Psicología

Marta Freire, psicóloga, sobre las discusiones: «Interpretamos el comportamiento del otro desde nuestro propio mapa»

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Blanca Espada

Con algunas personas hablar resulta muy fácil. La conversación se desarolla sin problema, apenas hay que explicar las cosas dos veces y hasta los desacuerdos se resuelven sin demasiado esfuerzo. Pero con otras en cambio ocurre justo lo contrario. Una pregunta que en principio no tiene nada de extraño molesta, una respuesta demasiado corta sienta mal o una decisión tomada en pocos segundos acaba desesperando a quien necesita pensárselo un poco más.

Muchas discusiones empiezan precisamente ahí, en pequeños gestos a los que damos una intención que quizá nunca tuvieron. Si alguien nos pide más información podemos pensar que desconfía de nosotros. Si tarda en contestar, que no le interesa lo que estamos diciendo. Y si quiere resolver un asunto cuanto antes, tal vez lleguemos a la conclusión de que no escucha. La otra persona, mientras tanto, puede estar interpretando nuestro comportamiento de una forma completamente distinta. La psicóloga Marta Freire aborda este tipo de situaciones a partir del modelo DISC, que analiza diferentes tendencias de comportamiento. Es también el asunto central de su libro Ponte en modo DISC, publicado en 2020. Dominancia, Influencia, Estabilidad y Cumplimiento forman las cuatro categorías del modelo, conocidas además por los colores rojo, amarillo, verde y azul. No se trata, eso sí, de encasillar a una persona en un grupo y explicar desde ahí todo lo que hace.

Interpretamos el comportamiento del otro desde nuestro propio mapa

Una persona puede necesitar conocer todos los detalles antes de tomar una decisión y otra sentirse cómoda resolviendo sobre la marcha. Ninguna de esas dos formas de actuar tiene por qué causar un problema. Sin embargo, la situación cambia cuando una empieza a considerar que la otra debería reaccionar como lo haría ella. «Interpretamos el comportamiento del otro desde nuestro propio mapa», explica Freire en una entrevista publicada por El Confidencial. Es decir, que lo que para uno es prudencia, para otro puede parecer lentitud, mientras que una actitud directa puede entenderse como eficacia o como brusquedad dependiendo de quién la tenga delante. Por eso, cuando alguien nos irrita, propone sustituir el «¿por qué esta persona me pone nervioso?» por «¿qué hay en su manera de funcionar que choca con la mía?».

El modelo DISC ayuda a entender algunas de esas diferencias. El perfil D, identificado con el rojo, suele estar orientado a actuar, afrontar retos y conseguir resultados. El I o amarillo presta más atención a las personas y a la comunicación. El S, verde, valora especialmente la estabilidad, la cooperación y la armonía, mientras que el C o azul tiende a fijarse más en el análisis, los detalles y la precisión.

Esto no significa que unos perfiles estén condenados a llevarse mal. Dos personas diferentes pueden entenderse perfectamente y dos aparentemente parecidas pueden acabar enfrentadas. «El conflicto no aparece porque tengamos distinta velocidad o distinto foco. Aparece, sobre todo, cuando no tenemos alineado el objetivo», señala Freire.

Cuando pedir más datos acaba molestando al compañero

En una reunión de trabajo se ve con bastante facilidad. Alguien presenta una idea que le entusiasma y otro empieza a preguntar por las cifras, quiere saber de dónde salen los datos y revisar posibles errores. Para quien acaba de presentar la propuesta, semejante batería de preguntas puede sonar a un intento de echarla abajo. Pero no tiene por qué serlo. «Ninguno ha venido a fastidiar al otro», explica la psicóloga. Uno cree que está ayudando aportando posibilidades y haciendo avanzar el proyecto; el otro piensa que ayuda precisamente haciendo preguntas antes de que aparezca un problema. Los dos quieren que el trabajo salga bien, aunque su manera de contribuir sea casi opuesta.

Conocer esa diferencia permite adelantarse a situaciones que terminan desgastando a ambas partes. Quien sabe que su compañero necesita datos puede llevarlos preparados. Y quien acostumbra a detectar rápidamente los fallos puede evitar empezar una conversación enumerándolos todos y reconocer antes qué partes de la propuesta sí funcionan. Para Freire, adaptarse de esta forma no equivale a fingir. «Adaptarme significa hacer el esfuerzo de hablar también el idioma del otro, no aprenderme cuatro trucos para salirme con la mía», afirma. Por otro lado, los perfiles identificados en el modelo DISC tampoco deberían convertirse en una explicación para justificar cualquier conducta con un «yo soy así».

Bajo presión reaccionamos de otra manera

Las diferencias pueden hacerse más evidentes cuando aparece el estrés. La forma en la que alguien se comporta normalmente no tiene por qué ser exactamente la misma cuando atraviesa una situación difícil. Bajo presión podemos responder de manera más brusca, encerrarnos en nosotros mismos o necesitar cosas que la persona que tenemos al lado no comprende.

También ocurre en las relaciones personales. Ante un problema serio, uno necesita hablar y otro apenas quiere decir nada. El primero puede interpretar ese silencio como indiferencia; el segundo puede vivir las preguntas constantes como una presión añadida. Ninguno tiene necesariamente intención de hacer daño, pero el conflicto puede crecer si ambos esperan que el otro gestione la situación exactamente como ellos.

Por eso Freire insiste en mirar también la conducta propia. La psicóloga propone preguntar a alguien de confianza qué hacemos nosotros que dificulta la comunicación y escuchar su respuesta sin interrumpir para defendernos o explicar por qué está equivocado. Porque identificar cómo funciona la persona que tenemos delante puede resultar sencillo; aceptar qué hacemos nosotros para complicar algunas conversaciones probablemente lo sea bastante menos.

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