Dúchese, señora Armengol, dúchese
Hay imágenes que explican mejor una época que cien editoriales. La de jóvenes caminando hacia la acampada de la Puerta del Sol con botellas de champú pertenece a esa categoría. Una escena viralizada el pasado 12 de octubre, tan insólita como reveladora. Porque el humor sigue siendo uno de los últimos refugios de la libertad frente a la solemnidad del poder.
Conviene detenerse en el símbolo. El champú no era una reivindicación cosmética. Era una provocación ciudadana. Una respuesta sarcástica a quienes han convertido la superioridad moral en una suerte de cargo público, generosamente remunerado y convenientemente blindado contra cualquier exigencia de coherencia.
Y ahí aparece Francina Armengol.
La ex presidenta balear, hoy presidenta del Congreso y candidata socialista por Baleares para el 29N, representa esa peculiar aristocracia política que predica austeridad mientras disfruta de las comodidades del poder, invoca transparencia mientras administra silencios y presume de feminismo mientras las contradicciones de su partido reclaman explicaciones.
Porque el problema no es el jabón. Es la limpieza política.
Armengol presidió una comunidad autónoma cuya gestión durante la pandemia quedó salpicada por la controversia de las mascarillas adquiridas a la empresa vinculada al denominado caso Koldo. Las responsabilidades penales deberán establecerlas los tribunales. Las políticas, sin embargo, no necesitan esperar una sentencia para ser exigidas.
Pero en el socialismo español la responsabilidad política parece haberse convertido en una especie protegida. Nadie dimite, nadie recuerda, nadie sabe. Y cuando las preguntas incomodan, siempre queda el recurso de denunciar una conspiración de la derecha.
En Baleares conocemos bien ese procedimiento. Durante años se nos explicó que cuestionar determinadas políticas equivalía a situarse fuera de los límites de la respetabilidad democrática. Se envolvió el sectarismo en papel institucional, se confundió la administración con el patrimonio partidista y se pretendió convertir cualquier discrepancia en una anomalía moral.
Ahora resulta que quienes repartían certificados de virtud tienen dificultades para explicar sus propias actuaciones. Y los ciudadanos, naturalmente, se ríen. Se ríen porque han comprendido que la pompa institucional no convierte una contradicción en virtud. Porque están cansados de recibir sermones de quienes deberían rendir cuentas. Porque la política no puede consistir en exigir ejemplaridad a los gobernados y conceder indulgencia perpetua a los gobernantes.
La escena del champú encierra precisamente esa irreverencia. Jóvenes utilizando un objeto cotidiano para expresar su rechazo a quienes permanecen acampados en la Puerta del Sol. Una sátira sobre determinadas actitudes políticas y una demostración de que ninguna causa posee el monopolio de la calle, mucho menos el de la virtud.
Señora Armengol, la presidencia del Congreso merece respeto. Precisamente por eso, quien la ocupa debe aceptar un escrutinio especialmente exigente. La dignidad institucional no se protege silenciando preguntas, sino respondiéndolas.
Y mientras el socialismo siga repartiendo lecciones de higiene democrática desde su pedestal de autocomplacencia, habrá españoles dispuestos a recordarle, con una botella de champú y una sonrisa, que la ejemplaridad empieza por uno mismo.
Dúchese, señora Armengol, dúchese. No por una cuestión de higiene personal, naturalmente. Por higiene democrática.
- David Gil de Paz es portavoz adjunto de Vox en el Consell de Mallorca.
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