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Jorge Luis Borges, poeta y escritor argentino: «Que otros se jacten de las páginas que han escrito, a mí me enorgullecen las que he leído»

  • Alejo Lucarás
  • Licenciado en Comunicación Social por la Universidad Nacional de Córdoba. Redactor SEO especializado en actualidad, ciencia aplicada, tecnología y fenómenos sociales, con un enfoque divulgativo y orientado a explicar al lector cómo los grandes temas de hoy impactan en su vida cotidiana.

Jorge Luis Borges nunca escondió cuál era su verdadera vocación, aunque su nombre esté hoy asociado sobre todo a los cuentos que escribió: los laberintos, los espejos, las bibliotecas infinitas de Ficciones o El Aleph. Antes que narrador, se consideraba a sí mismo un flamante lector, alguien formado durante décadas por los libros de otros más que por los suyos propios.

Esa idea, que hoy circula como frase suelta en redes sociales literarias, tiene un origen muy concreto y una historia personal detrás que pocas veces se cuenta junto a ella. Conocerla cambia por completo el peso de las palabras, y explica por qué este escritor argentino pudo escribirlas con total sinceridad, sin un ápice de falsa modestia.

Un lector antes que un escritor: de dónde viene la frase de Jorge Luis Borges

La cita pertenece a Un lector, un poema que abre el libro Elogio de la sombra, publicado en 1969. Sus primeros versos dicen exactamente: «Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído».

Y en lo que respecta al resto del poema, mucho menos citado, sigue hablando de su pasión por el latín, por Virgilio y por el islandés antiguo, una lengua que aprendió ya adulto solo para leer las sagas nórdicas en su forma original.

Es habitual encontrar estos dos versos sueltos, repetidos en imágenes de redes sociales sin ninguna referencia al resto del poema ni a quien los escribió con verdadero conocimiento de causa.

Fuera de ese contexto, la frase suena a consejo genérico de autoayuda; dentro de él, es la conclusión de un hombre que dedicó la vida entera a medir su valor por lo que había incorporado, no solo por lo que había producido.

Jorge Luis Borges había crecido rodeado de libros desde niño: heredó de su familia paterna, de raíz inglesa, una biblioteca enorme que incluía la Enciclopedia Británica completa y varias traducciones distintas de la Divina Comedia.

Inclusive, volvía una y otra vez a esas mismas obras (el Quijote, los poemas homéricos, Dante) porque para él releer no era repetir, sino descubrir matices nuevos en un texto que creía conocido.

Cuando la ceguera y la biblioteca llegaron al mismo tiempo

Hay un capítulo de su vida que convierte esta frase en algo más doloroso de lo que parece a simple vista. En 1955, Borges fue nombrado director de la Biblioteca Nacional de Argentina, un cargo con casi 900.000 volúmenes bajo su responsabilidad. Ese mismo año, los médicos confirmaron lo que llevaba tiempo temiendo: se había quedado prácticamente ciego.

Él mismo lo definió con una lucidez que solo la distancia del tiempo permite: «Yo siempre me había imaginado el paraíso bajo la especie de una biblioteca. Era el centro de novecientos mil volúmenes y comprobé que apenas podía descifrar las carátulas y los lomos».

Bautizó esa paradoja en otro poema, Poema de los dones, donde escribió que Dios le había dado, a la vez, «los libros y la noche».

La coincidencia entre ambos hechos (el nombramiento y el diagnóstico) llegó el mismo año, casi como si la vida hubiera decidido subrayar una idea que Jorge Luis Borges ya intuía desde joven: que ningún archivo, por inmenso que sea, sustituye la posibilidad de mirarlo directamente.

¿Qué queda de leer cuando ya no se puede ver?

La respuesta, en el caso de Jorge Luis Borges, fue seguir leyendo de otra manera. Durante los dieciocho años que ocupó el cargo, pidió a colaboradores y amigos que le leyeran en voz alta, dictó sus últimos textos a secretarias y siguió recibiendo autores en un despacho lleno de libros que ya nunca volvería a ver con los ojos.

La lectura, para él, había dejado de depender de la vista mucho antes de perderla del todo. Esa manera de sostener la costumbre, incluso cuando el cuerpo ya no acompaña, dice bastante sobre lo que entendía por ser lector.

Y es que para él no simbolizaba solo un acto físico de pasar páginas, sino una relación construida a lo largo de toda una vida con las voces de otros, presentes incluso cuando el texto ya solo llegaba por el oído.

¿Por qué esta frase sigue incomodando a quien quiere ser solo escritor?

Tomada fuera de contexto, la cita puede sonar a humildad de manual. Leída junto a la biografía completa, es otra cosa. Y es que ningún libro se escribe desde el vacío, sino desde todo lo que antes se leyó.

Entre sus autores predilectos estaban Virginia Woolf, Kafka, Faulkner y compatriotas como Julio Cortázar y Silvina Ocampo, escritores que Jorge Luis Borges consideraba parte tan íntima de su formación como cualquier página firmada por él mismo.

Al final, la ironía se cierra sola: el hombre que más presumió de sus lecturas que de su obra terminó dictando esa misma obra a otros, incapaz ya de leerla él mismo sobre el papel.

Quizá por eso la frase resiste tan bien el paso del tiempo, porque no la escribió alguien seguro de conservar para siempre el privilegio de leer.