Sánchez contra el mundo
Mantenerse tanto tiempo con la que está cayendo y con lo que están destruyendo ha dado a Sánchez un aura de genialidad política, pero es solo desesperación y falta de escrúpulos. Pero ahora el felón no sólo tiene el viento nacional de cara, sino toda la tendencia internacional: la izquierda va de caída.
Mientras Pedro Sánchez preparaba la convocatoria de unas elecciones generales en las que se juega seguir en La Moncloa, Flávio Bolsonaro obtenía 56,1 millones de votos en Brasil y derrotaba a Lula da Silva en la primera vuelta de las presidenciales. Bolsonaro logró el 47,03% de los votos válidos; Lula, el 45,16%. Se volverán a enfrentar el 25 de octubre.
Y es solo el último vuelco que deshace como un azucarillo las maniobras del Grupo de Puebla. Sánchez lo sabe, y al 29 de noviembre pidió a los españoles que decidieran si querían sumarse a lo que llamó la «ola de ultraderecha» que recorre otros países o mantener España como un «baluarte» progresista. Sánchez contra mundum, como San Atanasio.
Hace apenas cuatro años Hispanoamérica parecía vivir una nueva marea rosa. Gobernaba la izquierda en México, Argentina, Chile, Colombia, Brasil, Bolivia, Honduras. Gabriel Boric había ganado en Chile; Gustavo Petro se convirtió en el primer presidente de izquierda de la historia moderna colombiana; Lula regresó al poder en Brasil; Pedro Castillo gobernaba Perú; Alberto Fernández, Argentina. El Foro de São Paulo podía mirar el mapa con satisfacción.
Ahora, Javier Milei gobierna Argentina. José Antonio Kast ganó en Chile las presidenciales de diciembre pasado con el 58,17% de los votos. Daniel Noboa derrotó en Ecuador a Luisa González, candidata del correísmo, con el 55,63%. En Bolivia, Rodrigo Paz puso fin a casi veinte años de predominio del MAS. En Honduras, el conservador Nasry Asfura sustituyó al gobierno de Xiomara Castro. En junio, Abelardo de la Espriella derrotó en Colombia al comunista Iván Cepeda, heredero político de Gustavo Petro. Y ese mismo mes Keiko Fujimori ganó finalmente la presidencia peruana, aunque por unos minúsculos 49.641 votos.
Argentina, Chile, Ecuador, Bolivia, Honduras, Colombia y Perú. Reuters hablaba ya en junio de un giro a la derecha que estaba invirtiendo la marea rosa de comienzos de la década. Falta Brasil, el gigante. Y allí un Bolsonaro —Flávio esta vez— acaba de llegar primero a la segunda vuelta contra Lula. Además, el Partido Liberal bolsonarista consiguió 28 de los 81 escaños del Senado, su mejor resultado y el mayor número obtenido por un solo partido desde el retorno de Brasil a la democracia. Y el fenómeno desborda Hispanoamérica.
Donald Trump regresó a la Casa Blanca en enero de 2025. En Japón, Sanae Takaichi, conservadora, nacionalista y admiradora declarada de Margaret Thatcher, consiguió este año una supermayoría histórica para la coalición encabezada por el Partido Liberal Democrático.
En Europa el panorama resulta todavía más llamativo. Giorgia Meloni gobierna Italia. La derecha encabeza los gobiernos de Portugal, Grecia, Finlandia y Suecia, entre otros. Los partidos situados más a la derecha han dejado de ser testimoniales en buena parte del continente. AfD obtuvo hace un mes el 43,8% en Sajonia-Anhalt y quedó a tres diputados de la mayoría absoluta. Francia lleva años viendo cómo el espacio de Marine Le Pen se instala en el centro de su vida política.
Dentro de la Unión Europea quedan hoy únicamente cuatro gobiernos encabezados por fuerzas de izquierda: España, Dinamarca, Lituania y Malta. España es, con enorme diferencia, el mayor de ellos. Pedro Sánchez es ya el único jefe de Gobierno socialdemócrata entre las grandes potencias de la UE. Y hasta esa pequeña lista admite matices interesantes. Dinamarca está gobernada por Mette Frederiksen, una socialdemócrata que ha convertido el endurecimiento de la política migratoria en una de sus señas de identidad y que defiende abiertamente que la inmigración descontrolada perjudica la cohesión social y especialmente a las clases trabajadoras. Una parte de la izquierda que ha sobrevivido a la ola lo ha hecho aprendiendo alguna de sus lecciones.
Durante décadas, buena parte de la izquierda occidental habló de la historia como si tuviera dirección preestablecida, siempre la misma. Había conquistas «irreversibles», avances inevitables, una versión izquierdista de la tesis de Fukuyama.
Pero el electorado parece tener otra opinión. Seguridad, inmigración, coste de la vida, identidad nacional, rechazo de determinadas políticas culturales, cansancio ante unas élites políticas percibidas como distantes: cambian las proporciones de país en país, pero las mismas cuestiones reaparecen una y otra vez. Y las respuestas de los electores están cambiando.
Pedro Sánchez ha decidido plantear las elecciones españolas precisamente en esos términos. España, ha dicho en esencia, debe elegir si resiste o se incorpora a la ola. Ahora la pregunta es si España quiere despertar y oler el café o plantarse en el eslogan de Fraga en los años setenta: España es diferente. Pero hay diferencias que matan.
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