el temido dios de la guerra en la mitología griega. Estos son sus poderes, sus vínculos familiares y los mitos que protagonizó.

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  • Francisco María
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Hablar de la guerra en la antigua Hélade implica adentrarse en un terreno donde la gloria cívica y la brutalidad más cruda chocaban constantemente. A diferencia de Atenas, que encarnaba la estrategia meditada, la táctica defensiva y el orden político en el campo de batalla, Ares representaba la carnicería pura, el frenesí desatado de la lucha cuerpo a cuerpo y el estruendo metálico de las armaduras al romperse. Para los griegos clásicos, especialmente para los atenienses, no era una figura precisamente querida. Era más bien una fuerza de la naturaleza a la que se temía y se intentaba mantener a raya.

En Esparta, sin embargo, el prisma cambiaba radicalmente; los lacedemonios le rendían culto con ofrendas severas porque veían en su ferocidad un reflejo directo del espíritu marcial que exigía su propia supervivencia como polis militar.

Quién era Ares, el temido dios de la guerra de la mitología

Los mitos rara vez lo retratan como un estratega brillante. Más bien lo muestran propenso a los arrebatos coléricos, rápido en la ofensa y dolorosamente torpe cuando las circunstancias exigían astucia en lugar de músculo. Los propios cantos homéricos reflejan ese rechazo popular hacia su figura.

Mientras que Zeus lo llamaba el más odiado de todos los dioses que habitaban el Olimpo, los poetas épicos disfrutaban humillándolo ante la astucia de su hermana Atenas o la maestría técnica de Hefesto. No era el arquetipo del héroe civilizado que protegía las murallas de la ciudad por devoción patriótica, sino la personificación del terror visceral que brotaba tras la brecha del muro, cuando el combate degeneraba en una masacre sin contemplaciones.

Qué poderes y atributos tenía Ares y cómo se manifestaba su furia

Su presencia física intimidaba incluso a los immortales. Gigantesco, revestido con una armadura de bronce resplandeciente y siempre listo para montar en su carro tirado por sementales inmortales que exhalaban fuego, Ares dominaba el campo de batalla a través del puro impacto físico.

Sus atributos naturales no eran herramientas de diplomacia ni cetros de sabiduría, sino lanzas pesadas, espadas sedientas de sangre y escudos ensangrentados. Allá por donde pasaba, el suelo temblaba y el aire se cargaba de un calor asfixiante que presagiaba la matanza.

Su poder no residía en la victoria justa ni en el honor del vencedor, sino en la destrucción ciega, en el dolor físico y en el caos absoluto que disolvía cualquier atisbo de razón humana bajo el peso de la supervivencia inmediata.

Quiénes eran los padres y los hijos de Ares

El linaje del dios de la guerra no estuvo exento de tensiones domésticas notables. Hijo legítimo de Zeus y Hera, su nacimiento en el seno de la pareja divina más poderosa del cosmos debió haber augurado un destino de absoluta reverencia.

Sin embargo, la tradición cuenta que su madre lo engendró en solitario mediante el contacto con una flor mágica, como respuesta airada al nacimiento de Atenas, que había brotado directamente de la cabeza del propio Zeus sin intervención femenina. Esa fricción original marcó su posición en el Olimpo: un dios de segunda fila en el afecto popular, constantemente eclipsado por la sabiduría táctica de su hermana.

Su descendencia, fruto de múltiples uniones tanto con diosas como con mortales, heredó casi siempre su carácter indomable o protagonizó episodios trágicos en la mitología. Con Afrodita, en uno de los romances más sonados del panteón, mantuvo una relación clandestina de la que nacieron Harmonía, Eros, Anteros, Pobreza y los ya mencionados Fobos y Deimos.

Del mismo modo, engendró a varios reyes de conducta tiránica y fiereza insólita, como el tracio Diomedes, cuyas yeguas se alimentaban de carne humana, o Cicno, el temible guerrero que desafió a Heracles en Tesalia y acabó hallando la muerte a manos del héroe tebano.

Qué mitos protagonizó Ares en la antigua Grecia

Los relatos que protagoniza el dios de la guerra suelen terminar, de forma casi sistemática, con su ridícula derrota o con su humillación pública, lo que refuerza la idea de que los antiguos griegos preferían mofarse de la brutalidad descerebrada cuando esta chocaba contra la inteligencia o el orden cósmico.

Uno de los episodios más recordados tuvo lugar durante la guerra de Troya. Ares intervino directamente en la contienda apoyando a los troyanos, pero el héroe Diomedes, guiado e impulsado por Atenas, logró herir al propio dios con su lanza.

El grito de dolor de Ares al ser alcanzado resonó en la llanura troyana con la fuerza de nueve mil hombres, un alarido tan descomunal que obligó al olímpico a huir despavorido hacia el monte Olimpo para quejar ante su padre Zeus, quien lo despachó fríamente recordándole que era el más insoportable de los dioses.

Otro mito célebre expone su vulnerabilidad ante la astucia de los mortales. En cierta ocasión, los gigantes Oto y Efialtes, los Alóadas, decidieron declarar la guerra al propio Olimpo amontonando montañas. Lograron capturar a Ares y lo encerraron en una jarra de bronce durante trece largos meses, manteniéndolo grillado y al borde de la muerte por inanición hasta que el astuto Hermes acudió furtivamente a liberarlo bajo el amparo de la noche.