Roma

Roma, una escapada para dos entre historia, lujo y la cocina de VICI

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Vista del Coliseo de Roma. (Foto: Nacho Sandoval)

Volver a Roma siempre apetece. Hacerlo en pareja, alojándonos en plena Via Veneto en el InterContinental Rome Ambasciatori Palace, reencontrándonos con el Coliseo y la Fontana di Trevi, descubriendo las Catacumbas de San Calixto y el Vittoriano y sentándonos a la mesa de VICI Bistrot & Ristorante, convirtió unos días en la Ciudad Eterna en esa escapada que Cristina y yo llevábamos demasiado tiempo necesitando.

Con la velocidad del día a día, los viajes, los compromisos y un ritmo de trabajo que en ocasiones parece no dejar demasiado margen, encontrar el momento para hacer una escapada en pareja no siempre resulta sencillo.

Hay semanas en las que uno termina un viaje y casi está preparando la maleta para el siguiente. Reuniones, presentaciones, artículos, eventos… Y, sin darte cuenta, aquello de «tenemos que escaparnos unos días» va pasando de una semana a otra.

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Nacho Sandoval y Cristina ante la estatua ecuestre de Víctor Manuel II. (Foto: Nacho Sandoval)

Esta vez no. Cristina y yo encontramos finalmente ese momento y elegimos volver a una ciudad que nos enamora cada vez que regresamos: Roma.

Porque la Ciudad Eterna tiene algo difícil de explicar. Puedes conocer ya sus monumentos, haber caminado por algunas de sus calles muchas veces, recordar sus plazas, iglesias, terrazas o restaurantes y, sin embargo, cuando vuelves, aparece nuevamente esa sensación de descubrimiento.

Quizá porque Roma no se visita solamente. Roma se vive.

Esta vez queríamos vivirla de otra manera. Sin correr. Disfrutando de estar juntos, de caminar, de volver a lugares que nos emocionan, descubrir otros que todavía teníamos pendientes y, por supuesto, disfrutar de la gran gastronomía romana.

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El Foro Romano desde el el monumento a Víctor Manuel II. (Foto: Nacho Sandoval)

VICI Bistrot & Ristorante: un lugar, dos almas

Uno de los grandes descubrimientos gastronómicos de nuestra escapada ha sido el VICI Bistrot & Ristorante. Curiosamente, su nombre es también un homenaje al arquitecto Carlo Busiri Vici, responsable del edificio que alberga actualmente el hotel InterContinental Rome Ambasciatori Palace. Su definición no puede ser más acertada: «Un luogo, due anime». Un lugar, dos almas.

Durante el día, VICI Bistrot se presenta como un espacio vivo e informal, con una propuesta que celebra algunos de los sabores más reconocibles de la cocina italiana, utilizando ingredientes locales y de temporada.

Cuando llega la noche, aparece la segunda personalidad: VICI Ristorante, con una cocina más gastronómica, sabores de mayor intensidad y una técnica que busca potenciar el producto sin hacerle perder su identidad.

Al frente de la propuesta está el chef ejecutivo Marco Ciccotelli, cuya cocina se apoya en tres conceptos que explican perfectamente lo que encontramos en los platos: estacionalidad, esencialidad y calidad.

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VICI Bistrot & Ristorante. (Foto: Nacho Sandoval)

Mucho más que ‘el restaurante de un hotel’

Sin duda fue una de las grandes sorpresas del viaje descubrir que VICI Bistrot & Ristorante no es simplemente el restaurante de un hotel de cinco estrellas. Tiene concepto, tiene cocina y, sobre todo, tiene personalidad propia.

A medida que avanzó el menú, entendimos mejor la filosofía que nos habían explicado al principio. En VICI existe una búsqueda constante de la esencia, y eso significa también saber cuándo parar.

El InterContinental completa su propuesta gastronómica con espacios como Anita Lounge & Bar y Charlie’s Rooftop, situados en la última planta del hotel y concebidos alrededor de la coctelería, la música y unas magníficas vistas de Roma.

Pero nuestra cena en VICI terminó siendo uno de esos momentos que recordaremos cuando pensemos en esta escapada.

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El Coliseo y el Foro Romano desde el Monumento a Víctor Manuel II. (Foto: Nacho Sandoval)

Pocos ingredientes para conseguir mucho sabor

Durante nuestra cena nos explicaron una idea que me pareció especialmente interesante. Su objetivo es conseguir que, cuando el comensal pruebe un plato, entienda rápidamente lo que está comiendo.

Nada de esconder la materia prima detrás de una sucesión interminable de ingredientes, técnicas y sabores. Justo lo contrario, pocos ingredientes, producto, técnica y claridad.

El propio Marco nos explicaba que intenta evitar que tengamos que buscar entre «mil sabores» hasta descubrir cuál es realmente el protagonista del plato. Una filosofía aparentemente sencilla, pero conseguirla no lo es.

