China reescribe la historia con un cinturón verde de 3.000 km en mitad de un desierto: los científicos confirman una bajada de CO2
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En el desierto de Taklamakán, una de las zonas más remotas de China, el país ha construido un enorme cinturón verde de unos 3.000 kilómetros para reducir el avance de la arena, disminuir el impacto de las tormentas de polvo y favorecer la presencia de vegetación. El proyecto forma parte del programa Three-North Shelterbelt, que nació en el año 1978 con el objetivo de combatir la expansión de las zonas desérticas en el norte del país mediante la plantación de árboles y la recuperación de vegetación.
Tras décadas de trabajo, en 2024 se completó el cinturón que rodea el Taklamakán y algunos estudios han observado una ligera disminución de CO2, relacionada con el aumento de la fotosíntesis. Aunque este proyecto ya está finalizado, el programa nacional continuará activo hasta 2050, ampliando la forestación y reforzando las barreras ya existentes en otras áreas del norte de China.
El cinturón verde que ha construido China parea frenar la desertificación
La finalización del proyecto se anunció después de plantar el último tramo, de unos 100 metros, el 28 de noviembre de 2024, como parte de una campaña que lleva varias décadas en marcha. Con esa etapa final, quedó rodeado el desierto del Taklamakán, un enorme «mar de arena» de aproximadamente 337.600 km², comparable en tamaño a Finlandia y considerado uno de los mayores desiertos de dunas móviles del mundo.
Aunque se le llame «cinturón verde», en realidad, es una combinación de soluciones adaptadas a un entorno extremadamente hostil. En las zonas más difíciles se han utilizado barreras físicas contra la arena, plantaciones de especies muy resistentes a la sequía y sistemas para fijar dunas. Además, en algunas áreas se han incorporado tecnologías más recientes, como el llamado «control fotovoltaico»: instalaciones de paneles solares que no solo producen electricidad, sino que también ayudan a reducir la velocidad del viento en superficie y, con ello, la erosión del suelo.
Un equipo de investigadores analizó datos satelitales junto con mediciones en superficie y detectó un patrón estacional muy claro en el cinturón verde de China. Durante la temporada húmeda, entre julio y septiembre, la precipitación media alcanza aproximadamente los 16,3 mm al mes. Aunque sigue siendo una cantidad baja, es suficiente para aumentar la cobertura vegetal. Ese incremento de actividad biológica coincide con una reducción temporal del CO2 atmosférico de alrededor de 3 ppm respecto a la estación seca.
Yang Jiani, investigadora del Laboratorio de Propulsión a Chorro de la NASA (Instituto Tecnológico de California, CalTech) y una de las coautoras de este estudio, explica: «Hemos observado tres tendencias muy claras. En primer lugar, la cobertura vegetal ha aumentado considerablemente en los últimos veinte años; en segundo lugar, la intensidad de la fotosíntesis ha seguido creciendo; y, en tercer lugar, la capacidad del ecosistema para absorber dióxido de carbono también está aumentando. Actualmente, en las zonas de cortavientos establecidas en los límites del desierto, cada hectárea puede absorber en promedio alrededor de 1,7 toneladas de dióxido de carbono al año. Teóricamente, si esta intensidad se extendiera a todo el desierto de Taklamakán, se estima que podría alcanzar unos 58 millones de toneladas de dióxido de carbono al año».
Principales desafíos
Sin embargo, los investigadores recuerdan que reforestar por completo el Taklamakán tendría un impacto limitado frente al problema climático global. Según los cálculos, ese efecto podría equivaler, como mucho, a compensar alrededor del 10% de las emisiones anuales de CO₂ de Canadá.
Por otro lado, un análisis citado por Dialogue Earth apunta que, en algunas regiones desérticas, la plantación de árboles explica sólo una parte del aumento observado en la cobertura vegetal, mientras que factores como la variabilidad de las lluvias o los cambios en el uso del suelo juegan un papel crucial. Esto no quita valor al proyecto, pero sí evita presentarlo como una solución única.
Finalmente, cabe señalar que buena parte de la vegetación sobrevive gracias a la escorrentía procedente de zonas montañosas cercanas al desierto. Expandir el proyecto más allá o mantenerlo en escenarios climáticos más extremos depende directamente de la disponibilidad de ese recurso, que ya está bajo presión en muchas regiones. Por eso, el éxito no se mide solo en kilómetros reforestados, sino en sostenibilidad a largo plazo.
Según la hidróloga francesa Emma Haziza, «en el momento en que se modifica un entorno extremadamente árido y se empieza a plantar de forma masiva, hay muchísimos factores que determinarán si es una buena o una mala idea. Si, por ejemplo, se tienen acuíferos muy sensibles a las olas de calor y se aumenta el número de días calurosos, plantar árboles que extraigan masivamente toda el agua del acuífero para devolverla a la atmósfera sin duda permitirá que llueva más en un país un poco más lejos, tal vez a 1.000 km unos diez días después, pero a nivel local, vamos a perder un recurso. Estamos ante un sistema complejo que requiere integrar una serie de variables».
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