La cárcel vieja de Palma convertida en un hotel: personas con maletas se hospedan entre ratas y basura
Los okupas se hacen con el control del recinto y alquilan celdas por entre 300 y 400 euros al mes
Desde hace meses son frecuentes los enganches al alumbrado público y los enfrentamientos con los vecinos
Situación límite en la vieja cárcel de Palma. OKBALEARES ha descubierto a grupos de personas cargadas con maletas, algunas de ellas llegadas en taxi o coches particulares, entrando en prisión para alojarse en condiciones deplorables, en lo que los vecinos califican como un auténtico negocio clandestino.
De forma paralela, los okupas que residen allí dentro desde hace años, se han apoderado del negocio y alquilan infraviviendas sin luz ni agua a precios desorbitados que llegan a los 300 a 400 euros por estancia. Todo ello en un entorno lleno de peligros. Los nuevos inquilinos se encuentran con habitaciones improvisadas en módulos de las celdas y tienen que convivir con perros sueltos, gatos y ratas de gran tamaño.
Vecinos del barrio denuncian que este hotel ilegal funciona a plena luz del día. La emergencia habitacional y la desesperación de quienes buscan un techo son aprovechadas por mafias locales que explotan esta situación, ofreciendo espacios inevitablemente precarios a cambio de dinero.
Un equipo de este periódico ha documentado cómo, al caer la noche, los ocupantes de la cárcel acuden a fuentes públicas con carritos de supermercado para cargar garrafas de agua y, en ocasiones, intentan engancharse al alumbrado público, dejando a media barriada sin luz. Las intervenciones policiales son recurrentes, pero la actividad clandestina persiste.
La antigua prisión se ha convertido en un epicentro de delincuencia: peleas entre okupas, incendios, robos y consumo de drogas son parte del día a día. En la parte trasera del recinto, colindante con el parque de Cas Capiscol, se pueden encontrar coches abandonados y desguazados, evidencias del caos imperante.
Dentro del recinto, las reformas improvisadas son visibles: suelos embaldosados, puertas metálicas, paredes pintadas y focos alimentados por placas solares. Sin embargo, el acceso a agua potable es imposible desde el interior, obligando a los ocupantes a recurrir a fuentes públicas cercanas.
La vieja prisión se ha transformado en un hotel que mezcla marginalidad y emergencia habitacional, donde residentes e incluso algún turista conviven en condiciones indignas. Mientras, el futuro de la cárcel apunta a un derribo para construir viviendas sociales, el escándalo ya ha puesto a Palma en el ojo de la polémica internacional, con visitantes que terminan pagando por vivir entre ratas, delincuencia y un entorno totalmente insalubre.
Uno de los mayores problemas es la multiculturalidad existente dentro de los muros penitenciarios. Bandas como los 24/7 El Caserío, grupos de ex Menas, argelinos, rumanos y marroquíes asociadas a la delincuencia, robos con fuerza e incluso con violencia, junto con una importante presencia de españoles enganchados a las drogas o a la bebida, generan infinidad de conflictos y enfrentamientos.
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