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Según la psicología las personas que siempre se sientan en la misma silla no lo hacen por marcar territorio, sino que esconden un aspecto emocional que pocos conocen

Sentarse siempre en la misma silla a la hora de comer en casa con la familia, o cuando nos sentamos en la mesa de la cocina, no deja de ser una costumbre de lo más normal. De hecho puede ser una más de nuestras «manías» como dormir en el mismo lado de la cama o seguir siempre el mismo recorrido para por ejemplo hacer la compra, pero lo cierto es que en el caso concreto de la silla la psicología tiene mucho que decir al respecto.

A la hora de sentarse a comer todos podemos tener una silla asignada, pero a veces puede que esta cambie o la encontremos ocupada y si bien por norma no es algo que moleste, sí que algunas personas pueden mostrarse reacias al cambio. Es más, puede que se nieguen rotundamente a cambiar de silla y siempre quieran sentarse en la misma y esto, según la psicología, tendría que ver con el hecho de obtener previsibilidad y familiaridad a partir de repetir esta rutina. Y con ello, pueden sentir que tienen un poco más de control sobre nuestro entorno.

Según la psicología las personas que siempre se sientan en la misma silla no lo hacen por marcar territorio

Una silla es una elección aparentemente insignificante. Precisamente por eso resulta interesante observar qué ocurre cuando tenemos libertad para escoger y, aun así, volvemos una y otra vez al mismo punto. La explicación puede encontrarse en nuestra preferencia por aquello que ya conocemos. Si nos hemos sentado anteriormente en un lugar y hemos estado cómodos, escogerlo de nuevo evita tener que tomar otra pequeña decisión. De esta manera, lo conocido se convierte en una referencia dentro del espacio. No necesitamos comprobar cada vez cuál es la mejor silla porque nuestro cerebro ya dispone de una opción que funcionó anteriormente.

Esto puede adquirir más importancia en personas a las que les gusta mantener rutinas y saber qué va a ocurrir a continuación. Tener pequeñas certezas dentro de la vida cotidiana ayuda a reducir la cantidad de decisiones que tomamos y puede proporcionar una sensación de tranquilidad. Por eso, cuando alguien ocupa «nuestra» silla, la molestia no tiene por qué proceder únicamente de pensar que nos han quitado algo. También se ha producido un pequeño cambio en una situación que esperábamos encontrar exactamente como siempre.

El aspecto emocional que puede esconder esta costumbre

La previsibilidad es una de las claves para entender el comportamiento. Las rutinas crean escenarios conocidos y eso puede resultar reconfortante, especialmente cuando alrededor existen muchas otras cosas que no podemos controlar. Sentarse en el mismo sitio funciona entonces como una pequeña ancla cotidiana. No cambia prácticamente nada importante de nuestra vida, pero conserva una referencia familiar: llegamos, ocupamos nuestra silla y todo está donde esperábamos.

Esto explica también por qué el hábito puede aparecer en contextos muy diferentes. No hace falta estar en casa. Podemos desarrollar una preferencia similar por un asiento determinado en una sala de reuniones, una mesa concreta en una biblioteca o un rincón de una cafetería. La costumbre tampoco significa necesariamente que exista ansiedad o algún problema psicológico. Preferir lo conocido es un comportamiento humano habitual. La diferencia aparece en el grado de incomodidad que provoca tener que modificarlo. De este modo, una persona puede preferir su silla y sentarse tranquilamente en otra cuando está ocupada. Otra, en cambio, puede sentirse especialmente incómoda cuando una rutina cambia. En este último caso, el comportamiento puede relacionarse más con una necesidad elevada de estructura y previsibilidad.

La silla también puede decir algo sobre nuestro lugar dentro del grupo

Existe además una dimensión social. Cuando varias personas se reúnen periódicamente, los lugares pueden terminar repartiéndose de manera espontánea hasta que cada miembro ocupa casi siempre la misma posición. Con el tiempo, esa distribución deja de necesitar explicaciones. Cada uno sabe dónde suele sentarse y cambiarla puede incluso resultar extraño para los demás.

En este sentido, el asiento puede reforzar la sensación de pertenencia. Ese lugar queda asociado a nuestra presencia dentro del grupo y a las interacciones que solemos mantener desde él. No necesariamente estamos «marcando territorio» de forma consciente; simplemente repetimos una organización que se ha vuelto familiar. Por otro lado, la posición elegida también puede responder a cuestiones mucho más prácticas, como que algunos quieren ver la puerta, otras prefieren sentarse junto a alguien concreto, tener una pared detrás o mantenerse algo alejadas del centro de atención. Por eso no puede deducirse la personalidad de alguien únicamente mirando qué silla escoge.

Qué ocurre cuando alguien se sienta en nuestro sitio

Quizá sea la mejor forma de comprobar hasta qué punto hemos convertido una silla en parte de nuestra rutina. Si al encontrarla ocupada simplemente buscamos otra, probablemente estemos ante una preferencia sin demasiada importancia. Cuando el cambio provoca un malestar desproporcionado, puede aparecer otro elemento: la resistencia a modificar aquello que ya estaba establecido. Las personas con estilos más estructurados pueden sentirse menos cómodas ante situaciones inesperadas, incluso cuando son pequeñas.

Eso tampoco convierte sentarse siempre en la misma silla en una señal negativa. Las rutinas nos permiten desenvolvernos con mayor facilidad en el día a día y eliminan muchas decisiones innecesarias. Lo curioso es descubrir cuánto significado puede adquirir algo tan corriente. Aquella silla del comedor que nadie nos ha asignado oficialmente puede convertirse, con los años, en «nuestro sitio». Y detrás no siempre existe un deseo de defender el territorio: a veces simplemente buscamos la tranquilidad de encontrar algo exactamente donde lo dejamos.