Trump quiere echar a España de la OTAN, y con razón
«No hemos recibido ninguna ayuda. Cero por parte de la OTAN. ¿Por qué gastamos cientos de miles de millones si no están de nuestro lado?». La frase, pronunciada recientemente por Donald Trump, es cualquier cosa menos un comentario aislado. Resume, más bien, un clima que en Washington se ha ido consolidando con los años y que la crisis con Irán ha puesto en primer plano: la sensación de que Estados Unidos asume el coste y Europa decide cuándo y cómo acompañar.
Este es el contexto en el que ha estallado el escándalo de la semana. Un correo interno del Pentágono, adelantado por Reuters y confirmado por varios medios, plantea la posibilidad de suspender a España de determinados órganos de la OTAN o apartarla de puestos de relevancia como respuesta a su negativa a facilitar el uso de las bases de Rota y Morón para operaciones contra Irán. No es fácil que puedan hacerlo; el Tratado del Atlántico Norte no contempla expulsiones. Pero que alguien dentro del aparato de defensa estadounidense lo considere aconsejable ya dice bastante.
Sánchez ha hecho de todo para cabrear a Trump, pero hay que reconocer que no ha estado solo en esto, ni las patochadas grandilocuentes de nuestro presidente explican por completo la nueva actitud norteamericana. La OTAN no da más de sí. Nació en 1949 para contener a la Unión Soviética, con un enemigo claro y un reparto de funciones evidente: Estados Unidos aportaba la capacidad militar decisiva y Europa el territorio y la cohesión política. Desaparecido el enemigo, debería haber desaparecido la agrupación. Pero todo el mundo sabe que el primer objetivo de toda institución es su propia organización que, en este caso, se expandió hacia el este y fue redefiniendo su misión en términos cada vez más amplios. La inercia ha hecho el milagro durante décadas, en gran medida porque el desequilibrio interno era asumido por todos.
Ese desequilibrio sigue ahí, y es cuantificable. Según los últimos datos de la propia OTAN, Estados Unidos concentra en torno al 70% del gasto militar total de la Alianza, mientras que varios socios europeos han estado durante años por debajo del objetivo del 2% del PIB en defensa. En 2025, solo una parte de los aliados cumple ese umbral, pese a que se fijó en 2014 tras la anexión de Crimea. El resultado es una dependencia estructural en inteligencia, logística, transporte estratégico y sistemas de armas que Europa no ha compensado.
La Administración estadounidense —con independencia de quién ocupe la Casa Blanca— ha endurecido el mensaje hacia sus aliados: más gasto, más compromiso y mayor alineamiento en las crisis. La guerra contra Irán ha actuado como prueba de estrés. Varios países europeos, entre ellos España, han optado por limitar su implicación o negarla, alegando razones políticas y estratégicas. En Washington, esa posición se lee de otra manera: esta gente no es de fiar.
Ahí encaja la presión sobre España. Si la OTAN es una alianza militar, la expectativa es que funcione como tal cuando se la necesita. Si algunos socios participan de forma selectiva, el incentivo para el resto cambia. El debate deja de ser técnico y pasa a ser político: qué significa hoy ser aliado.
La pregunta se desplaza entonces hacia Europa. ¿Puede defenderse por sí misma si la relación con Estados Unidos se redefine? La idea de una defensa europea aparece de forma recurrente en el discurso político, pero los avances son limitados. Integrar fuerzas armadas nacionales, unificar cadenas de mando, compartir inteligencia y asumir un gasto sostenido exige un grado de cohesión que la Unión Europea no ha demostrado. Hoy existe, en la práctica, una suma de ejércitos con capacidades desiguales y fuerte dependencia externa en los elementos críticos.
A esa dificultad se añade el factor tiempo. Construir una arquitectura de defensa autónoma no es inmediato, y el entorno estratégico no se ha vuelto más benigno. La guerra en Ucrania, la inestabilidad en Oriente Próximo y la competencia entre grandes potencias elevan el coste de cualquier vacío de seguridad. En ese escenario, la OTAN sigue siendo el pilar real, aunque su funcionamiento esté sometido a tensiones crecientes.
Las declaraciones y los datos apuntan en la misma dirección. Estados Unidos aporta la mayor parte de los recursos y exige reciprocidad; Europa reconoce la necesidad de mayor autonomía, pero no dispone aún de los instrumentos; y las crisis recientes evidencian divergencias sobre cuándo y cómo emplear la fuerza. La filtración sobre España no crea esa grieta, la hace visible.
Las alianzas no suelen desaparecer de un día para otro. Se erosionan cuando sus miembros dejan de compartir expectativas básicas y cuando los incentivos para cooperar cambian. En ese proceso, los episodios concretos —un desacuerdo operativo, una decisión nacional, una advertencia pública— funcionan como indicadores adelantados de un problema más amplio.
La cosa no es si España puede ser expulsada de la OTAN, sino cuánto tiempo puede sostenerse una alianza cuyo funcionamiento depende de supuestos que ya no se cumplen de la misma manera. Si esos supuestos se debilitan, la forma de la organización cambia, aunque su nombre permanezca.
Y ahí es donde el problema deja de ser diplomático para convertirse en estratégico. Europa se enfrenta a la posibilidad de tener que asumir responsabilidades que durante décadas ha delegado. Estados Unidos, a la de redefinir el alcance de sus compromisos. Entre ambas dinámicas, la OTAN se mueve en un equilibrio más inestable que el que conocimos durante la Guerra Fría.
No hace falta un anuncio formal para que eso tenga consecuencias. Basta con que, en el momento decisivo, los aliados ya no actúen como tales.
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