Quien pueda hacer, que haga
En política no hay tiempo de descuento, salvo si pones una campaña electoral en manos de los gurús socialdemócratas de Génova, que entonces te aplican un verano azul que hace temblar hasta el sondeo más cocinado de Tezanos. También cuando dejas la democracia en manos de la izquierda, que lo mismo te provoca una guerra civil que te arma un pucherazo electoral que ríete tú de los que pergeña el líder norcoreano. Pero si nos apartamos de coyunturas repetitivas, es complicado en una campaña electoral, periodo que va entre una elección y otra, que lo que no se haya hecho en ese tiempo lo resuelva una genialidad de última hora, venga de un profesional de la cosa o de un sociópata acreditado.
Cada crisis o catástrofe que acontece desde que Sánchez usurpó corruptamente el poder tiene un denominador común: la nada, optar por el marianeo como concepto, lo que Rajoy hacía ante cada crisis sobrevenida, pero sin la vertiente psicótica del actual inquilino monclovita. Mientras el padre de censura de Sánchez esperaba a que la tormenta amainase, su hijo político putativo le incluye una dosis notable de dramatismo progre y mentira socialista, que viene a ser el linimento con el que fabrican millones de repetidores ovinos de argumentario facilón y cruel.
No hizo nada para salvar vidas durante la pandemia, mientras forraban sus casas de euros por el contrabando de mascarillas. Tampoco en la Dana que arrasó Valencia, ni con la tragedia del volcán de La Palma, donde los damnificados aún viven en barracones mientras los inmigrantes-votantes son alojados en hoteles de cinco estrellas con el dinero de los que malviven en esos barracones. Mucho menos actuó Moncloa y su inane consejo de ministros ante la tragedia de Adamuz, con el carnicero de Valladolid haciendo mofa y escarnio del homicidio involuntario que él y sus predecesores perpetraron por incomparecencia. Con los incendios, dejaron que la sincronizada totalitaria pusiera sus editoriales en funcionamiento contra Ayuso mientras el fuego calcinaba el país. Y ahora, con la invasión, Sánchez y sus apóstoles se van de vacaciones y hacen simulaciones en chanclas mientras Ceuta sigue invadida por morabitos contaminados.
Aún peor es ver, en la España anestesiada y bobalicona, quién compra la invasión de Ceuta y la prioridad de atender a los invasores antes que proteger a los invadidos, de ayudar a los que contagian antes de aislar a los posibles contagiados, de mantener a los que llegan antes de garantizar el bienestar de los que contribuyen y cotizan. Como resume la reflexión atribuida a Twain: es más fácil engañar que convencer a alguien de que ha sido engañado. Se ve que el autor de Las aventuras de Tom Sawyer y Huckleberry Finn no conocía aún al votante de izquierdas.
La procrastinación política, la calculada parálisis del Gobierno y el diseño de un Ejecutivo pensado para la propaganda y no para la gestión hacen que los problemas no se resuelvan, sino que se encallen en cada orilla esperando al siguiente. Mientras, el proyecto de destrucción de España que dejaron pendiente hace 100 años sigue su curso, ahora o en 2031, el año en el que Sánchez y su séquito de paniaguados de partido y sigla aspiran a mantener o retomar el poder, para no soltarlo nunca más.
Por eso, hay que empezar a actuar: ayudando primero a los ceutíes encerrados en sus casas por la inacción consentida del gobierno socialista. Segundo, llevando a los invasores a las casas y domicilios de quienes los han traído aquí, no solo políticos con cargo y nombre, sino también hacia todas aquellas organizaciones que se siguen lucrando del negocio de la inmigración.
Tercero, señalando a quienes contribuyen a mantener un sistema ruinoso que sólo alimenta al mediocre improductivo a costa del trabajador, empresario o autónomo saqueado. Y aquí debemos incluir a todo aquel que vive directa o indirectamente del sistema, vía subvenciones o ayudas públicas injustificadas.
Cuarto, impidiendo que los responsables de tanta desidia, corrupción, robo y cachondeo paseen tranquilamente por las calles; que sientan el miedo que su impunidad política no parece reconocer. Y si nada de esto funciona, tomando la Moncloa como en su momento se tomó la Bastilla; sólo así se acaban con los tiranos. Así que, dejemos el qué por un día y empecemos a pensar en el cómo. El que pueda hacer, que haga.
Coda: Al hilo de la enésima salida de tono del eslabón perdido que anida en el Ministerio de Transportes. En su afán por lamer el ego de quien le apuñalará mañana cuando ya no le resulte útil, se dedica a recrear cada día el clima bélico odioso que sus referentes republicanos fabricaron desde 1931. No hay que entrar a sus provocaciones de gorila enfarlopado, si bien un día, en un futuro no muy lejano, tal homínido guerracivilista recibirá lo que se merece. El karma se le aparecerá para reclamarle el cobro de representar al tipo más miserable y despreciable que existe en la faz de la Tierra. Y ese día, no lo lamentaremos. Es más, lo celebraremos, cual oportuna zanja pucelana.
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