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La psicología dice que las personas que dejan pasar primero a alguien por la puerta no lo hacen por generosidad, más bien es un reconocimiento social

  • Janire Manzanas
  • Graduada en Marketing y experta en Marketing Digital. Redactora en OK Diario. Experta en curiosidades, mascotas, consumo y Lotería de Navidad.

¿Alguna vez te has parado a pensar en las personas que dejan pasar primero a alguien por la puerta? Este gesto puede interpretarse como una muestra de cortesía o generosidad, pero desde la perspectiva psicológica se considera una conducta que aprendemos desde pequeños y que consideramos adecuada al compartir un determinado espacio con los demás. Precisamente, una investigación publicada en la revista Psychological Science se propuso analizar este tipo de comportamiento y llegó a la conclusión de que dejar pasar a otra persona por una puerta puede considerarse parte de esas reglas no escritas que forman la etiqueta y la convivencia social.

El estudio descubrió que cuanto mayor era el esfuerzo necesario para mantener una puerta abierta, más probable era que la otra persona diese las gracias. Según los autores, este agradecimiento puede actuar a modo de reconocimiento del gesto recibido. Otra de las conclusiones del trabajo es que, en determinados contextos, este comportamiento suele asociarse a la caballerosidad de los hombres hacia las mujeres. Sin embargo, su significado va mucho más allá y, por lo general, no está relacionado con el género, sino con las circunstancias en las que se produce la interacción.

El significado de dejar pasar primero a alguien por la puerta

A simple vista, el hecho de dejar pasar primero a otra persona por una puerta puede parecer un gesto de generosidad, educación o incluso caballerosidad. Sin embargo, la psicología ha analizado este comportamiento desde una perspectiva diferente.

Cuando alguien mantiene una puerta abierta para que otra persona pase, está enviándole un mensaje muy claro: «te he tenido en cuenta». Y precisamente ahí se puede encontrar una de las claves de este comportamiento. La persona que recibe el gesto suele responder con un «gracias», una sonrisa o un pequeño asentimiento. De esta manera, ambas partes completan una interacción que apenas dura unos segundos, pero que cumple una función social.

Por tanto, dejar pasar primero a alguien no tiene que interpretarse necesariamente como un acto altruista. En ocasiones, se trata de una conducta aprendida que forma parte de las reglas no escritas que utilizamos para relacionarnos con los demás.  Además, este comportamiento puede estar relacionado con una necesidad humana mucho más amplia: mantener interacciones sociales equilibradas.

Inteligencia emocional

Los psicólogos también relacionan este tipo de comportamientos con la inteligencia emocional, entendiendo como tal capacidad para comprender las emociones de los demás, crear vínculos positivos y desenvolverse con naturalidad en diferentes situaciones sociales. Se compone de cinco pilares esenciales: autoconciencia, para reconocer nuestras emociones; autorregulación, para gestionarlas; motivación, para avanzar hacia nuestras metas; empatía, para comprender a los demás; y habilidades sociales, que permiten crear vínculos saludables y afrontar los conflictos de manera asertiva.

Al contrario de lo que muchas personas creen, la inteligencia emocional no se manifiesta únicamente en momentos complicados o en grandes decisiones. Normalmente, se puede apreciar en acciones cotidianas y aparentemente insignificantes, como ceder el paso, dar las gracias, escuchar con atención o mantener abierta una puerta para la persona que viene detrás.

‘Psicología del ascensor’

La psicóloga Olga Albaladejo, autora del concepto de «psicología del ascensor», señala que, efectivamente, detrás de esta conducta existen determinados rasgos de personalidad que van mucho más allá de un simple gesto de cortesía. El respeto, los patrones culturales e incluso la evitabilidad son algunas de las características que caracterizan a estas personas.

Según explica, «es uno de esos espacios que compartimos a diario y que, bien mirado, resulta ser un escenario fascinante para la psicología: cerrado, impersonal, con contacto físico involuntario y reglas sociales que todos parecemos conocer, aunque nadie haya escrito nunca, y eso convierte al ascensor en un espejo en miniatura de nuestros automatismos».

Y añade: «el problema del ascensor es que nos obliga a compartir la zona íntima con desconocidos. Eso genera una tensión natural. A partir de ahí, cada persona activa sus propios recursos psicológicos para sobrellevarlo. En cualquier otro lugar, dos desconocidos en silencio no se consideran extraños. Pero en un ascensor, ese silencio adquiere peso. Como si hubiera que hacer algo con él, y ese «algo» también habla de nosotros».

Esta teoría diferencia tres grandes estilos sociales en el ascensor: