Gaza bajo tierra: la amenaza de los túneles que sigue al otro lado de la frontera
El cautiverio en túneles forma parte del horror de esta guerra
Se cumplen tres años de la masacre del 7 de octubre de 2023, la más mortífera perpetrada en Israel desde la creación del Estado en 1948. Tres años desde aquella mañana en la que terroristas de Hamás atravesaron la frontera, irrumpieron en comunidades del sur y convirtieron hogares, bases militares y un festival de música en escenarios de asesinatos y secuestros. La herida permanece abierta. También la pregunta de cómo impedir que vuelva a suceder.
La historia de Israel está ligada a la defensa de sus fronteras. En junio de 1967, la Guerra de los Seis Días enfrentó al país con Egipto, Jordania y Siria y transformó profundamente el mapa regional y su situación estratégica. Aquella victoria no eliminó las amenazas ni aseguró una estabilidad definitiva. Abrió una nueva etapa de un conflicto cuya dimensión territorial sigue marcando la vida de generaciones.
Décadas después, el 7 de octubre expuso una vulnerabilidad de consecuencias devastadoras: la ruptura de una frontera podía colocar a familias enteras a merced de quienes habían preparado su asesinato.
Como periodista de guerra y fronteras, he aprendido que una línea sobre un mapa adquiere otro significado cuando se recorre. Allí hay viviendas, cultivos, carreteras y escuelas. Hay padres que necesitan confiar en que sus hijos podrán dormir seguros. También hay decisiones de seguridad cuyos efectos alcanzan a quienes viven al otro lado.
Antes del ataque existían cruces autorizados para trabajadores gazatíes y para pacientes que necesitaban atención médica fuera de la Franja. Con restricciones y profundas diferencias políticas, la frontera también permitía intercambios humanos y económicos. Esos vínculos no bastaron para impedir la matanza. Tampoco permiten atribuir a todos los trabajadores palestinos las acciones de sus responsables.
La distancia entre una casa y la amenaza
Entré en Gaza acompañada por las Fuerzas de Defensa de Israel, junto con un reducido grupo de periodistas internacionales, para realizar este especial para OKDIARIO. Fue un recorrido organizado y supervisado por el ejército, dentro del territorio bajo su control.
El acceso comenzó junto al kibutz Kissufim. Después de atravesar el perímetro fronterizo, avanzamos durante cerca de veinte minutos hacia el interior de la Franja. Los escombros, las estructuras dañadas y las posiciones militares acompañaban el trayecto.
Desde el puesto de observación, un oficial nos mostró las distancias. Hacia Gaza se extendían los campamentos centrales y las zonas urbanizadas; a nuestras espaldas quedaban las comunidades israelíes. Contemplar ambos lados desde un mismo punto permitía entender cuánto había dependido la vida cotidiana de la eficacia de aquella protección.
La cercanía era la explicación más contundente. El 7 de octubre, quienes cruzaron no tuvieron que recorrer grandes distancias para llegar a los hogares.
El oficial reconoció el fracaso del ejército ante el ataque. Sus palabras tenían también una dimensión personal: hablaba de su familia y de la posibilidad de que la violencia hubiera alcanzado otros lugares del país. Escucharlo allí, frente a las comunidades que debía proteger, daba un peso distinto a esa admisión.
Una línea bajo vigilancia permanente
Los militares nos señalaron la llamada Línea Amarilla, marcada sobre el terreno con bloques de hormigón. Según su explicación, separa el área bajo control israelí de la zona en la que Hamás mantiene su presencia y capacidad de actuación.
Las barreras, los terraplenes y las fortificaciones respondían a una preocupación constante: impedir ataques e infiltraciones. El oficial explicó que temían especialmente una operación destinada a capturar soldados. En su análisis, un nuevo rehén podría proporcionar a Hamás una herramienta de presión decisiva.
También afirmó que disponían de imágenes de integrantes del grupo entregando dinero a niños para enviarlos hacia distintos puntos de la línea y comprobar la reacción de los soldados.
Al responder a nuestras preguntas, sostuvo que acercarse al límite no convierte por sí solo a una persona en una amenaza y que, sin una amenaza comprobada, no se le puede disparar. Sobre los menores, describió advertencias verbales y disparos a un lado para hacerlos retroceder.
Su relato planteaba una realidad especialmente grave: utilizar a niños para poner a prueba una posición militar supone exponerlos deliberadamente al peligro. Su protección debe seguir siendo una obligación, incluso en un entorno de tensión permanente. Y en este punto nos preguntamos: ¿Dónde está la actuación de las Naciones Unidas y de la UNICEF ante Hamás?
