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Adiós a la patata de siempre: esta verdura olvidada es una fuente de proteínas y lo recomiendan los dietistas

Un tubérculo que está volviendo a muchas cocinas de Europa y que es perfecta para sustituir a la patata

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Cada vez que vamos a la frutería o al supermercado, seguro que salimos con un saco o una malla de patatas, siendo esta la verdura o mejor dicho, el tubérculo más popular. Pero lo cierto es que no es el único. De hecho, hubo un tiempo en el que otra verdura con mucha proteína le hizo la competencia a la patata e incluso estuvo antes que ella en Europa. Se trata de la llamada alcachofa de Jerusalén y parece que está volviendo a muchas cocinas europeas.

Durante años apenas se ha consumido, sobre todo porque como decimos, la patata acabó ocupando todo su espacio en la cocina diaria. Fue más práctica, más fácil de conservar, más predecible. Y esta verdura que aporta muchísima proteína quedó en segundo plano. Sin embargo, ese tipo de alimentos que se quedaron atrás están empezando a recuperar terreno, en parte porque ahora se mira la alimentación con otros ojos. Y aquí es donde entra esta raíz. No es nueva, no es una tendencia reciente, pero encaja bastante bien con lo que se busca hoy: productos poco procesados, con valor nutricional real y que, además, se puedan preparar sin complicarse demasiado.

 Esta verdura olvidada es una fuente de proteínas y lo recomiendan los dietistas

El nombre de alcachofa de Jerusalén no ayuda mucho y es que ni es una alcachofa ni tiene relación con Jerusalén. En realidad, es un tubérculo originario de América del Norte que ya se consumía mucho antes de que llegaran los europeos. Allí formaba parte de la dieta habitual de los pueblos indígenas.

Cuando llegó a Europa, en el siglo XVII, se extendió con bastante rapidez. Durante un tiempo fue un alimento común, algo cotidiano. Pero la historia cambió con la llegada y expansión de la patata, que terminó desplazándolo casi por completo en el siglo XIX.

A partir de ahí, su presencia se fue diluyendo. No desapareció del todo, pero dejó de ser habitual. Se quedó como un producto residual, algo que se seguía cultivando en ciertos lugares, pero lejos del consumo general. Y tras la Segunda Guerra Mundial, de nuevo volvió a ser bastante consumida en muchas zonas de Europa, aunque siempre por detrás de la patata que le acabó por ganar prácticamente todo el terreno, aunque como sabemos, los tiempos cambian, la gente desea comer o probar cosas nuevas y parece que vuelve a resurgir en la actualidad.

Qué tiene para que los dietistas vuelvan a hablar de ella

Aquí es donde empieza a tener sentido el interés reciente. Dentro de los tubérculos, no es habitual encontrar un perfil nutricional como el suyo. Sin ser un alimento proteico al nivel de otros grupos, sí aporta más proteínas que opciones como la patata. A eso se suma que tiene pocas calorías y prácticamente nada de grasa. Es decir, es ligera, pero no vacía. Y eso, en un contexto en el que se busca comer mejor sin renunciar a platos completos, pesa bastante.

También contiene ácido fólico, que está relacionado con la reducción del cansancio, y minerales como el potasio. Este último es importante porque ayuda a mantener la presión arterial en niveles normales, algo que cada vez se tiene más en cuenta. Y luego está la fibra, que aquí no es un detalle menor. Tiene bastante cantidad y eso se nota en la digestión y en la sensación de saciedad.

La inulina, el detalle que la diferencia

Más allá de lo básico, hay un punto que explica por qué vuelve a estar en muchas cocinas, y es que la alcachofa de Jerusalén contiene inulina, un tipo de fibra soluble que no se absorbe como el resto de nutrientes. Lo que hace es que pasa prácticamente intacta por el sistema digestivo hasta llegar al intestino, donde sirve de alimento para determinadas bacterias. Dicho de forma sencilla, ayuda a mantener un equilibrio más saludable en la microbiota. No es algo que se note de un día para otro, pero sí forma parte de ese enfoque más amplio que relaciona la alimentación con la salud digestiva. Y eso, ahora mismo, tiene bastante peso.

Además, no provoca picos de glucosa en sangre, lo que la hace interesante para personas que necesitan controlar ese aspecto.

Cómo sabe y cómo se puede usar sin cambiar toda la cocina

A nivel práctico, no es un producto complicado. Su sabor es suave, con un punto dulce y un ligero toque que recuerda a la alcachofa o incluso a algunos frutos secos. No es invasivo, así que encaja fácil en muchos platos. De hecho, se puede comer incluso cruda, por ejemplo en ensaladas, aunque conviene echarle un poco de limón para que no se oscurezca. También funciona bien salteada, al horno o en cremas.

No hace falta inventar nada raro. Se puede usar igual que otras verduras de raíz, simplemente cambiando el ingrediente. Y eso facilita mucho que alguien la pruebe sin tener que replantear su forma de cocinar. Eso sí, tiene un pequeño inconveniente: si se cocina demasiado tiempo, se ablanda más de la cuenta y pierde textura.

En definitiva, no parece que esta verdura de raíz vaya a desplazar a la patata no que vaya a ser ahora un producto masivo de un día para otro. Pero tampoco lo necesita, ya que lo que está ocurriendo con la alcachofa de Jerusalén tiene más que ver con recuperar variedad que con sustituir nada. Con volver a introducir alimentos que ya estaban ahí y que, por distintas razones, se dejaron de lado.