Silencio de Sánchez ante la guerra de Marruecos contra los saharauis
Los drones han cambiado los métodos de guerra. Un país limítrofe de España y, además, hostil, como Marruecos, los está empleando en el Sáhara Occidental, a unos pocos cientos de kilómetros de Canarias. Y Portugal está construyendo para su armada un barco porta-drones, con aparatos capaces de atacar por aire y bajo el agua.
A Ucrania sus drones le están permitiendo dañar las refinerías y los puertos rusos, incluso en los alrededores de San Petersburgo, con efectos en el tráfico aéreo y la exportación de petróleo. A la vez, ambos contendientes bombardean con ellos las ciudades del enemigo. En Oriente Próximo, los hutíes del Yemen y los iraníes los emplean contra sus vecinos. Son artefactos baratos, contra los que Israel, Estados Unidos o Arabia Saudí tienen que desplegar contramedidas mucho más costosas.
Otro de los países que está recurriendo a ellos es Marruecos, desde la reanudación de la guerra en el Sáhara, a finales de 2020, después de que los saharauis se hartaran del incumplimiento por parte marroquí de sus compromisos de celebrar el referéndum de autodeterminación. Los primeros ataques mediante drones se produjeron en 2021 y no sólo contra miembros armados del Frente Polisario, sino también contra civiles, tanto saharauis como argelinos y mauritanos. Los aparatos que compra Rabat son de fabricación norteamericana, israelí y china, y, además, se pueden usar para espiar territorio español.
Mediante los drones y los campos de minas, Marruecos reduce las bajas propias, impide a los saharauis el control del territorio al este de los muros construidos desde 1980 y mantiene a sus tropas a resguardo.
Hace unos días, el régimen alauita empleó un dron para matar a Lehbib Mohamed Abdelaziz, el cuarto de los siete hijos del líder histórico del Frente Polisario, Mohamed Abdelaziz (1948-2016), que podía haber sucedido a su padre. Junto a él, murieron otros dos combatientes. Esta acción ha coincidido con la visita el 7 de junio del enviado de la ONU para el Sáhara, el italiano Staffan de Mistura, al Sáhara Occidental y a los campamentos de Tinduf (Argelia).
La muerte del Lehbib Mohamed Abdelaziz, oficial del Ejército de Liberación Popular Saharaui, ¿fue una oportunidad o una operación preparada? Y, en este caso, ¿de dónde provinieron la información y la localización?
La influencia marroquí en Europa, a través de sus infatigables servicios diplomáticos y de sus bien engrasados lobbies, se comprueba con la diferente reacción de varios gobiernos ante hechos similares, según quién los realice.
El 5 de mayo, tres proyectiles disparados por el Frente Polisario cayeron en las afueras de la ciudad saharaui de Esmara. Aunque no mataron a nadie, deslucieron la participación marroquí en las maniobras African Lion 25 (10.000 militares de 40 países, incluido España), lideradas por Estados Unidos, que se desarrollaron, entre otros escenarios, en varias zonas de Marruecos.
Entonces, numerosos países, desde Jordania y Catar a Estados Unidos y la Unión Europea, y, por supuesto, España, condenaron el ataque. La embajada española en Marruecos lo hizo por orden del ministro José Manuel Albares el 9 de mayo en un mensaje en redes sociales; y reclamó “el respeto del alto el fuego” en la zona.
El mensaje añadía que España «reitera su apoyo al proceso de negociación propuesto por la Resolución 2797» de Naciones Unidas, que presenta el plan de autonomía marroquí para el Sáhara como base de negociación, en contra de la postura de autodeterminación, «para una solución justa, duradera y mutuamente aceptable, apoyando los esfuerzos de diálogo y negociación». Es decir, repitió la nueva postura sobre el conflicto adoptada por Pedro Sánchez en marzo de 2022.
Pero cuando escribimos esta crónica, el Gobierno socialista no ha condenado este ataque con víctimas mortales, que también rompe el alto el fuego.
Las izquierdas españolas, que claman contra las anexiones territoriales hechas por Israel en Líbano, Gaza y Siria, callan cuando se trata de la ocupación marroquí del Sáhara Occidental, que les coge mucho más cerca. Algunos sectores de las izquierdas patrias incluso piden el boicoteo a la importación de productos israelíes y el rechazo a los científicos y artistas de ese país que vengan a España. Sin embargo, extienden el silencio a los tomates, los melones y el pescado extraídos por Marruecos del Sáhara y a los españoles que colaboran con el régimen de Mohamed VI, como Rodríguez Zapatero.
De la muerte de Lahbib Abdelaziz, podemos deducir dos conclusiones.
La primera, el fracaso del plan del régimen alauita en imponer su plan de anexión mediante el reconocimiento de una autonomía ficticia. Aunque el Gobierno de Sánchez, así como los de Donald Trump y Emmanuel Macron, lo hayan aceptado, el plan no ha avanzado en las instituciones fundamentales de la comunidad internacional, como la Asamblea General de las Naciones Unidas y la Unión Africana. Por ejemplo, la Minurso se sigue renovando y los periódicos llamamientos de la secretaría general a la resolución del conflicto mantienen como principio fundamental el acuerdo entre Marruecos y la República Árabe Saharaui Democrática. Por último, el régimen argelino, el principal apoyo estatal que tiene la RASD, no ha cedido a la presión de los amigos de Marruecos.
La segunda conclusión se refiere al compromiso de los saharauis con su causa nacional. Mientras los hijos de las oligarquías rusas, ucranianas, cubanas, venezolanas, palestinas o marroquíes viven (no vamos a decir que estudian o trabajan) en Occidente, rodeados de lujos y comodidades, separados de los apuros que atraviesan sus compatriotas, alguien de importancia Lahbib Abdelaziz ha arriesgado su vida en el frente y la ha perdido. Puede servir como un índice de la alta popularidad de la independencia entre los saharauis. Para Rabat un pueblo unido y resistente es un problema.
Mientras tanto, el lobby marroquí no descansa. En la Feria del Libro de Madrid, la aerolínea Iberia ha acogido el 10 de junio una mesa redonda en que varios marroquíes han presentado el Sáhara ocupado y explotado como «Sáhara marroquí».
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