¿Por qué Zapatero metió a sus hijas en el fango?
Alba y Laura Rodríguez Espinosa nacieron en la España del pelotazo, cuando papá Zapatero aún era un político provinciano de León que jugaba al baloncesto y leía a Kant (luego descubrió que la geopolítica caribeña pagaba mejor que la crítica de la razón pura). Crecieron en Moncloa entre 2004 y 2011, esos años extraños en los que España se creía Dinamarca y el presidente nos hablaba de «alianza de civilizaciones» mientras la economía se despeñaba.
Debió de ser para ellas un choque cultural inverso de manual: pasar de las frías plazas de León a ver a tu padre ensayar la sonrisa del talante frente al espejo de la Moncloa, convencido de que iba a arreglar el conflicto de Oriente Medio con dos rimas asonantes. Imagino que su adolescencia en Palacio debió de ser un poco como el hotel Overlook (de El Resplandor): pasillos largos, silencios incómodos, desconcierto y la sensación constante de que algo terrible está a punto de suceder.
Y sucedió. Papá salió de Moncloa en 2011 con 209.000 euros de patrimonio declarado y se convirtió en el mayor experto mundial en dictaduras zurdas. Treinta y seis viajes a Venezuela. Veinte años haciendo lobby para China. Reuniones con Maduro, el Cártel de los Soles, vuelos en Plus Ultra, el Air Force One de los narcocorridos.
En España tenemos una relación extrañísima con el poder. Fingimos escandalizarnos mientras aceptamos con naturalidad que ciertos hijos prosperen sospechosamente bien, que ciertas consultoras aparezcan de la nada, que determinadas puertas se abran sin llamar al timbre. Lo llamamos networking, mediación, oportunidades, talento precoz. Qué palabra tan bonita es talento cuando uno tiene contactos feos.
Alba y Laura ya son mujeres adultas con estudios, profesionales que tomaron decisiones. Y una de ellas fue montar una empresa y cobrar un millón de euros por «maquetar informes sin valor técnico». Literalmente, les pagaron medio millón por hacer Ctrl+C, Ctrl+V en Word.
No hace falta ser catedrático en Derecho Penal para intuir que algo no cuadra. Tampoco hace falta ser especialmente perspicaz para preguntarse: ¿ellas lo sabían? Imagino que sí. Borraron sus redes sociales. Desaparecieron. Esa no es la reacción de alguien sorprendido por un malentendido administrativo. Hoy las tres cuentas, la de papá, mamá y las suyas, están bloqueadas por orden judicial. Les han intervenido hasta el cajón de las braguitas.
Como madre también me pregunto por qué un padre mete a sus hijas en semejante jaleo. Hay dos opciones y ninguna es buena. La primera: codicia absoluta. Necesitaba estructuras, y las hijas eran perfectas: jóvenes emprendedoras que podían facturar sin levantar sospechas. La segunda, aún peor: arrogancia absoluta. Pensó que era intocable. Que nadie investigaría jamás a un expresidente socialista. Que la izquierda mediática le protegería hasta el final. Lo está haciendo con más piruetas argumentales que el Circo del Sol para explicarnos que un PDF en Arial 12 vale siete cifras.
Las hemos visto salir corriendo de su oficina después de seis horas de registro policial, ocultándose tras bufandas y gafas de sol, como si la vergüenza fuera un accesorio más del look gótico-progre. Pero el dinero sigue ahí: 1,4 millones de euros en maquetaciones que podrían precipitarlas a sendas imputaciones de confirmarse las pesquisas más punk. Si fueran condenadas por organización criminal o blanqueo, ¿podrían ir a la cárcel?
Quizá el mayor fracaso de ciertos padres no sea acabar desacreditados. Quizá sea algo más triste: que sus hijos terminen aprendiendo demasiado pronto cómo funciona el mecanismo.
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