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Marco Ciccotelli junto a Nacho Sandoval. (Foto: Nacho Sandoval)

‘Zucchine e foglie’: cuando un calabacín sorprende

Uno de los primeros ejemplos llegó con zucchine e foglie. Calabacín y hojas. Leyéndolo puede parecer demasiado sencillo; en el plato ocurre lo contrario. El calabacín se corta en láminas muy finas, se enrolla y pasa por un kamado, consiguiendo un delicado toque ahumado.

Lo acompañan una crema realizada con el propio calabacín, hierbas aromáticas y un dressing fresco en el que aparecen la menta, el apio y la lima. Las hierbas utilizadas proceden además de un sistema de cultivo hidropónico.

El objetivo, nos explicaban, era llevar la expresión del calabacín prácticamente a su máxima potencia, y funciona. Sabemos perfectamente que estamos comiendo calabacín, pero encontramos en él mucha más profundidad de la que probablemente esperábamos, y eso es cocina.

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Zucchine e foglie I Calabacín y hojas. (Foto: Nacho Sandoval)

Sepia y apio, casi nada más

Después llega otra demostración del mismo concepto: Sepia y apio. Dos protagonistas, poco más. La sepia aporta textura y profundidad marina. El apio frescura, notas vegetales y ese punto ligeramente incisivo que limpia el paladar.

Nuevamente, la técnica está ahí, pero permanece detrás, no pretende llamar nuestra atención. Aquí es el producto quien habla.

En un momento en el que muchas propuestas gastronómicas parecen competir por incorporar cada vez más elementos a un mismo plato, esa capacidad de eliminar lo innecesario resulta especialmente atractiva.

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Insalata di seppie e sedano I Sepia y apio. (Foto: Nacho Sandoval)

‘Gnocchi’, cigala y estragón: uno de los grandes platos

Y entonces llegaron los gnocchi con scampi e dragoncello, uno de mis platos preferidos de la experiencia.

El gnocchi se elabora en casa, como el resto de las pastas de VICI, pero con una proporción que busca deliberadamente una textura especialmente ligera.

Aproximadamente 80 % de patata y 20 % de harina, según nos explicaron durante el servicio. Y se nota, son más delicados, ligeros, casi parecen desaparecer en la boca.

Los acompaña la cigala, con esa elegancia marina característica, y una salsa construida a partir del propio crustáceo, próxima a una bisque, en la que aparecen también notas de setas.

Finalmente, llega el dragoncello, el estragón, aportando el contrapunto aromático. No hay intención de romper con la tradición, hay intención de evolucionarla.

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Gnocchi con scampi e dragoncello I Gnocchi, cigala y estragón. (Foto: Nacho Sandoval)

Una costilla de vacuno que se deshace como mantequilla

Y antes de llegar al postre apareció otro de los grandes momentos gastronómicos de la noche: una costilla de vacuno cocinada durante 72 horas a baja temperatura, acompañada de crema de cebolla, una reducción de los propios jugos de la carne y una selección de hojas silvestres.

Nos explicaron que la cocción lenta, a temperatura controlada, permite conseguir una textura extraordinaria. Y basta introducir el tenedor para comprobarlo. La carne resultaba tan tierna que prácticamente se deshacía en la boca, con esa sensación delicada y untuosa que el propio camarero comparaba con la mantequilla.

Una elaboración que resume perfectamente la filosofía de VICI: mucho trabajo detrás del plato para que, cuando llega a nuestra mesa, todo parezca sorprendentemente sencillo y, en este caso, además, absolutamente delicioso.

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Intercosta di Manzo I Costilla de vacuno. (Foto: Nacho Sandoval)

El dulce final

La cena llegó a su última parte con el higo, acompañado por avellana y una elaboración cremosa aromatizada con las propias hojas. Un final elegante y sin excesos.

Porque también en el postre se mantiene la idea que ha guiado todo el menú. Reconocer, disfrutar, no saturar y conseguir algo que siempre agradezco después de un recorrido gastronómico: llegar al último plato con ganas de probarlo.

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Bizcocho tierno de avellana, compota de higo negro, crème brûlée infusionada con hojas de higuera. (Foto: Nacho Sandoval)

Roma y esos lugares a los que siempre queremos regresar

En nuestra agenda había dos visitas marcadas en rojo: las Catacumbas de San Calixto y el Monumento a Víctor Manuel II. Pero volver a Roma significa también reencontrarse con algunos viejos conocidos, y hay dos a los que era imposible no ir a saludar nuevamente: el Coliseo Romano y la Fontana di Trevi.

