Opinión

Sánchez ha convertido a España en un Estado fallido

No se sabe qué provoca más estupor, que 60.000 jóvenes procedentes de Marruecos ‘invadan’ Ceuta en cuestión de horas, o que el presidente del Gobierno de España responda a la violación de la integridad nacional con el anuncio de que se instalarán boyas. Es la apoteosis de la estulticia. Por supuesto, Sánchez no ha criticado el papel jugado por Marruecos en la nueva crisis migratoria, cuando resulta evidente su estrategia de pasividad, por lo que —y he aquí el problema— la gran cuestión de fondo es esa: el presidente del Gobierno es una marioneta en manos del rey Mohamed VI, que ha encontrado en la figura del jefe del Ejecutivo un colaborador necesario para sus reivindicaciones históricas sobre Ceuta y Melilla. Preguntarse qué sabe Marruecos de Sánchez para encadenar tantos desplantes a España es inquietante, pero lo auténticamente grave es constatar que la soberanía nacional corre serio peligro con un presidente del Gobierno que ha preferido señalar al Supremo y a las mafias —manda narices— antes que denunciar la interesada pasividad de Rabat a la hora de contener la avalancha.

Boyas aparte, lo cierto es que la imagen de España en el mundo no es propia de una democracia, sino la de un Estado que parece convertirse, a pasos agigantados, en un Estado fallido. Puede que a algunos esta apreciación les resulte excesiva, pero un Estado incapaz de garantizar la integridad de su territorio lo es. Lo ocurrido en Ceuta es una vergüenza, un descomunal oprobio, pero más allá de eso, lo preocupante es que una nación de la UE del peso de España no disponga de medios para proteger sus fronteras, que son las de la UE, donde nuestros socios ya se plantean suspender la aplicación del espacio Schengen con España por el descontrol de la inmigración ilegal. Es comprensible. Y quienes entiendan que eso es deslealtad, que se pregunten sinceramente si el problema son ellos o nosotros.