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CRÍTICA

Inkinen y Zimmermann hacen brillar el concierto de abono nº 5 de la Sinfónica de Baleares

Ver al conjunto de profesores, tanto titulares como de refuerzo, aplaudir con entusiasmo finalizada la velada era algo inequívoco

No hace demasiado tiempo que era opinión compartida entre los maestros integrantes de la Orquesta Sinfónica de Baleares, la voluntad de poder ser dirigidos por diversas batutas hasta encontrar su propia voz. Así pensaban hasta la grave crisis de 2013-2014 en la que estuvo a punto de desaparecer. Probablemente, al menos esa es mi opinión, en el corto período en que fue su director titular Josep Vicens (defenestrado el verano de 2014), algo de eso ocurrió, especialmente durante el ciclo de verano de aquel año con la integral sinfónica de Tchaikovski. Tuvo entonces algo de voz propia.

Con la llegada -hace once años- de su actual director titular, Pablo Mielgo, dos han sido los frutos más relevantes. El primero, estimular a una plantilla adormecida con la creación de la Acadèmia Simfònica, a modo de bolsín de jóvenes valores emergentes tanto para cubrir bajas o reforzar la orquesta en programas que requerían una estructura con carácter monumental. El otro fruto es que a lo largo de las temporadas de abono ha invitado a directores de gran valía que han contribuido al brillo de nuestra Simfònica.

Las dos valiosas contribuciones de Pablo Mielgo vinieron a coincidir el pasado 15 de enero en el quinto concierto de la temporada de abono 2025-2026.

Allí teníamos a la orquesta reforzada y situándose en la tarima el finlandés Pietari Inkinen, quien los últimos nueve años venía ejerciendo como titular de la Deutsche Radio Philharmonie, con sede en Kaiserslautern, ciudad del estado federado de Renania-Palatinado. Su amplia experiencia de director principal en una misma orquesta le convertía en algo más que un invitado, llegándonos además con el aura de su excepcional versatilidad, tanto como violinista (su instrumento de carrera) y director consumado. Es decir, que se subía al podio de la sala magna del Auditórium de Palma siendo profunda su comprensión desde ambos lados de la tarima. Es decir, que nos llegaba Pietari Inkinen ya consolidado y se cuenta, de gran impacto global.

Desde el primer momento se pudo apreciar su autoridad y por eso mismo el papel de la batuta o de las manos libres en absoluto era caprichoso. Abrió con las manos libres al dirigir la suite Mi madre, la oca de Maurice Ravel (1910) con intención de dar mayor intimidad y expresividad en la búsqueda de una conexión  profunda, además de mayor fluidez en los pasajes líricos. En cierto modo me atrevería a decir que estaba explorando en la mente de Ravel, que partiendo de la breve suite para dueto de piano a cuatro manos, de inmediato pasó a su adaptación para suite sinfónica y un año después la creación de un ballet, utilizando el mismo  impulso compositivo.

Solo después, puso la batuta en su mano derecha hasta llegado el final de la velada. De entrada para dirigir el Concierto de violín de Frank Martin (1952) y en el papel de solista invitado el alemán Frank Zimmermann, que al igual que al finlandés le bendice la excepcionalidad como intérprete. Me puedo imaginar los constantes guiños de violinista a violinista, algo igual como viene pasaNdo cuando Mielgo dirige un Concierto para piano. Aquí la función de la batuta –según los cánones del oficio- juega el papel de dar claridad rítmica y gestual a la orquesta, y la belleza sublime emerge cuando el director es un  profundo conocedor del repertorio sinfónico, también del operístico, que es evidentemente el caso de Pietari Inkinen y ya sabemos el gran impulso de la escuela finlandesa las últimas décadas en darle prioridad a la exquisita sensibilidad, llegada la hora de conducirse aupado al podio.

También sublime estuvo Zimmermann, conduciendo su Stradivarius en el recorrido de un concierto que pone bien de manifiesto las querencias del compositor suizo, incluyendo matices de su tendencia por la improvisación y familiaridad con elementos de la teoría dodecafónica, durante el período de búsqueda de su propio estilo musical que se remonta a dos décadas antes de componer este concierto para violín. Cerrada la primera parte, quedaba claro: Inkinen y Zimmermann ya habían hecho brillar el quinto de abono.

Faltaba por llegar el Concierto para Orquesta de Béla Bartók (1944) que encierra en sí mismo enorme simbolismo y significado. No olvidemos que hablamos de un compositor húngaro, que deja su tierra natal huyendo del nazismo. Este concierto lo compone Bartók en plena II Guerra Mundial y de ahí la inclusión de ciertos recordatorios ligados a obras ajenas. Cuando el estreno neoyorquino el año 1944, era de común entendimiento que Béla Bartók había logrado reponerse de su situación personal, incluso Serguei Kussevitzky, el director, no dudó en afirmar: «Ésta es la obra orquestal más importante de los últimos 25 años». Pues bien, Pietari Inkinen desplegó su extraordinaria capacidad de seducir para traducir al público y orquesta las impresiones de Bartók en soledad, frente a la partitura en blanco.

Como ocurre en ocasiones señaladas, la Sinfónica de Baleares nos condujo al olimpo sonoro, con su predisposición a brillar como solamente ocurre en ciertas ocasiones; aquéllas que nos permiten intuir el estilo propio, singular, de nuestra orquesta. Ver al conjunto de profesores, tanto titulares como de refuerzo, aplaudir con entusiasmo finalizada la velada era algo inequívoco.