Madrid frente al parte médico nacional
Madrid ya no discute de medicina: discute de prestigio. Mientras algunos en España convierten la sanidad en un ring de tertulianos, la Comunidad de Madrid la ha elevado a categoría de potencia clínica. Y detrás de esa maquinaria blanca, silenciosa y obstinada, hay una mujer que sale cuando debe salir en las fotografías porque está demasiado ocupada trabajando: Fátima Matute.
En política abundan los vendedores de humo y escasean los médicos que aún saben escuchar un fonendoscopio. Matute pertenece a esa vieja escuela del rigor hospitalario, del pasillo de madrugada, del diagnóstico antes que del eslogan. Quizá por eso resulta incómoda para el sectarismo: porque no parece una política al uso, sino una profesional que cayó en la administración con la misma seriedad con la que otros entran en un quirófano.
Ayuso pone la dirección política, el pulso y la ambición de convertir Madrid en locomotora nacional en todos los aspectos y, por ello, precisó de un perfil que cosiera perfectamente el sistema sanitario madrileño y potenciara la sanidad pública de la comunidad. Pero para mejorarlo, hay que bajar al barro sanitario, hay que pelear con sindicatos, presupuestos, déficit de profesionales y guerras burocráticas, y ahí suje Matute. Y conviene decirlo sin complejos: pocas veces la sanidad madrileña había mostrado simultáneamente músculo tecnológico, inversión y autoestima profesional.
Porque mientras algunos siguen atrapados en el discurso de pancarta, como la señora Mónica García, que no sabemos si quiere Madrid o la OMS, para seguir sentada en los despachos no aplicada en un quirófano, Madrid opera adolescentes con escoliosis mediante cirugía robótica, aplica terapias CAR-T a jóvenes con leucemia y participa en ensayos de terapia génica capaces de curar enfermedades raras que hace apenas una década eran condenas biológicas. Eso no es propaganda. Eso es medicina del siglo XXI.
La izquierda burocrática española, tan aficionada al estetoscopio retórico y tan poco amiga de los quirófanos reales, lleva años anunciando el apocalipsis sanitario madrileño con el mismo entusiasmo con que los monjes medievales anunciaban el fin del mundo. Pero ocurre algo profundamente incómodo: Madrid no se cae. Madrid opera. Madrid investiga. Madrid cura. Madrid innova. Madrid compite.
Y detrás de esa maquinaria blanca, luminosa, hiperactiva, donde el TAC suena como una sonata tecnológica del siglo XXI, aparece Fátima Matute. Una mujer que posee esa rara virtud de los médicos antiguos: hablar poco y saber mucho. Que en España, conviene recordarlo, suele ser exactamente lo contrario del político profesional.
La consejera de la Comunidad de Madrid, Fátima Matute, pertenece a la aristocracia del hospital. A esa nobleza silenciosa del pasillo clínico, del residente agotado, de la guardia interminable, de la ciencia y el saber. Y quizá por eso la respetan incluso quienes no la votarán jamás.
Porque hay algo profundamente serio en una consejera que habla de protonterapia sin parecer una azafata de congreso farmacéutico. Algo sólido en alguien que defiende a médicos y enfermeras con la misma convicción con la que otros defienden un escaño o una subvención cultural sobre el erotismo sostenible del berberecho atlántico.
Decía Severo Ochoa —que sabía más de neuronas que muchos tertulianos de prime time— que la ciencia es el gran motor de las revoluciones modernas. Y Madrid ha entendido algo decisivo: una sanidad pública no se defiende llorando sobre ella, sino invirtiendo en convertirla en formidable.
Ahí están los hospitales madrileños, escalando rankings internacionales mientras algunos siguen pensando que la modernidad consiste en cambiarle el nombre a una consejería. Ahí está el 12 de octubre, permitiendo por primera vez en España el acompañamiento familiar continuo a prematuros hospitalizados. Ahí está el Zendal, aquel edificio que la oposición describía poco menos que como salas de espera vacías, pero convertido ahora en centro internacional de referencia para pacientes con ELA. Y qué decir de la revolución iniciada en La Paz; será uno de los mejores hospitales del mundo.
La medicina moderna ya no espera al enfermo: sale a cazar la enfermedad antes de que aparezca. Pasteur, seguramente, sonreiría desde su laboratorio celestial viendo a algunos ministros españoles descubriendo ahora conceptos que él resolvió hace siglo y medio.
Más de 27.000 profesionales estabilizados. Miles de plazas convocadas. Incentivos para Atención Primaria. Consolidación de especialistas mediante concurso de méritos. Guardias, noches y festivos mejor remunerados. Parece gestión, sí. Porque lo es. Y porque la buena gestión tiene esa desgracia estética: resulta muchísimo menos fotogénica que el populismo de Mónica García.
A mí desde luego no me gusta hablar de bondades a bocajarro. Claro que quedan problemas. Sólo un fanático o un imbécil diría lo contrario. Hay tensión asistencial. Faltan médicos y se necesita seguir apostando por la inversión. Pero precisamente ahí reside el mérito: crecer, innovar y mantener algunos de los tiempos quirúrgicos más bajos de España mientras se combate un déficit nacional de profesionales que el Ministerio de Sanidad que contempla con la eficacia de un funcionario leyendo el horóscopo o ningunea a los MIR.
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