Peligro islámico en Barcelona
Todavía no sé si es un atentado islamista o no. Pero en el crimen de Esplugas hay algunas coincidencias. El autor era marroquí, invocó a Alá y atacó con un cuchillo. El arma terrorista más barata.
Sospecho que algo hay. A tenor de cómo han reaccionado las autoridades y TV3. El propio presidente de la Generalitat, Salvador Illa, hizo dos tuits a favor de la flotilla, pero ninguno sobre el trágico suceso. Mejor dicho, vamos a llamarlo por su nombre: asesinato.
Tampoco vi condenas en los perfiles de Irene Montero o Ione Belarra. Ni en los de formaciones políticas a favor de la inmigración. En plena regularización, siembra serias dudas. Porque, por otra parte, nadie podrá decir que no recibimos señales de advertencia en los últimos años.
La primera fue en el 2001, tras el ataque a las Torres Gemelas, cuando se descubrió que Mohamed Atta, uno de los cabecillas, se había hospedado en dos hoteles de Salou (Tarragona). Nadie ha sabido nunca qué vino a hacer, pero es obvio que no vino por turismo.
Y, de hecho, los terroristas de las Ramblas, tras el atentado, intentaron esconderse en esta zona. Fueron abatidos en Cambrils, pero iban a la primera localidad. Lo que pasa es que en la rotonda de entrada había un control de los Mossos y optaron por desviarse.
Luego hubo la filtración de documentos de WikiLeaks (2010), que reveló que Estados Unidos consideraba Barcelona —así como otras localidades catalanas como L’Hospitalet, Reus o Tarragona— un «foco» de islamismo radical.
La tercera fue cuando la colega Rebeca Carranco publicó en el 2016 en las páginas de la edición catalana de El País que los salafistas controlaban una de cada tres mezquitas en Cataluña. Entonces ya había casi 80 oratorios de esta tendencia, cifra que sin duda habrá aumentado con los años.
Recuerdo que, por esas fechas, pregunté sucesivamente a dos portavoces del Govern (Francesc Homs y Neus Munté) y a un consejero de Interior (Jordi Jané) si pensaban hacer algo o si se podía hacer algo. Todos apelaron a la tolerancia religiosa.
Finalmente, está el atentado de las Ramblas de agosto del 2017. Tuvo lugar después de los de Niza y el del mercado navideño de Berlín. En ambos casos se utilizó un vehículo a motor a toda pastilla.
También se desoyeron las advertencias. El Ayuntamiento de Barcelona evitó instalar bolardos como aconsejó el Ministerio del Interior. Aquí no podía pasar semejante barbaridad. Barcelona era una ciudad de acogida, papeles para todos, refugees welcome, volem acollir. Pero pasó.
Hay que decir que los terroristas en cuestión habían llegado muy jóvenes o incluso un par de ellos había nacido aquí. Habían recibido, como no podía ser de otra manera, sanidad y educación gratis. Quizá hasta prestaciones sociales. Lo que no impidió bajar por el famoso paseo a toda velocidad, incluso en zig-zag, para atropellar a cuanta más gente mejor.
Sin olvidar al imán, que según parece llamaba a matar infieles desde la mezquita sin que levantara sospechas entre la comunidad musulmana de Ripoll. Algunos se preguntan luego por qué el partido de Sílvia Orriols nació precisamente en este municipio y, en apenas una legislatura, ha alcanzado la alcaldía.
Pero, sobre todo, que no digan luego que no fuimos advertidos. Ojalá, como aseguran, sea un «caso aislado». Matar con un cuchillo, si tienes voluntad de hacerlo, es lo más fácil del mundo.
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