La asimetría del conflicto reside en las diferencias de medios, organización, y métodos entre un ejército estatal y un grupo armado que ha ejercido de gobierno de Gaza y dispone de infraestructura subterránea.
Descender al túnel
El recorrido continuó hasta el túnel. Había llegado a Gaza para documentar una guerra; bajo tierra pude apreciar una parte de la infraestructura que permite prolongarla.
Caminar por aquel espacio obligaba a pensar en su propósito. Un pasadizo subterráneo puede ocultar desplazamientos, comunicar posiciones y proteger a combatientes de la observación desde la superficie. Los oficiales explicaron que la red también permite instalar centros de mando y permanecer bajo tierra durante periodos prolongados.
Los espacios interiores y las instalaciones mostraban una preparación para sostener actividades en el subsuelo. Cada tramo añadía una dimensión a la amenaza que desde arriba resulta invisible.
Los mandos describieron una red compleja, con conexiones y ramificaciones cuya destrucción exige localizar accesos, interrumpir enlaces y avanzar sobre los distintos recorridos. Afirmaron que habían desmantelado buena parte de los túneles en el área bajo su control, aunque no ofrecieron un porcentaje verificable del conjunto.
Controlar una zona en la superficie no significa, por tanto, haber eliminado todo lo que existe debajo.
Mientras avanzaba, pensaba también en los secuestrados. El cautiverio en túneles forma parte del horror de esta guerra. En estos túneles, secuestrados israelíes vivieron abusos físicos y sexuales. Dentro del túnel, la humedad, la estrechez y la oscuridad provocan una sensación de encierro. Dentro, la altura es de 1,70 metros y el ancho, 80 centímetros aproximadamente. Observé un baño con inodoro y lavamanos, además de colchones sucios y afectados por la humedad. En varios tramos dependíamos de linternas para avanzar. Sentí desesperación, aun sabiendo que regresaría a la superficie. Pensar en quienes permanecieron cautivos bajo tierra, sin certeza, daba una dimensión humana estremecedora al recorrido.
Según el ejército israelí, en estos túneles se han conseguido fusiles de asalto AK-47, explosivos y proyectiles RPG, evidencia de su utilización también como depósitos de armamento. Los accesos de los túneles se han localizado en viviendas, mezquitas, edificios utilizados como escuela, una infraestructura subterránea en el entorno civil de Gaza. La propia UNRWA confirmó en 2017 un túnel que pasaba bajo dos de sus escuelas, aunque aclaró que no tenía entradas ni salidas dentro de esos recintos.
La construcción de estos túneles se ha efectuado durante dos décadas. Hamás tomó posesión de Gaza en 2007. Un análisis publicado por el Modern War Institute de West Point en enero de 2024, recogía estimaciones de hasta 1.000 millones de dólares invertidos en la construcción de los túneles durante más de quince años.
Al volver a la superficie, la destrucción imponía otra realidad. Las familias palestinas desplazadas, los niños y los civiles que no participan en las hostilidades necesitan protección, asistencia y un horizonte de reconstrucción. Combatir en un entorno urbano, con instalaciones subterráneas y civiles alrededor, plantea dificultades enormes. Explicarlas exige también examinar las decisiones militares y sus consecuencias. Los túneles son una ciudad construida debajo de otra, pero para la actividad terrorista.
De regreso a Israel, la historia tenía nombres
Después de salir de Gaza, en un convoy del ejército israelí, regresamos a Israel y nos dirigimos a Kfar Aza, una de las comunidades atacadas por Hamás. Allí nos recibió la soldado Rona Epstein, integrante del kibutz. Para ella, recorrer aquellos caminos significa hablar de su propia familia.
El 7 de octubre perdió a su hermano Netta, a su abuela Bilha Epstein, a sus tíos Ofir Libstein y Uri Russo, y a su primo Nitzan Libstein. Cinco pérdidas dentro de una familia arraigada en la comunidad. Netta murió protegiendo a su prometida, Irene Shavit: se lanzó sobre una granada arrojada por los atacantes. Ella sobrevivió.
Escuchar a Rona después de haber recorrido los túneles cambiaba la escala del relato. La amenaza que los oficiales habían explicado mediante posiciones, obstáculos y conexiones subterráneas aparecía ahora en la vida de una joven que había perdido a personas esenciales para ella.
Rona continuó el recorrido. Nos habló de sus vecinos, de la defensa del kibutz y de lo ocurrido en las casas. Su testimonio conservaba la precisión de quien conoce cada lugar y la cercanía de quien sabe a quién pertenecía.
La casa de la familia Idan
Frente a una vivienda nos pidió que no tomáramos fotografías. Era la casa de Roi y Smadar Idan.