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La loba Luperca alimentando a los fundadores míticos de Roma, Rómulo y Remo sobre una columna en la Piazza del Campidoglio. (Foto: Nacho Sandoval)

Fontana di Trevi: una de esas imágenes que nunca cansan

Puedes haberla visto en fotografías, películas, anuncios y, probablemente, en cientos de imágenes de Instagram. Da igual, llegar nuevamente a la Fontana di Trevi continúa teniendo algo especial.

Quizá sea porque aparece casi de repente. Caminas entre estrechas calles del centro histórico y, al doblar una esquina, aquella enorme escenografía barroca de mármol y agua ocupa prácticamente todo el espacio.

La fuente que hoy conocemos comenzó a levantarse en 1732, después de que el papa Clemente XII encargase el proyecto a Nicola Salvi, aunque la historia del agua que llega hasta allí se remonta mucho más atrás: al antiguo Acueducto Virgo, construido en época romana.

Todo es teatral: la monumental figura de Océano, los caballos marinos, los tritones, las rocas y el sonido permanente del agua convierten la Fontana di Trevi en uno de esos escenarios que parecen creados para Roma. Y después está la tradición de la moneda, lanzarla de espaldas a la fuente para asegurarnos el regreso a la Ciudad Eterna.

No sé si realmente funciona, pero viendo las veces que Cristina y yo terminamos regresando a Roma, quizá sea mejor no poner demasiado en duda la leyenda. Esta vez, además, tenía la suerte de llevarme unas fotografías magníficas, de esas que después consiguen devolverte en segundos al lugar donde fueron tomadas.

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La Fonta di Trevi. (Foto: Nacho Sandoval)

Catacumbas de San Calixto: otra Roma bajo nuestros pies

Muy distinta fue una de las experiencias que teníamos especialmente pendientes: las Catacumbas de San Calixto, junto a la Vía Appia Antica. Aquí Roma cambia completamente, hay que descender, y a medida que bajamos desaparecen el ruido de la ciudad, las fachadas monumentales y la Roma luminosa que todos conocemos. Nos adentramos en otra ciudad, silenciosa, oscura, profundamente histórica.

Las Catacumbas de San Calixto comenzaron a desarrollarse hacia mediados del siglo II. El complejo ocupa unas 36 hectáreas y cuenta con aproximadamente 20 kilómetros de galerías distribuidas en cuatro niveles, algunas a más de veinte metros de profundidad. Allí fueron enterrados numerosos mártires, 16 papas y miles de cristianos.

Uno de sus lugares más importantes es la Cripta de los Papas, conocida también como el pequeño Vaticano, porque fue lugar de sepultura oficial de nueve pontífices y probablemente de varios dignatarios de la Iglesia romana del siglo III.

Caminar por aquellas estrechas galerías, casi en penumbra, produce una sensación difícil de transmitir. Mientras arriba continúa funcionando una de las ciudades más vibrantes del mundo, unos metros más abajo el tiempo parece haberse detenido. Quizás ese contraste es lo que convierte esta visita en algo tan especial.

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Catacumbas de San Calixto. (Foto: Nacho Sandoval)

Volver a saludar al Coliseo

Y, por supuesto, volvimos a ver al Coliseo Romano. El antiguo Anfiteatro Flavio fue construido en el siglo I d. C. por los emperadores de la dinastía Flavia y acogió algunos de los grandes espectáculos públicos de la Roma imperial: combates de gladiadores, cacerías de animales y complejas representaciones que reunían a decenas de miles de personas. Sigue siendo el anfiteatro más grande del mundo.

Pero tan impresionante como el propio Coliseo es todo lo que lo rodea; el Foro Romano, el Palatino, los arcos, las columnas, los restos de templos y basílicas.

Caminar por esta parte de Roma supone convivir continuamente con diferentes épocas. En apenas unos metros podemos pasar de la ciudad contemporánea a un escenario levantado hace casi dos mil años. Y aunque hayas estado anteriormente, vuelves a detenerte, vuelves a mirar, y naturalmente, vuelves a fotografiarlo.

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Coliseo de Roma Foto Nacho Sandoval. (Foto: Nacho Sandoval)

El Vittoriano, Roma vista desde la historia de Italia

La otra gran visita que llevábamos anotada en rojo era el Monumento a Víctor Manuel II, el impresionante Vittoriano que domina Piazza Venezia. Su monumental fachada blanca resulta imposible de ignorar.

El proyecto nació después de la muerte de Víctor Manuel II en 1878, cuando el Gobierno italiano decidió construir en Roma un gran monumento para recordar al primer rey de la Italia unificada y, a través de su figura, el proceso histórico del Risorgimento. El proyecto definitivo fue obra de Giuseppe Sacconi y su construcción comenzó en 1885.

El monumento fue inaugurado el 4 de junio de 1911, coincidiendo con el cincuenta aniversario de la Unificación italiana. Diez años después, el Altar de la Patria incorporó la Tumba del Soldado Desconocido en memoria de los caídos durante la Primera Guerra Mundial.

