Ciencia
Terremotos

Científicos crean un cilindro lleno de bolas de acero que absorbe el 14% de la energía de un terremoto en edificios sin necesitar ni un solo vatio de electricidad

Cuando ocurre un gran terremoto, hay algo que suele repetirse ya que además de los daños estructurales, también falla la electricidad. Es casi automático. Y ese detalle, que a veces pasa desapercibido, deja fuera de juego a muchos sistemas diseñados precisamente para proteger edificios.

Por eso empieza a llamar la atención una propuesta que va en la dirección contraria. No depende de sensores, no necesita controladores y tampoco requiere energía. Funciona, básicamente, por fricción. El invento consiste en un cilindro metálico relleno de bolas de acero en cuyo interior hay un eje con pequeñas varillas. Nada especialmente sofisticado sin embargo, en pruebas de laboratorio ha sido capaz de reducir alrededor de un 14% de la energía de vibración generada por un movimiento sísmico.

Detrás está el ingeniero civil Moussa Leblouba, de la Universidad de Sharjah, que ha logrado patentar el sistema en Estados Unidos. Su planteamiento parte de una idea bastante directa y es que si lo complejo puede fallar, lo simple, bien diseñado, puede ser más fiable.

Científicos crean un cilindro lleno de bolas de acero que absorbe el 14% de la energía de un terremoto

Muchos de los amortiguadores actuales funcionan bien, pero tienen un problema evidente y es que requieren de energía, y además dependen de sensores y mecanismos de control que deben reaccionar en tiempo real. En condiciones normales no hay problema. Pero en un terremoto fuerte, donde pueden fallar las redes eléctricas o las comunicaciones, todo eso se convierte en una debilidad.

Este cilindro evita ese punto crítico. No hay nada que activar de modo que si el edificio se mueve, el sistema responde. Si no hay vibración, no hace nada. Puede parecer una solución demasiado básica, pero precisamente ahí está su ventaja.

Qué ocurre dentro del cilindro

El funcionamiento es fácil de entender si se imagina lo que pasa dentro. El eje central se mueve cuando la estructura vibra. Las varillas que salen de ese eje empujan contra las bolas de acero que lo rodean y ese contacto genera fricción constante. Y ahí está la clave ya que parte de la energía del movimiento se transforma en calor. No desaparece, pero deja de propagarse por la estructura como vibración. Es, en esencia, una forma de frenar el terremoto dentro del propio sistema y una además en la que no hay electrónica, no hay fluidos ni piezas complejas, sólo movimiento, contacto y rozamiento.

Resultados que no son espectaculares, pero sí útiles

En laboratorio, el dispositivo ha mostrado un comportamiento estable en desplazamientos pequeños, entre 1 y 5 milímetros. En ese rango ha conseguido disipar aproximadamente un 14% de la energía. Puede parecer poco, pero en ingeniería sísmica no lo es tanto. Ningún sistema por sí solo resuelve el problema. La protección real se basa en sumar distintas soluciones.

En ese contexto, un elemento adicional que reduzca parte de la vibración sin complicaciones técnicas puede tener bastante sentido. Eso sí, todavía falta lo importante que es comprobar cómo se comporta fuera del laboratorio. Las pruebas reales, con cargas sísmicas más exigentes, serán las que determinen si este sistema tiene recorrido.

Fácil de instalar y de mantener

Otro de los puntos a favor es lo poco exigente que resulta. Las piezas son relativamente comunes y el montaje no requiere una tecnología especialmente avanzada. Además, el sistema es desmontable. Si alguna parte se desgasta o se daña, se puede sustituir sin necesidad de cambiar todo el conjunto. Esto simplifica mucho el mantenimiento, algo que no siempre ocurre con otros amortiguadores más complejos. También hay otro detalle interesante: una vez termina la vibración, el dispositivo vuelve a su posición inicial. No queda deformado ni inutilizado tras un uso, lo que reduce la necesidad de intervención inmediata.

Aplicaciones claras y otras más dudosas

El uso más evidente está en la construcción. Edificios, puentes, torres o infraestructuras críticas podrían integrar este sistema como una capa adicional de protección. Especialmente en instalaciones sensibles, como redes eléctricas o de telecomunicaciones, donde incluso pequeñas vibraciones pueden provocar fallos.

A partir de ahí, el abanico se amplía: transporte, industria o incluso sistemas más avanzados. Otra cosa distinta es que llegue a esos sectores, porque ahí los requisitos técnicos y las certificaciones son mucho más estrictos. Por ahora, donde más sentido tiene es en estructuras civiles.

Un contexto cada vez más presente

El interés por este tipo de soluciones no surge de la nada. En los últimos años, los terremotos han vuelto a poner sobre la mesa el impacto real que tienen sobre ciudades enteras. Los recientes seísmos registrados en Venezuela, por ejemplo, han vuelto a evidenciar hasta qué punto un movimiento de este tipo puede afectar a edificios, infraestructuras y servicios básicos en cuestión de segundos. En ese escenario, cualquier tecnología capaz de reducir daños, aunque sea parcialmente, empieza a tener relevancia.

A pesar de todo, conviene no exagerar. Este cilindro no es una solución milagro. No va a evitar por sí solo el colapso de un edificio dado que la protección frente a terremotos sigue dependiendo de muchos factores: diseño estructural, materiales, normativas y otros sistemas de amortiguación. Lo que propone este dispositivo es algo más modesto, pero también más realista: sumar. Si consigue demostrar su eficacia en condiciones reales, podría convertirse en una opción interesante, sobre todo en zonas con alta actividad sísmica y menos recursos para implementar soluciones complejas.