Roi era fotógrafo de prensa. Según relató Rona, aquella mañana salió a documentar el lanzamiento de cohetes y vio un parapente de Hamás aproximarse al kibutz. Regresó a su casa y avisó al equipo local de respuesta.
Ese grupo estaba formado por vecinos reservistas cuya misión era contener una incursión hasta la llegada del ejército o la policía. Aquel día tuvieron que enfrentarse a una ofensiva de una dimensión muy superior a la que estaban preparados para resistir.
Smadar fue asesinada. Rona contó que Roi intentó poner a salvo a sus hijos y que murió mientras llevaba en brazos a Abigail, de tres años. La pequeña sobrevivió. Sus hermanos, Michael y Amalia, regresaron a la vivienda y permanecieron escondidos durante horas hasta que fueron rescatados.
Abigail buscó refugio entre las casas. Avichai Brodutch la llevó con su familia mientras él participaba en la defensa de la comunidad. Pero los atacantes secuestraron a su esposa, Hagar, a sus tres hijos y a la pequeña Abigail.
La niña fue liberada el 26 de noviembre de 2023, después de haber cumplido cuatro años durante el cautiverio. Volvió a reunirse con su familia, aunque sus padres ya no estaban.
Delante de aquella casa, la palabra «rehén» adquiría la dimensión de una infancia: una niña que sobrevivió al asesinato de sus padres, buscó protección y terminó secuestrada.
El cielo de los caramelos
Rona nos llevó también hasta el monumento dedicado a Jimmy Kdoshim, un vecino que murió en 2008 al ser alcanzado por un proyectil mientras trabajaba en su jardín.
Lo recordaba como un hombre que creía en la paz y volaba en parapente sobre el kibutz. Cuando ella era niña, Jimmy lanzaba caramelos desde el cielo para los pequeños que se reunían abajo.
Nos habló del festival de cometas celebrado durante Sucot, una tradición con la que la comunidad expresaba su deseo de paz hacia quienes vivían al otro lado de la frontera. Según contó, estaba previsto precisamente para el 7 de octubre.
Años después de aquellos vuelos de Jimmy, los parapentes llevaron hombres armados hasta la comunidad.
El contraste permanecía en el mismo paisaje. Para Rona, explicaba la violencia con la que el ataque había irrumpido en una vida construida alrededor de familias, celebraciones y esperanzas de convivencia.
Seguir adelante también es recordar
Lo más revelador de su testimonio fue su manera de hablar del futuro. Después de perder a cinco familiares, Rona sigue adelante. Entiende que honrarlos implica continuar viviendo, progresar y contribuir a reconstruir aquello que el ataque intentó destruir.
Durante nuestra conversación recurrió al ejemplo de Viktor Frankl, el psiquiatra austríaco y superviviente del Holocausto cuya obra aborda la búsqueda de sentido ante el sufrimiento extremo. Su referencia expresaba la necesidad de encontrar un propósito con el que seguir viviendo después de una pérdida irreparable.
Rona sostiene que una futura convivencia con los palestinos de Gaza requiere una transformación educativa: una educación que prepare a los niños para construir su vida y reconocer la humanidad del vecino, en lugar de inculcarles odio o presentar la violencia como un destino.
Es su convicción sobre las condiciones necesarias para recuperar la confianza. La plantea desde una comunidad que conoció vínculos con Gaza y que sufrió las consecuencias de una ofensiva dirigida contra sus habitantes.
Para ella, Israel es su casa. Su vínculo con el país incluye a quienes perdió, pero también a quienes siguen allí y necesitan un futuro. Amarlo y defenderlo forma parte de esa decisión de continuar.
La seguridad israelí exige impedir otra masacre. La población palestina necesita vivir sin quedar subordinada a una estructura armada. El desarme de Hamás y la construcción de una alternativa política y civil capaz de gobernar y reconstruir son cuestiones decisivas para ambos objetivos.
Habíamos empezado el recorrido observando la frontera y descendiendo a los túneles. Lo terminamos junto a una joven que llevaba cinco ausencias en su historia familiar y aún así hablaba de educación, reconstrucción y futuro.
En Kfar Aza, Rona Epstein dio un sentido concreto a la voluntad de seguir adelante: recordar a quienes fueron asesinados y trabajar para que la vida vuelva a crecer en el lugar que siempre será su casa.
Las víctimas, tanto israelíes como palestinas, no constituyen un marcador con el que decidir quien ha sufrido lo suficiente. Cada muerte exige atención, comprender la guerra requiere, además, examinar a sus actores, sus objetivos y sus métodos.