El oportunismo progresista
Islamismo, emigración, ecologismo, feminismo… La caída del muro de Berlín y los gatillazos que empezó a tener la socialdemocracia desde que cumplió los cincuenta, dejó a la izquierda colgada de la brocha; sin sus referentes ideológicos tradicionales, que se manifestaron perfectamente inútiles para conseguir sus aspiraciones de igualdad y fraternidad (no tanto de libertad), han necesitado echar mano de nuevos becerros de oro a los que adorar.
No obstante, aunque los fines ya se intuían inalcanzables y los medios se descatalogaban, no desafinaron sus instrumentos y han empleado toda su capacidad de propaganda y manipulación para conseguir ser identificados con los principios y valores morales, como la honestidad, la solidaridad o la justicia, y para adueñarse de los posicionamientos más virtuosos con que se acompañan o abordan determinadas problemáticas. Se puede decir entonces que las personas de izquierdas son los buenos, o por lo menos mejores, y que son por eso quienes deberían estar al frente de la sociedad.
Igualmente han necesitado reforzar y actualizar la nómina de antagonistas. En España el papel del Partido Popular, tanto por su planteamiento programático como por su experiencia de gobierno y su desempeño como oposición, se quedaba corto, por lo que había que resituar al centro-derecha en lugares donde nunca ha estado y donde no pretende estar. Da lo mismo que resulte muy exagerado y que las más de las veces no resulte creíble, pero para el socialismo es imprescindible posicionar al PP exactamente donde ellos le necesitan.
Con Vox no tienen tanta dificultad, porque, como tienen una escasísima experiencia de gestión y como para la mayoría de los problemas suelen presentar soluciones simplistas fáciles de tergiversar o manipular, se lo ponen bastante fácil.
Y son esos condicionantes y ese hábil posicionamiento los que permiten entender la provechosa situación de la izquierda ante gran parte de los problemas que se nos presentan en el día a día, o, más en concreto, los que nos ocupan este verano; ya sea la guerra en Gaza o la errática política de Trump, la corrupción política y económica, los altercados en Torre Pacheco o los acuerdos municipales de Jumilla, o incluso los incendios forestales. Da igual que reiteradas veces les hayan pillado envueltos en gravísimos casos de corrupción, que los incendios sean transversales y se agraven por sus ridículas políticas conservacionistas, que la migración ilegal sea amparada e impulsada por autarquías islamistas y socialistas, o que las guerras de Gaza y de Ucrania hayan sido originadas por regímenes totalitarios o terroristas de izquierdas; ellos tienen la convicción (y la suerte) de estar, como les gusta explicitar presuntuosamente, en el lado correcto de la historia.
Por eso, ante cualquier evento y más si se manifiestan consecuencias trágicas, la izquierda consigue identificarse con los bienes y personas atacados o dañados, pasando a ser considerada colectivamente como víctima. Qué emplean una buena dosis de cinismo… ¡Claro! Qué buscan un protagonismo que debiera corresponder a los realmente afectados… ¡Por supuesto! Pero hay que reconocer que muchas veces ayudan a que se visibilicen algunos problemas. Es cierto que las recetas que proponen suelen ser inútiles, cuando no ridículas o incluso estrafalarias, y que nunca son las adecuadas para arreglar esos problemas, pero a ellos les sirven para crearse ambientes propicios para el proselitismo y la expansión.
Para entender mejor lo que, seguramente con poco acierto, estoy intentando exponer, déjenme recomendarles el libro Imposturas Intelectuales que Alan Sokal y Jean Bricmont escribieron a finales del siglo pasado, cuando a las olas de calor del mes de agosto todavía se las llamaba verano y no se abría el telediario diciendo que se superarían los 40 grados en Sevilla.
Ante cualquier problema, venía a decir Sokal, la izquierda recurre a argumentos que suenan científicos, o a un discurso erudito, pero que, al no tener rigor ni solidez epistemológica, terminan perjudicando su potencial crítico y político. Pues eso, y además son un coñazo.
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