Diana Al Azem, profesora, sobre el agotamiento materno: «Hay muchas madres quemadas y reconocerlo no nos hace peores»
Una experta habla sobre el agotamiento materno y pautas para poder sobrellevarlo
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Ser madre no siempre es como lo pintan. Ya que en realidad, no todo es instinto, ni todo es disfrute, ni todo fluye, si tenemos en cuenta que hay días en los que simplemente no se llega, o se produce el llamado agotamiento materno, que también forma parte de la realidad. Y cada vez más voces empiezan a hablar sin rodeos de ese cansancio acumulado que muchas mujeres arrastran en silencio.
De hecho, no es una sensación aislada. La profesora y escritora Diana Al Azem lleva tiempo detectándolo en su entorno más cercano, en las familias con las que trabaja y también en su propia experiencia. Ahora lo recoge en su libro Madres quemadas. Cómo cuidar sin arder en silencio, donde pone palabras a algo que muchas viven pero pocas se atreven a reconocer abiertamente. Porque el agotamiento materno existe y no como algo puntual, sino constante. Un desgaste que no siempre se ve desde fuera, pero que pesa en el día a día. Y lo más importante, como defiende la autora, admitirlo no convierte a nadie en peor madre.
Diana Al Azem habla sobre el agotamiento materno
El problema no es sólo la crianza en sí, sino todo lo que la rodea. Durante años se ha asumido que las mujeres debían incorporarse al mundo laboral sin que eso implicara un reparto real de las responsabilidades en casa. El resultado es una ecuación difícil de sostener. Según explica Al Azem, muchas madres siguen asumiendo la mayor parte de la llamada carga mental. Desde organizar las comidas hasta recordar citas médicas o gestionar la vida escolar de los hijos. Una lista interminable de tareas invisibles que no siempre se comparten y que además implica estar pendiente de todo, lo que provoca ese agotamiento materno que pasa factura a muchas mujeres.
¿Se queman menos los hombres?
La pregunta surge casi de forma automática. Y la respuesta, según la autora, no es tan simple. Según explica, no se trata únicamente de implicación, sino también de diferencias que tienen una base biológica. Durante el embarazo, el cerebro de la mujer experimenta cambios que refuerzan esa tendencia a estar alerta, a cuidar, a proteger. En los hombres, ese cambio no se produce de la misma manera. Sin embargo, Al Azem insiste en que esto no puede servir como excusa para perpetuar desigualdades. Porque más allá de las diferencias, la corresponsabilidad sigue siendo imprescindible. No como opción, sino como necesidad.
El peso de la autoexigencia
A todo esto se suma otro factor que muchas veces pasa desapercibido: la presión interna. Esa sensación de tener que hacerlo todo bien, todo el tiempo. Ser una buena madre, cuidar la alimentación, mantener la casa en orden, gestionar las emociones, tener vida social, cuidar la pareja, recuperar el cuerpo tras el parto… y hacerlo además con una sonrisa.
El problema es que ese nivel de exigencia no deja espacio para el error ni para el descanso. Y en ese contexto, incluso el autocuidado puede convertirse en una tarea más en la lista. Por eso, la autora propone algo mucho más sencillo y realista que es empezar por pequeños gestos, como parar unos segundos antes de reaccionar, sentarse mientras los hijos comen o, simplemente, permitirse no llegar a todo.
La culpa que nunca desaparece
Otro de los grandes lastres es la culpa. Especialmente en las madres que trabajan fuera de casa ya que es una sensación que no siempre tiene una base real, pero que pesa igualmente si tenemos en cuenta que durante generaciones se ha transmitido la idea de que una buena madre debe estar siempre disponible. Pero la realidad ha cambiado y mucho.
Los estudios, recuerda Al Azem, apuntan a que lo importante no es tanto la cantidad de tiempo que se pasa con los hijos, sino la calidad de ese vínculo. Estar presente de verdad, no sólo cumplir, porque si ese tiempo se reduce a corregir, organizar o discutir, la conexión se pierde.
Cuando los hijos crecen, también cambia la relación
La experta habla también de como la adolescencia añade otra capa a todo esto. Es habitual que, en esa etapa, los hijos empiecen a mirar más hacia fuera, hacia sus amigos, hacia su propio espacio, por lo que las madres pueden sentir que el vínculo con el hijo o la hija se ha roto, pero hemos de asumir que forma parte del proceso, de modo que en lugar de intentar controlar cada paso, la clave está en cuidar la relación de fondo. Esa que permanece incluso cuando la distancia parece mayor.
Aprender a decir «no» sin culpa
Poner límites sigue siendo uno de los grandes retos explica Al Azem dado que decir «no» genera duda y muchas veces implica conflicto, algo que se desea evitar. Pero ese sí constante también tiene un coste, sobre todo cuando va en contra de lo que una realmente necesita. El primer paso, según la autora, es tomar conciencia. Entender qué hay detrás de ese miedo a decir que no. Y, poco a poco, aprender a sostenerlo. Porque cuidarse también implica eso. Y, además, es un aprendizaje que los hijos también incorporan.
El conflicto no es el enemigo
Otra idea que se repite es la de evitar el conflicto a toda costa. Como si discutir fuera siempre algo negativo. Sin embargo, Al Azem plantea otra mirada. El conflicto no es un problema, sino una señal, dos necesidades que no coinciden en un momento dado. Entonces la clave no está en imponer ni en convencer, sino en gestionar, bajar el tono, simplificar, escuchar. Y entender que un momento incómodo no rompe una relación.
El impacto de las redes sociales
En las redes sociales parece que encontramos un mundo ideal de familias perfectas y rutinas idílicas, pero lo cierto es que poco tiene que ver con la realidad y el día a día,de modo que nunca debemos fijarnos en ese ejemplo. La experta lo explica claro: «En nuestra realidad algunos días nos dormimos y no llegamos, porque nuestro hijo no quiere vestirse, en casa está todo manga por hombro, mientras que en la pantalla aparecen desayunos perfectos con corazones en el café y otras escenas idílicas». Comparar nuestra vida con lo que vemos es algo según la Al Azem, injusto » porque siempre vamos a salir perdiendo… Por eso es importante recordar que no somos insuficientes, somos humanas».
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