Opinión

España frente a los enemigos de España

España tuvo una vez políticos que pensaban en el país antes que en el trending topic, antes que en el tuit lacrimógeno, antes que en la performance parlamentaria para adolescentes politizados de TikTok. Eran otra especie. Más ásperos quizá. Menos fotogénicos. Fumaban demasiado, hablaban peor y no iban dando lecciones de feminismo interseccional entre canapé y canapé ministerial. Pero tenían una virtud hoy casi arqueológica: creían en España incluso cuando discrepaban de ella.

Suárez hablaba de concordia con aquella melancolía de hombre que sabía que lo iban a triturar los suyos y los otros. Carrillo aceptó una bandera y una monarquía que no eran las suyas porque comprendió que un país no puede vivir eternamente sentado sobre una trinchera. Fraga entendió que había que domesticar a la derecha para meterla en democracia. Y Felipe González, antes de convertirse en busto incómodo para su propio partido, comprendió algo elemental: que un país no se gobierna removiendo cadáveres sino construyendo futuro.

Eran adversarios. Algunos incluso enemigos históricos. Pero sabían algo que esta política de plató, asesor climático y community manager con flequillo ideológico ha olvidado por completo: que España estaba por encima de ellos.

Hoy, en cambio, tenemos ministros que duran menos que una story de Instagram y opinadores subvencionados que confunden la patria con el algoritmo. La política española se ha convertido en una mezcla entre un plató de televisión y un after universitario donde todos hablan de fascismo mientras firman contratos públicos desde el iPhone último modelo.

Santiago Carrillo, comunista hasta la médula y probablemente más patriota que muchos patriotas de pulsera contemporáneos, escribió sobre «la difícil reconciliación de los españoles». Y aquella frase resumía la dignidad histórica de una generación entera que decidió tragarse el orgullo, el odio y media biografía para que sus hijos no heredaran otra guerra civil emocional.

España asiste en estos aciagos momentos a una política donde ya no se sabe si el poder reside en el Congreso, en un plató de televisión, en un despacho de Moncloa o en un grupo de WhatsApp borrado cada seis horas por recomendación jurídica.

Y ahí está la UCO entrando en Ferraz como quien entra en una oficina de administración de fincas, sospechosamente nerviosa. Ahí están las investigaciones judiciales salpicando al entorno presidencial como una tubería rota en un edificio viejo. Ahí está el hermanísimo, convertido ya en personaje nacional entre plazas presuntamente diseñadas a medida, correos electrónicos con motes operísticos y una geografía administrativa tan confusa que uno ya no sabe si vive en Badajoz, en Madrid, en Portugal o en una autocaravana espiritual aparcada en la Moncloa itinerante.

Pero lo peor es que la corrupción española ya ni siquiera tiene el dramatismo del crimen. Tiene la vulgaridad de la costumbre. Del hermanísimo al fiscal. De las mascarillas a las comisiones. De los ERE al Parador oportunamente utilizado, del testaferro sentimental al asesor polivalente que sirve igual para redactar discursos que para desaparecer discos duros. España ya no lee sumarios: los colecciona como cromos de una liga grotesca.

Hay dirigentes nacidos en democracia que necesitan vivir políticamente del franquismo como los actores secundarios necesitan seguir interpretando el mismo papel porque fuera del escenario no son nadie. Han convertido la memoria en una industria pública. El Valle de los Caídos en un decorado electoral.

Y resulta obsceno contemplar a hijos políticos de la prosperidad democrática jugando a guerracivilistas de ministerio climatizado. La Transición no fue perfecta, claro que no. Tampoco lo son estos gobiernos que hablan de ejemplaridad mientras los juzgados hacen cola en torno a sus alrededores políticos como repartidores de Glovo.

Esa burguesía progresista que habla del pueblo con el mismo tono antropológico con el que un lord británico describía las costumbres de Zanzíbar. Defienden la educación pública desde colegios privados bilingües. Claman contra la sanidad concertada mientras esperan consulta en clínicas donde el café lleva espuma ecológica. Hablan de emergencia climática desde business class. Predican igualdad desde urbanizaciones blindadas.

Son revolucionarios con escolta y marxistas con asistenta.