Ola de calor extremo, también en la política
Tras la decepción producida en el debut del Mundial frente a Cabo Verde, ayer la Selección consiguió que la afición recuperara el optimismo y la confianza en sus posibilidades. No queríamos comenzar la semana en unos tiempos tan pródigos en situaciones no dadas precisamente a la satisfacción, sin hacer referencia a ello. Que esperamos permita seguir alimentando la ilusión.
El escenario político nacional no permite precisamente alegrías, con un sanchismo bunkerizado en el gobierno sin capacidad alguna de cumplir con la misión esencial que le corresponde, que es la de gobernar. Es decir, trabajar por el bien común de los españoles y el interés general de España. Y que lo que realmente hace es, lisa y llanamente, okupar despachos en beneficio propio.
Despachos, competencias y responsabilidades públicas, muy distantes de la voluntad acreditada por sus actuales titulares de desempeñarlas con la finalidad comentada. El último capítulo de esta lamentable situación política lo protagoniza el incidente relativo a un desafortunado comentario del juez Peinado incluido en su auto de final de la instrucción a la esposa de Pedro Sánchez. Que le está permitiendo a la coalición «progresista» «sacar pecho» considerándose víctima de un «lawfare» judicial.
El CGPJ ha actuado con una insólita celeridad activando un expediente sancionador contra el juez Peinado, apoyado en el voto de calidad de la presidenta. Con la ministra de Ciencia, Diana Morant, que parece tener vocación de disputarle a su colega, el ministro Óscar Puente, el puesto de «portavoz descalificador» del Poder Judicial. La jornada, pródiga en novedades judiciales, la completó el fallo acerca del denominado «caso mascarillas» de corrupción en la adquisición y distribución de ese material, cuyo uso se generalizó durante la histórica pandemia, al ser obligatorio por mandato del gobierno.
Los protagonistas de ese procedimiento judicial son de absoluto conocimiento de la opinión pública y de la publicada, y las sentencias por unanimidad resultan de una especial gravedad. En concreto, 24 años a Ábalos, 19 años a Koldo y cuatro y medio para Aldama. Quedando en suspenso el cumplimiento de la condena en prisión para Aldama por su colaboración con la justicia, decisiva para poder esclarecer este caso. Debiendo cumplir un año de trabajos a la comunidad.
Ante este escenario nacional tan poco edificante, la atención se vuelca en el internacional, fijándonos en el Reino Unido. Por el contraste que supone con la situación española, donde el PSOE se ha convertido en el «Partido Sanchista PS», una virtual plataforma política al servicio incondicional de Sánchez. Basta comprobar que el primer ministro laborista, Keir Starmer, ha dimitido teniendo mayoría en el Parlamento británico, y gobernando desde hace tan solo dos años. Ha sido su partido quien se lo ha exigido, lo que es inimaginable que suceda en el PSOE. Se convierte así en el 7.º primer ministro que dimite en los últimos 10 años, lo que muestra la inestabilidad institucional establecida en el Reino Unido tras el Brexit.
También destaca Colombia, que ha elegido como sucesor de Petro a Abelardo de la Espriella. Que se une al giro hacia la derecha a nivel mundial, que se concreta en Iberoamérica con Milei en Argentina, Task en Chile, Novoa en Ecuador y Bukele en El Salvador, entre los más destacados. Finalmente, volvemos la mirada también a Oriente Medio, tal y como viene sucediendo desde el 28 de febrero, cuando se desencadenó en Teherán una operación militar que descabezó a la cúpula de poder de la dictadura teocrática islámica. Con Donald Trump, que últimamente parece haberse convertido en un destacado comentarista e «influencer» mundial, anunciando predicciones militares apocalípticas. De tal manera que sus anuncios reiterados de un final del conflicto, bajo la amenaza de esos apocalipsis, han perdido la seriedad y solvencia que se espera de un presidente de los EEUU.
Actualmente en Suiza, los iraníes están negociando con el vicepresidente Vance un acuerdo cuya concreción se anuncia por la mañana para disiparse por la tarde. La vuelta a la normalidad de la navegación por el estrecho de Ormuz parece encallada por la exigencia iraní de que el acuerdo de paz incluya en su ámbito territorial de aplicación al Líbano. A lo que se opone absolutamente Israel, cuyo primer ministro Netanyahu está decidido a acabar con la organización terrorista Hezbolá, que controla el sur del país.
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