La enorme estatua ecuestre de Víctor Manuel II, las escalinatas, las columnas y sus dimensiones impresionan desde abajo. Pero merece la pena subir, porque desde las terrazas superiores aparece otra recompensa: Roma a nuestros pies. Cúpulas, tejados, iglesias, Piazza Venezia, el Foro y, en la distancia, el Vaticano y algunos de los grandes iconos de la ciudad.

Cuatro visitas y cuatro Romas completamente diferentes. La Roma subterránea y cristiana de San Calixto. la Roma imperial del Coliseo, la Italia moderna representada por el Vittoriano, y la Roma barroca, romántica y cinematográfica de la Fontana di Trevi.

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Monumento a Víctor Manuel II en Piazza Venezia. (Foto: Nacho Sandoval)

InterContinental Rome Ambasciatori Palace: dormir en Via Veneto

Después de caminar unos 12 km por Roma, necesitábamos también un lugar especial al que regresar, y para esta escapada elegimos una de esas direcciones que ya dicen mucho antes incluso de entrar: Via Vittorio Veneto, 62. Allí se encuentra el InterContinental Rome Ambasciatori Palace.

Via Veneto forma parte del imaginario más elegante y cinematográfico de Roma. Es la avenida de aquella Dolce Vita inmortalizada por Federico Fellini, de los actores internacionales, los músicos, artistas, cafés, grandes hoteles y aquellos fotógrafos que terminaron dando al mundo una palabra universal: paparazzi.

Alojarse aquí permite disfrutar además de algo que cada vez valoro más cuando viajo: la ubicación como verdadero lujo. Salir del hotel y tener Roma alrededor, caminar, regresar y volver a salir. No depender permanentemente de desplazamientos, porque el lujo también puede consistir simplemente en disponer de más tiempo para disfrutar.

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Fachada del InterContinental Ambasciatori Palace. (Foto: Nacho Sandoval)

Un palacio construido para recibir embajadores

En 1900, el arquitecto italiano Carlo Busiri Vici proyectó este palacio de inspiración neorrenacentista que abrió sus puertas en 1905 como Palazzo degli Ambasciatori, concebido originalmente como residencia para los embajadores que visitaban Roma.

Entre 1946 y 1993 albergó además la biblioteca de la Embajada de Estados Unidos, convirtiéndose durante décadas en un punto de encuentro entre la cultura italiana y estadounidense. Hoy esa historia convive con una interpretación contemporánea del lujo.

La gran escalera central de mármol, las columnas y las barandillas de hierro forjado de estilo Liberty mantienen la personalidad del edificio mientras las habitaciones, suites y espacios comunes responden a las necesidades actuales de un cinco estrellas.

Es precisamente ese equilibrio entre historia y actualidad lo que más me gusta. No se trata de convertir un edificio histórico en un decorado, se trata de conseguir que siga teniendo vida.

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Fachada del hotel InterContinental Rome Ambasciatori Palace. (Foto: Nacho Sandoval)

Roma nos volvió a regalar tiempo

Al final, los viajes no se recuerdan solamente por los monumentos que hemos visitado. Se recuerdan por momentos, una fotografía, un paseo, una conversación, una copa, una habitación, un plato inesperado, o simplemente sentarte frente a la persona con la que compartes tu vida y darte cuenta de que, por unas horas, no tienes que mirar el reloj.

Quizá eso era precisamente lo que Cristina y yo buscábamos cuando decidimos regresar a Roma. Tiempo, tiempo para nosotros, tiempo para caminar, tiempo para volver a saludar al Coliseo y a la Fontana di Trevi, tiempo para emocionarnos descendiendo a las Catacumbas de San Calixto, tiempo para contemplar Roma desde el Vittoriano, tiempo para disfrutar del InterContinental Rome Ambasciatori Palace, y tiempo para sentarnos tranquilamente a descubrir la cocina de VICI.

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Escalera central de mármol, las columnas y las barandillas de hierro forjado del InterContinental Ambasciatori Palace. (Foto: Nacho Sandoval)

Con la intensidad de nuestro día a día, probablemente ese sea uno de los mayores lujos que podemos permitirnos: parar. Aunque solamente sean unos días, y si además podemos hacerlo en Roma, mucho mejor.

Porque la Ciudad Eterna tiene una habilidad extraordinaria: cuando creemos que ya la conocemos, vuelve a mostrarnos algo que no habíamos visto, y cuando llega el momento de marcharnos, sucede siempre lo mismo, ya estamos buscando una excusa para volver. Quizá aquella moneda en la Fontana di Trevi en nuestra luna de miel tenga algo que ver, o quizá sea simplemente Roma.

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El Vaticano visto desde la terraza superior del Monumento a Víctor Manuel II. (Foto: Nacho Sandoval)

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